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lunes, 21 de diciembre de 2020

Las verdades...

 


Dice Antonio Muñoz Molina, en su libro “Todo lo que era sólido”: “Necesitamos discutir abiertamente, rigurosamente y sin miedo y sin mirar de soslayo a ver si cae bien a los nuestros lo que tenemos que decir. Necesitamos información veraz sobre las cosas para sostener sobre ellas opiniones racionales y para saber que errores hace falta corregir y en que aciertos podemos apoyarnos para buscar salida en esta emergencia. La clase política ha dedicado más de treinta años a exagerar diferencias y a ahondar heridas, y a inventarlas cuando no existían. Ahora necesitamos llegar a acuerdos que nos ahorren el disgusto de la confrontación inútil y nos permitan unir fuerzas en los empeños necesarios. Nada de lo que es vital ahora mismo lo puede resolver una sola fuerza política”.


La verdad absoluta no existe, salvo en el resultado de las operaciones matemáticas. Cada uno de nosotros construye mentalmente nuestra verdad, en base a la información disponible y nuestra educación. Son verdades que se aproximan mucho, cuando no median otros intereses  espurios en su interpretación. Resolver esos matices y conformar una “verdad común”, que permita planificar acciones consensuadas para la solución de los problemas,  solo es cuestión de voluntad y generosidad. 


Empeñarnos en encontrar los matices que nos separan, resaltándolos como si fueran dificultades insalvables, conduce a un “callejón sin salida”, donde reina la inseguridad, el desasosiego y la confusión. Tal vez, si quienes nos empecinamos en esta actitud negativa, nos percatásemos de sus consecuencias; tendríamos más empeño en conciliar, que en enconar; aunque con ello tuviéramos que reconocer, en parte,  propuestas de nuestros antagónicos. Ceder, no es perder, cuando se “apalanca” un futuro sólido para todos; muy al contrario, es ganar mucho. El éxito no está, nunca,  en imponer “nuestra verdad” y obstaculizar férreamente la del oponente; eso es precisamente el fracaso.


Quienes vivimos preocupados por ese futuro, que se está tornando muy incierto; incrementamos nuestra desazón, cuando observamos unos partidos políticos, preocupados mucho más en resaltar las “carencias”; que en propiciar acuerdos que fortalezcan las acciones y transmitan tranquilidad a los ciudadanos, en unos momentos donde cunde el desánimo y porque no, el “miedo”. Resolver los actuales problemas de salud, sin el empeño conjunto de todos, es una tarea muy difícil, o mejor dicho, imposible. Y esa falta de consenso acrecienta, en una gran mayoría de los ciudadanos, la incertidumbre y la laxitud en el cumplimiento de las normas propuestas.


Como dice Muñoz Molina: “Aceptarnos no es claudicar de nuestros ideales, sino aceptar la realidad, y por tanto renunciar al delirio”. 


viernes, 4 de diciembre de 2020

Tolerancia.

 




Dicen Valentín Fuster, José Luis Sampedro con Olga Lucas, en su libro “La ciencia y la vida”: “No necesito que mis amigos piensen como yo. Mientras se pueda razonar, estoy a gusto. Con el que no me siento confortable es con el arrogante, con el que quiere venderte algo. El que tiene la verdad en el bolsillo”.


En los años de estudio en la Universidad, forjamos un fuerte vínculo de amistad, tres compañeros y yo. Aunque éramos de diferente ideología política e incluso la sensibilidad religiosa no era homogénea. Hablábamos y debatíamos todos los temas, cada uno desde su punto de vista, sin pretensión de forjar un criterio único. Creo que habíamos descubierto internamente, que esa heterogeneidad nos enriquecía a todos, no nos limitaba.


Quizás por eso, lo que hacíamos inconscientemente, era seguir un curso de “tolerancia”, en el que profesor y alumnos éramos todos. Descubrir, que aunque mi interlocutor, aun no siendo partidario de lo que uno dice, lo escucha con respeto y no hace aspavientos, es cuanto menos un gran avance; aunque  en el fondo es una “lección” de convivencia. 


No es homogeneizando el pensamiento, como se enriquecen intelectualmente las sociedades actuales; la uniformidad no puede ser considerada un signo de progreso. Quienes piensan de modo diferente, tienen el mismo derecho que nosotros a expresarse en el marco del respeto mutuo y deben de ser tolerados sin más. Gritar más, sobreponer la palabra, proferir improperios para impedir que los demás hablen, no da la razón, muy al contrario, la quita.


Quizás convendría que fuéramos aprendiendo a  convivir y respetarnos más, con ello ganaremos futuro; porque como dice Antonio Muñoz Molina: “Nada de lo que es vital ahora mismo lo puede resolver una sola fuerza política”. Toca ser humildes y consensuar en el presente, para cimentar un futuro sólido y mejor. Y a eso hemos de colaborar todos, con el silencio y la palabra.


sábado, 12 de septiembre de 2020

Gestión transparente II

 



Dice también sobre la corrupción Aurelio Arteta en su libro “Tantos, tontos, tópicos”: “Pero hay inmoralidad pública también —y quizá más considerable, por más ramificada— en el prolongado consentimiento de tales conductas ilícitas por parte de quienes las conocían. Hay así, desde luego, un silencio cómplice en los partidos que les  mantenían  en sus puestos. Recuérdese  además  que no hay corruptos sin corruptores, ni unos ni otros sin encubridores  de la corrupción. Y que estos tres géneros de personajes florecen tanto o más en nuestra ensalzada sociedad civil que en la escarnecida clase política que dirige el Estado. Ninguno de los grandes escándalos políticos de este tenor ha sido posible sin la pasividad o cooperación de muchos que permanecen en la sombra… Al contribuir  a   desvelar   estos   escándalos,   los   medios   de comunicación cumplen un alto servicio ciudadano. Ahora bien, tanto el momento particular en que se publican, como los comentarios que los adornan, dejan en el ciudadano el regusto de que ahí anidan unos móviles partidistas inconfesables. En resumidas cuentas, de que tal información se ha guiado menos por el propósito de restablecer la verdad o depurar la vida pública que por el de propinar un navajazo al partido del adversario”.


No es factible, que en una organización, algún miembro de la misma, practique reiteradamente conductas impropias, sin que en su alrededor nadie se percate; más todavía si dichas acciones afectan a la “caja”. Quienes miran hacia otro lado, aun habiéndose dado cuenta de lo que está sucediendo, son “colaboradores” indirectos necesarios para que estas acciones fraudulentas, se perpetúen en el tiempo.


Este comportamiento los hace también responsables de las consecuencias que se produzcan en el futuro, cuando dichos desmanes sean evidenciados y en esto las organizaciones que deseen no ver repetidos los hechos delictivos, deberían de ser inflexibles cortando de raíz las actuaciones “consentidoras”; dado que quien las ha practicado, ha sido absolutamente  desleal con la propia organización por no denunciar el fraude y también debe de ser sancionado, aunque no tenga responsabilidad civil/penal.


La participación de los medios de comunicación suele ser imprescindible para evidenciar estas acciones deshonestas, poniendo en conocimiento de los ciudadanos las “tramas corruptas” que estaban operando con toda impunidad. Y así  ha sido históricamente, bien por la colaboración de algún “arrepentido” o por su propio seguimiento e investigación. Pero es cierto lo que dice Arteta, se percibe cierto trato diferenciado si el partido involucrado en la trama, tiene afinidad con el medio de comunicación o no.


El restablecimiento de la verdad no es siempre lo que prima; en algunas ocasiones la forma de explicarlo si el partido es afín, trata de minimizar el hecho, cuando no, busca la similitud con acciones reprobables anteriores de otras organizaciones políticas, como si tuviéramos que asumirlo como un “mal menor”. El fraude no pierde su naturaleza reprobable, aunque ya otros partidos oponentes lo hubieran practicado. Unos y otros deben de ser condenados por igual, sin ningún paliativo, con obligación de reponer las cantidades “distraídas” y la asunción de responsabilidades del partido político, si hubiere lugar.


Además, como dice Arteta: “Aquel mismo Kant ya nos  advirtió de  que,  si  la honradez  es  exigible a  cualquiera, valorar como admirable el comportamiento meramente honrado de alguien, es señal segura de la deshonestidad general”.



miércoles, 24 de junio de 2020

Egocentrismo







Dice Marylin Vos Savant en su libro “El poder del pensamiento lógico” (1996): El pensamiento ególatra es un problema grave. Todos deseamos creer que tenemos razón. Y cuando nos formamos una primera impresión, aunque no sea de inmediato, nos resulta difícil modificarla. Luego procedemos a interpretar las futuras informaciones de modo que confirmen lo que ya sabemos”.


Creo que nunca ha habido a nuestra disposición tantos medios para obtener información. Sin siquiera movernos de nuestro “sillón”, podemos acceder a ingente cantidad de datos y opiniones sobre cualquier tema. Los medios escritos y hablados tradicionales, se han visto exponencialmente incrementados por muchos otros recursos, facilitados por las redes sociales e internet.


Esta circunstancia debería haber abierto nuestro “campo de mira” y ponernos en situación de ampliar nuestra capacidad de formarnos opiniones más contrastadas y ser más tolerantes. La realidad es que, a poco que lo pensemos, acabamos leyendo u oyendo con atención a quienes coinciden con nuestros criterios y de algún modo confirmamos lo que dice Vos Savant.


Cuando nos hemos forjado una determinada teoría sobre cualquier asunto, a fuerza de rememorarla, la consideramos absolutamente cierta y casi la colocamos a nivel de dogma. No solo la creemos, sino que la defendemos con mucho énfasis ante cualquiera y tratamos con firmeza de convencerlo, de que si opina de modo contrario, está sumido en el error.


No aplicamos la máxima de que si tenemos dos oídos y una boca, es para escuchar el doble de lo que hablamos; muy al contrario, si estamos en el uso de la palabra somos muy remisos en cederla e incluso con demasiada frecuencia superponemos nuestra voz sobre la de quien está hablando, sin dejar que se perciban con nitidez sus argumentos.


Puestos en esta tesitura, la cuestión es que, cada vez estamos más cerrados en nuestros postulados y por tanto no nos enriquecemos asumiendo los matices, de quienes opinan en contrario, lo cual significa no variar ni un  ápice los nuestros. Como dice Vos Savant: “Quizás el deseo de tener razón es instintivo en el animal humano”.


miércoles, 16 de diciembre de 2015

El vacío


Tengo un buen amigo, de la época universitaria, es decir, de cuando las amistades eran transparentes, ya que no era necesario aparentar nada; que dice con cierto énfasis: “tu que siempre has sido, suave en el modo y en la palabra, te has endurecido en tus escritos de ahora, suenan a desahogo…”

Tiene razón, es verdad; uno no se da cuenta hasta que alguien se lo señala.  Puede que haya dureza; pero cebada por la indignación y aderezada por un elevado nivel  de hartazgo, unido al sabor amargo de la desilusión por el devenir de los acontecimientos. Es decir, si; hay intento de desahogo.

Que en la época que vivimos - con diferencia la mas floreciente en descubrimientos, que facilitan la comunicación (ejemplo este medio) -; nuestro mayor empeño comunicativo, se centra en distanciarnos. Malogramos la magnífica oportunidad, que nos brinda la tecnología, para evidenciar todo lo que nos une y minimizar por tanto, el bagaje pírrico que nos separa.


Criticar si; pues sin crítica y/o autocrítica no hay progreso; pero con palabras exentas de improperios y actitud firme, pero no beligerante. Ni la descalificación global, ni el acantonamiento empecinado, han conducido a nada más, que no sea la sensación de un enorme vacío.

martes, 2 de diciembre de 2014

La incertidumbre.


Dice Fernando Savater en su libro “El valor de elegir”: “La voluntaria disposición de nuestras acciones está marcada por dos constricciones irremediables. Nuestro conocimiento del estado de las cosas y nuestra imaginación para presuponer alternativas de actos viables padece la limitación de la incertidumbre. Nunca lo sabemos todo, nunca estamos seguros de saber lo suficiente o de ignorar lo más  importante: lo único que siempre podemos prever con absoluta certeza es el acecho de lo imprevisible…Sin embargo, nuestra necesidad de actuar va más allá del alcance efectivo de nuestro conocimiento y nuestra imaginación. Estas carencias nos limitan y a veces nos traicionan, pero no pueden paralizarnos. Y esa misma necesidad de actuar constituye la segunda coacción que acota nuestra voluntad, porque debemos obrar irremisiblemente  en un marco de fatalidad que se nos impone en la mayoría de los casos… A la combinación de la incertidumbre (causada por nuestro conocimiento deficiente) y de la fatalidad que nos urge a actuar, solemos llamarla azar. El azar es el rostro mágico y simple de algo sumamente intrincado, de una madeja que renunciamos a devanar.”

No hay nada que nos bloquee tanto como la incertidumbre en los momentos de la toma de decisiones., en esas circunstancias demoramos demasiado la acción; cargados de dudas y manejando alternativas – imaginarias o reales – pasamos más tiempo en los preámbulos, que en la ejecución. Tenemos siempre un error de partida casi endémico, consideramos certidumbre a lo que puramente no es más que “costumbre”. El devenir diario – si está dentro de los cauces preestablecidos y aceptadoslo consideramos absolutamente determinista, es decir, exento de riego; sin percatarnos de que es también imprevisible. La repetición machacona, no asegura en ningún caso, el acierto. Emular el pasado, implantando como “norma” la costumbre, no es en ningún caso garantía de éxito futuro.

Creemos que haciendo lo mismo, le ganamos  un  pulso a la incomoda falta de seguridad, nos aferramos a lo conocido, casi como si fuera lo mejor y de ahí nuestra zozobra cuando atisban en el horizonte alternativas de cambio. El cambio no es lo nuestro, sin lugar a dudas preferimos el “continuismo”. Aunque las propuestas planteadas tengan una evidente promoción profesional y personal, haremos pesar mucho en la balanza lo que ya tenemos y nos resistiremos mentalmente, todo lo que podamos, a propiciar dicho cambio. Evitamos, en todo lo posible, tomar “riesgos” y esa tendencia tan conservadora, nos hurta muchas alternativas.

Cortedad de miras al suponer, que nuestra habitualidad es inmutable.  Nada desarrolla tanto nuestras cualidades intrínsecas, como la puesta a prueba, de las mismas,  en ambientes diversos; donde casi hay que partir de cero y construir un nuevo entorno; que acabará siendo tan “saludable” como el que hemos dejado atrás. Pero ésta nos es la cultura que hemos interiorizado, en donde abandonar nuestro entorno, cuesta mucho… muchísimo. No aceptar el “riesgo” medido, es evidenciar una falta de confianza en nuestras posibilidades, preferir la suave pendiente por donde se desliza la costumbre, en detrimento del camino intrincado, en principio, que representa cualquier nueva alternativa dentro de las posibles, es limitarse muchas veces mucho.


Como dice Savater: “Actuar es en esencia elegir y elegir consiste en conjugar adecuadamente el conocimiento, imaginación y decisión en el campo de lo posible (sobre lo imposible, en cambio, no hay deliberación, como ya señaló Aristóteles: no podemos elegir ser inmortales)…”

lunes, 24 de noviembre de 2014

La necesaria excelencia



Dice Antonio Muñoz Molina en su libro “Todo lo que era sólido”: “ En un ambiente donde la corrupción es normal es más fácil ser corrupto, y donde no reina la exigencia ni se reconoce el esfuerzo costará mucho más que alguien dé lo mejor de si, o incluso que descubra sus mejores capacidades.
Pero lo contrario también es cierto, y la excelencia puede ser emulada igual que la mediocridad, y la buena educación se contagia igual que la grosería. Por eso importa tanto lo que uno hace en el ámbito de su propia vida, en la zona de irradiación directa de su comportamiento, no en el mundo gaseoso y fácilmente embustero de la palabrería.
Que cada uno haga su trabajo, decía Camus…Que cada uno elija ser un ciudadano adulto en vez de un hooligan o un siervo del líder o un niño grande y caprichoso, o un adolescente enclaustrado…
Cada uno, casi en cada momento, tiene la potestad de hacer algo bien o hacerlo mal, de ser grosero o bien educado, de tirar al suelo una bolsa estrujada o una botella o una lata de refresco o depositarla en el cubo de la basura, de dar un grito o bajar la voz, de encolerizarse por la crítica o detenerse a comprobar si es justa.”

La primera vez que oí la palabra excelencia, fue en el ámbito de de la gestión de la empresa, francamente, me pareció una palabra pedante. Con el tiempo – y más años – entendí que no importaba mucho que trabajo hacia uno – excluyo las alienantes, claro -, lo que verdaderamente importaba es el empeño en hacerlo lo mejor posible, porque sumado a los “mejores posibles” de otros, acababa siendo, un trabajo excelente conjunto.

Siempre me ha apasionado también, en que medida los instrumentos del Control de Gestión y de la elaboración e implantación de estrategias; podían aplicarse en la vida privada y pronto descubrí, que uno es su empresa y que indudablemente era factible. Porque esa empresa que es uno, no es más que una pequeña “rama” de la empresa común que es la sociedad en la que vivimos, aunque ahora me asalta la duda si el verbo no deberíamos cambiarlo por “vegetamos”.

Pues sí; en ese ámbito, podemos tratar de ser excelentes. Comportarnos como si fuéramos observados en todo momento, poniendo empeño en  resolver de acuerdo con los intereses comunes, despegando de esa actitud pacata de la que nos hemos dejado invadir; en la mayoría de las ocasiones para justificarnos de nuestra pasividad social, como si con ello nos quisiéramos absolver de cualquier responsabilidad, pronunciando  la esteriotipada frase de: “son otros… yo ya hago lo que puedo”.

Están pasando los tiempos del delirio, la soberbia y la prepotencia; nos han vendido que éramos una sociedad opulenta y sin darnos cuenta, hemos devenido en una realidad muy distante y distinta. Además, intentan sumirnos, a través de mensajes subliminales, que tenemos que pagar el haber vivido por encima de nuestras posibilidades; tratando de ocultar quienes son los verdaderos inductores de nuestra situación actual.

Por eso cobra especial relevancia, retomar la excelencia para nuestros actos, cada uno en su nivel y en la medida de sus posibilidades, tiene que esforzarse por hacer lo mejor posible su cometido. Aunque solo sea por dejar un entrono social adecuado para las futuras generaciones. No vaya a ser que una actitud pusilánime y conservadora nos lleve a lo que dice Antonio Machado:
“Qué difícil es
cuando todo baja
no bajar también”

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Otras "corrupciones"



Dice Antonio Muñoz Molina en su libro “Todo lo que era sólido”: “A medida que los cargos públicos se iban hinchando como sátrapas, cada uno a la escala de su zona de dominio, los informadores se encogían para adaptarse nerviosamente o ávidamente a su nueva tarea cortesana. La corrupción, la incompetencia, la destrucción especulativa de las ciudades y los paisajes naturales, la multiplicación alucinante de obras públicas sin sentido, el tinglado de todo lo que parecía firme y próspero y ahora se hunde delante de nuestros ojos: para que todo eso fuera posible hizo falta que se juntaran la quiebra de la legalidad, la ambición del control político y la codicia – pero también la suspensión del espíritu crítico inducida en el atontamiento de las complacencias colectivas, el hábito perezoso de dar siempre la razón a los que se presentan como valedores y redentores de lo nuestro - . La niebla de lo legendario y de lo autóctono ha servido de envoltorio perfecto para el abuso y de garantía de la impunidad”.

Lo deslumbrante de lo magnificente, unido a ese suave dejarse llevar cómodo, que produce la sensación de la obra insólita y singular; ha hecho que los ciudadanos, adormecidos en su espíritu crítico, nos hayamos dejado nublar en nuestro natural raciocinio y no hayamos reparado, que delante de nuestras “narices” crecía día a día lo superfluo e hipotecaba a futuro lo esencial.

Otro modo de incompetencia y de corrupción: El hecho de destinar recursos públicos a obras desproporcionadas, que una vez terminadas han demostrado su inutilidad o han quedado incompletas proyectando su silueta fantasmagórica como signo evidente de la soberbia y desfachatez de estos faraones del siglo XXI, que no han cejado en su empeño de parecer grandes, aplicando recursos a proyectos no esenciales, aceptando  incluso correcciones a mayores en los presupuestos iniciales, sin temblarles el pulso, obnubilados por su alto grado de megalomanía.

Meter “la mano en la caja” o utilizar subterfugios y triquiñuelas, para obtener ventajas económicas individuales, de los propios organismos públicos o de quienes contratan con ellos es un modo flagrante y evidente de comportamiento indigno y merece todo el desprecio de lo ciudadanos y todo el peso de la justicia sobre ellos. Pero destinar recursos públicos a proyectos inadecuados e inútiles, intentando tapar las carencias de la gestión con la “grandeur” que representan, es algo que la legislación debería contemplar, propiciando la posibilidad de poder exigir responsabilidades a quienes promueven este tipo de acciones, porque el destino inadecuado de los recursos públicos, es meter la mano en la “caja” de todos.

Pero también tenemos responsabilidades quienes vimos como se desarrollaban estas arbitrariedades y nos dejamos aletargar o miramos hacia otro lado, sin rechazar o criticar con fuerza tales comportamientos impropios. Adoptamos mayoritariamente la posición del “avestruz” y de modo inconsciente fuimos colaboradores pasivos necesarios; entendiendo tardíamente el verdadero alcance desastroso, que nos acarrearía la regularización de esos despilfarros. Debemos señalar, sin lugar a dudas, a quienes lo propiciaron, pero con la misma intensidad, hemos de hacer autocrítica para fijarlo en nuestra memoria y evitar esa pasividad perniciosa cuando se vuelva a repetir… porque se repetirá.

Como dice Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Lo razonable



Dice Ernie J. Zelinski en su libro “101 Cosas que ya sabes, pero siempre olvidas”: “Nos aferramos a nuestras creencias porque parecen razonables, pero es posible que exista un problema con nuestra idea de lo que es razonable. En la actualidad se piensa que gran parte de lo que la gente consideraba razonable hace unos cuantos siglos, era irrazonable. A lo largo de la historia ha habido muchos casos en que la mayoría tenía creencias falsas que, más tarde, se demostró que eran absurdas. Recuerdo que hubo un momento en casi toda la humanidad pensaba que la tierra era plana. De un modo similar, gran arte de lo que hoy se considera razonable puede que se considere absolutamente ridículo dentro de cincuenta o de quinientos años”.

En la sociedad en que vivimos, para identificar lo que llamamos razonable, empleamos un procedimiento, cuanto menos, poco objetivo, primero – posiblemente – después de un análisis de la información que disponemos, llegamos a una conclusión, pero para darle el marchamo de “normal”, necesitamos contrastar, que nuestro planteamiento coincide con la opinión mayoritaria y si eso es así, lo asumimos. Lo problemático es que, en aquellas ocasiones en las que no se da esa convergencia, repetimos el análisis, porque suponemos que hemos empelado datos incompletos o no hemos acertado en el hilo conductor del razonamiento

También sucede que las opiniones homogéneas de los que nos rodean socialmente, nos condicionan; pero no solo ellos. Nos influyen también los medios de comunicación de los que nos nutrimos para tomar conocimiento de lo que sucede alrededor. No estoy rechazando la pluralidad – que la hay – estoy poniendo foco a la tendencia a describir o interpretar los asuntos en coincidencia con la ideología imperante, como si los hechos reales fueran diferentes según quien los relata. Clara evidencia son los debates, en donde de modo repetitivo, cada cual solo asume su particular punto de vista y suele negar – aunque sea evidente – cualquier otro, si es discrepante.

De este galimatías en el que estamos sumidos, tienen buena culpa los miembros de los partidos políticos, que repiten de modo machaconamente insistente la versión, que se les ha facilitado en el “argumentario”, y lo hacen todos, de modo firme y sin fisuras; lo que en realidad pretende tal actitud, es convencerse a si mismos de que la “realidad” es esa y de tratar de sembrar, sobre los que los escuchan con cierta atención, esta opinión. Ejercicio espurio de “torre de Babel”, que lo único que añade es más confusión.

El debate como intercambio de opiniones civilizadas, en busca de una visión amplía y enriquecedora, se puede decir que prácticamente no existe o está en círculos minoritarios. Se ha instalado el ataque personal, la descalificación global, el argumento incompleto y partidista, la interrupción de la exposición discrepante, la comparación con otros sucesos… y un larguísimo etc.

Puede que tenga mucha razón James Harvey Robinson, cuando dice: “Gran parte de lo que llamamos razonamiento consiste en encontrar argumentos para seguir creyendo lo que ya creemos”.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Opinión vs información



Dice Miguel Alejo Alcántara en su artículo “La intimidad al descubierto & lo publico que se oculta”, recogido en la Revista de Filosofía “Duererías”: “La opinión nace del juicio reposado, íntimo y particular, tras un análisis calmado de situaciones o hechos determinados y, por lo tanto, desde el momento en que se manifiesta y se confronta con los otros, será compartida o criticada, poco importa pero, en todo caso, deja de pertenecernos, se hace notoria, senda común hollada por todos, opinión publicada.
La visión particular se vulgariza y se extraña a quien le dio forma original. Es posible que opiniones semejantes confluyan en lugares cercanos, en juicios semejantes, y hasta es posible que ese hecho se produzca con frecuencia y mayoritariamente, para conformar lo que usualmente venimos llamando opinión pública mas, a mi entender, no se trata sino de una generalización instrumental cuando no instrumentada.”

Tener opinión, hoy en día, en la era de la información se torna una tarea caí “imposible”. Primero porque tenemos muy poco tiempo libre, o así nos lo imponemos. Creemos que no podemos hacer un alto en nuestra agitada vida, para pensar y razonar sobre cualquiera de los asuntos relevantes que nos rodean. Hemos aprendido – quizás por imitación – hacer lo mismo que con la comida rápida, con un “calentar y engullir” resolvemos; lo que antes era motivo de disfrute para quienes preparaban los “manjares” para compartirlos con los demás, está en desuso o es poco frecuente.

Esa receta rápida, nos ha invadida también el ámbito de la noticia; ya no podemos leer un artículo de opinión, necesitamos un resumen; donde desde luego la parte de opinión, queda muy difuminada. De este modo acabamos estando seudo-enterados y podemos seguir con la vertiginosidad diaria, que nos imponemos. Que son, si no, los SMSs; sin vocales y con tal parquedad de lenguaje, que más parece una versión sincopada del hecho que se pretende comunicar. Siempre fue muy difícil sintetizar, pero lo de ahora, es lo que se definiría con muletilla actual: Supersintético, sabes.

Pero los medios de comunicación, que también saben de esa circunstancia, la han aprovechado par “arrimar el ascua a su sardina”, construyendo una seudo-realidad mas cercana a los intereses editoriales, que a la verdaderas circunstancias. La premura de tiempo, se utiliza para servirnos “bocadillos”, cuya brevedad se ha construido, en ocasiones, sacrificando rigor; con versiones no exentas de la influencia interesada de la línea ideológica del medio.

Es verdad, tenemos más medios de comunicación, pero en la media, de menos calidad informativa. Esta “contaminación” está tornando extremadamente complicado tener buena información y rigurosa. En esta singular situación, pierden, hasta quienes piensan que ganan  mediatizando. Cuando la duda se instala, es mucho más corrosiva que la ignorancia. Tal vez la diversificación que impone la red en temas de difusión de información, acabe con la tiranía del papel y de la imagen, actuales. Nunca me gustaron las medias palabras y siempre pensé, que cuando se tiene miedo a la verdad, sea del tenor que sea, se pierde plenitud de vida. Si perdemos la costumbre de mirar de frente y nos fijamos solo en nuestro ombligo, con el tiempo nos tornaremos bizcos.

Hace ya algunos años, en unas vacaciones de Pascua en casa de mi hermano en Pamplona; vimos una película de videoclub, que no he olvidado; se llama juegos de guerra; para quienes no la conozcan: un niño inventa un juego de ordenador que simula, las medidas y contramedidas defensivas en tiempos de la “guerra fría” y se instala en el ordenador del Pentágono. Toma tal envergadura y rasgo de veracidad, que está a punto de desencadenar una guerra mundial. En la intriga de la trama el niño lo desconecta en los últimos minutos y todo queda en una pesadilla. El juego cuando el niño lo desactiva dice una frase final, que no he olvidado: “extraño juego, para ganar no hay que jugar”.

No informar, informar a medias o desinformar, es la posición menos deseable para “la acción de la información”. Los hechos no cambian, solo quedan parcialmente ocultos…transitoriamente.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Ambientes ciudadanos



Dice Charles. Wright Mills en su libro “La Élite del Poder” (1957:Sabemos que las personas tienden a escoger aquellos ambientes que confirman lo que ya creen y disfrutan. Del mismo modo, tienden en la segregación metropolitana, a ponerse en contacto con aquellos cuyas opiniones son similares a las suyas. Y se inclinan a tratar superficialmente a los demás. En la sociedad metropolitana desarrollan, en defensa propia, una actitud de indulgencia que es algo más hondo que una actitud. Por lo tanto, no experimentan auténticos choques de puntos de vista, ni se plantean verdaderos problemas. Y cuando esto ocurre tienden a considerarlo como simples faltas de educación.
Sumergidos en sus rutinas, no trascienden, incluso por la  discusión, y mucho menos por la acción, de sus vidas más o menos estrechas. No logran una visión de la estructura de su sociedad y de su papel como público dentro de ella. La ciudad es una estructura compuesta de esos pequeños ambientes y las personas que pertenecen a uno de ellos tienden a aislarse de los otros.”

Quizás quienes vivimos en las ciudades, no nos percatemos que en realidad cada vez, somos mucha más gente, pero posiblemente más solos. La ciudad impone sus normas y sin darnos cuenta nos acomodamos en un grupo (club, asociación, ateneo, etc), en realidad se nos facilita la labor de centrarnos con un determinado conjunto de personas, para pasar la mayoría de nuestras horas no dedicadas al trabajo.

Por fuerza y a base de contactos reiterados, se produce convergencia de criterios y opiniones homogéneas. Los posibles debates, se circunscriben estrictamente a intercambios de información sobre temas sobre los que se demuestra cierto interés colectivo, pero en un ejercicio sin debate puro; es simplemente una aportación de argumentos en la línea de lo asumido mayoritariamente por el conjunto.

El debate en estos entornos restringidos, se asimila con facilidad a enfrentamiento,  que merma el equilibrio “social” y por tanto se rehúye para no debilitar la cohesión interna. Al final se siente uno muy arropado por sus compañeros, pero realmente en un ambiente poco enriquecedor desde el punto de vista del conocimiento abierto de los temas. Las opiniones son muy homogéneas y además en cierto modo, también cerradas, con ciertas barreras invisibles, que impiden o dificultan la entrada de “aires nuevos”.

Nuestro propio entorno nos arropa y protege, pero a cambio nosotros cedemos parte de nuestro propio criterio, sobre todo, si es discrepante al mayoritario; un ejercicio poco recomendable puesto que nos convierte en monótonos y carentes de autocrítica, posiciones que no promueven el avance y el enriquecimiento interior. Dejarse llevar por comodidad, tiene el peligro de aparecer en lugares no previstos, o de otra manera, renunciar a parte de nuestra identidad en aras de convergencia con la mayoría, puede ser confortable, pero a la larga es demoledor para nosotros mismos. Porque como dice Sam C. Saunders “No es posible prevenirse contra lo que uno no advierte”

sábado, 27 de septiembre de 2014

Impulso hedonista



Dice Victoria Camps en su libro “Virtudes Públicas”(1990): “… Esto es una ética de actividades e inclinaciones individuales dirigidas a hacer más justa y más digna la vida colectiva. Si la tendencia dominante de los países desarrollados es la de sucumbir a las tentaciones del individualismo liberal, algo hay que hacer para frenar el impulso hedonista a pensar sólo en uno mismo y atender únicamente a los intereses más próximos. La democracia debería de ser la búsqueda y la satisfacción de las necesidades e intereses comunes, para lo cual conviene, además de definirlos y nombrarlos, de establecer prioridades, construir un clima de colaboración y cooperación.”

Siempre he creído, que el ejercicio democrático pleno, era mucho más que ejercer nuestro derecho al voto en las elecciones. Debe ser una disposición para comprometerse en el bien común. De nada vale que nuestra posición sea exclusivamente elegir y retirarse para ver como se resuelven los problemas. La satisfacción de las necesidades e intereses comunes – como dice Victoria Camps – puede ser ayudada con nuestra propia presión para evidenciar las carencias y también para promover la adopción de soluciones y hasta en ocasiones exigirlas.

El problema principal es que vivimos muy restringidos a grupos sociales en los que los debates sobre temas de actualidad son casi nulos y por el contrario, los que nos vienen construidos a través de los medios de comunicación, son absolutamente estériles; cargados de personajes cuyo cometido principal es defender la posición partidista y no permitir con sus actitudes, que se pongan en evidencia cuales son las verdaderas claves del tema sometido a debate.

Cada vez con mayor frecuencia, las opiniones se vuelven antagónicas no para buscar los argumentos reales, sino más bien para blindarse contra quienes son discrepantes, es algo así como si, la opinión de mi grupo social o partido es la que tiene buen criterio y quienes discrepan tienen muchos motivos por los  callar. No hay ni un minuto de descanso para escuchar argumentaciones  ajenas, como si la consigna no escrita fuera, que no hay que cejar en el empeño para que sus razones, ni siquiera sean expuestas y por tanto conocidas.

Como dice Victoria Camps: “Tal vez no sepamos con certeza hacia dónde hay que ir, pero si sabemos qué es lo que no nos gusta y lo que no debería tolerarse ni permitirse”.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Porvenir



Dice Fernando Savater en su libro “El valor de elegir”(2003): “Todos los hombres somos “hombres de empresa” y cada uno en la medida de nuestras fuerzas vivimos comprometidos con planes de futuro, que siempre encierran alguna mínima o ambiciosa modificación de la realidad que nos hemos encontrado y en la que nos encontramos. Ser conscientes del tiempo implica entender el porvenir al menos en parte como diseño propio, no solo como repetición o como fatalidad.”

“El porvenir como diseño propio”, una frase que descarta en si misma, una posición estática y aceptante de todos los acontecimientos de nuestra vida, como si fueran predeterminados; es una llamada de atención para tratar de aproximar nuestro devenir en convergencia  hacia nuestros deseos. Tenemos, en muchas ocasiones, poca capacidad para creernos nuestros propios proyectos, somos especialmente pesimistas ante los retos y nos desanimamos con gran facilidad o peor aún, permanecemos inmóviles y expectantes, poniendo excusas de todo tipo, más para justificar nuestra falta de acción, que por las dificultades reales.

Dejar para más adelante, es darnos una oportunidad para meditar con cierto detenimiento, la “bondad” o no, de nuestros planes de futuro; pero aparcarlos “sine die”, es en el fondo una especial cobardía o falta de voluntad para motivarnos en conseguirlos.  Sin constancia es difícil conseguir algo, nada hay tan impropio, como abandonar antes de empezar repitiéndonos una y otra vez, que era demasiado ambiciosa o inconsciente nuestra planificación personal. El cumplimiento de la mayoría de nuestros deseos, impone creencia en la realización y sobre todo voluntad firme para conseguirlos.

No tratar de modificar la dirección de nuestra vida y dejarse llevar, es muy cómodo y  exige poco esfuerzo; pero además, permite lamentarse de nuestra fatalidad y poca suerte, cuando no progresamos satisfactoriamente. Por el contrario, empeñarse en tomar el “timón” y tratar de fijar el rumbo hacia donde deseamos, es de valientes; que creen en si mismos y en su posibilidades, y que no piensan rendirse a las primeras de cambio, replegándose, para seguir con “más de lo mismo”, aunque sigan insatisfechos. Visualizar nuestro futuro, no es solo una posición de soñadores, es mucho más, es el primer paso para aplicar nuestra voluntad y empeño en alcanzar lo que deseamos.

Si cuando corresponde, no hacemos uso de nuestra libertad de acción; no nos lamentemos si los resultados del “dejarse llevar” no son los deseados. Como dice Zygmunt Bauman, en su libro “Libertad”: “La libertad nació como un privilegio y así ha permanecido desde entonces. La libertad divide y separa. Separa a los mejores del resto. Obtiene su atractivo a partir de la diferencia: su presencia o ausencia refleja, marca y cimenta el contraste entre lo alto y lo bajo, lo bueno y lo malo, lo codiciado y lo repugnante.” 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Liderazgo



Dice Eduardo Punset en su libro “La España impertinente” (1986): “Pero la falta de representatividad inherente a los resultados condicionados por el actual derecho electoral no es más que uno de sus aspectos negativos. Hay otros que oscurecen el funcionamiento democrático en mayor medida, porque afectan a la esencia misma del mercado político, sobredimensionan el poder conferido a las oligarquías de los partidos y alejan irremediablemente a los ciudadanos del ejercicio real de la democracia a la hora de elegir a sus representantes. Ningún sistema electoral está a salvo de las distorsiones provocadas por los abusos de poder cometidos por los líderes sin escrúpulos, o los aparatos de los partidos excesivamente empeñados en la supervivencia de las propias burocracias internas.”

Ganar las elecciones por mayoría absoluta, es condición necesaria para poder gobernar, pero sin embargo, no es suficiente para convertirse en líder. En la empresa privada el “Jefe” viene habitualmente nombrado por cauces absolutamente ajenos a los subordinados, por el contrario el liderazgo son ellos quienes lo otorgan. A quien manda, se le obedece o no; pero al líder, se le sigue. Las instrucciones recibidas de un líder, son mucho más motivadoras.

Estamos rodeados de jefes y jefecillos y somos –como en la obra de teatro – personajes en busca de líderes. Queremos sentirnos partícipes de un proyecto común, por muy difícil que sea de alcanzar y rechazamos absolutamente el rol de “menores de edad”, que se nos adjudica. Hemos sido excluidos del conocimiento de lo fundamental-cotidiano,  pero nos informan perfectamente de asuntos baladíes, cargados de intrascendencia y relatados con lujo de detalles; que tejen alrededor de nosotros una tupida cortina de humo capaz de confundirnos. Una alienación, muy difícil de describir, pero extraordinariamente dura de sentir. Vernos cada día alejados de lo importante e impelidos a participar de lo superfluo.

El gobierno se puede ejercer por el mandato recibido de las urnas, pero el liderazgo hay que ganarlo con posterioridad,  a través de las  acertadas decisiones, acordes con el programa político planteado.  Cuando se es gobernante, pero no líder, el distanciamiento social está servido. Ni siquiera la mayoría, por muy cualificada que esta sea, justificará las decisiones no explicadas con claridad. Los ciudadanos demandamos información veraz y sin “trampas” y somos extremadamente críticos, con quienes parece que desean caminar a hurtadillas evitando la transparencia. Peor que no saber, es saber a medias.

 La clase política española, está acostumbrada a “cocinar” mucho en la “trastienda”, pero a explicar poco “lo que se guisa”; craso error, que viene produciendo cada vez más insatisfacción y alejamiento de los políticos (gobierno y oposición). Quienes no saben interiorizar, que han sido facultados para gestionar lo público por delegación,  disponen como si fuera propio, lo que es de todos. No se muy bien si lo hacen, por inmodestia intelectual o arrogancia ignorante. 

viernes, 29 de agosto de 2014

Consenso



Dice Eduardo Punset en su libro “La España impertinente”: “La complejidad de los mecanismos económicos y sociales de un país moderno exigen planteamientos colectivos más que partidistas, por la sencilla razón de que sólo caben soluciones colectivas a esos problemas. Pero estos comportamientos no pueden improvisarse sólo una vez al año  cada cuatro años, sino que debieran ejercitarse los trescientos sesenta y cinco días del año.
Lo cierto es que los verdaderos pactos sociales – los que realmente reducen las cotas de  incertidumbre y mejoran los niveles de bienestar de los ciudadanos de los países más avanzados – tienen poco que ver con las vocaciones repentinas de concordancia. “La paz social – decía Kennedy – es un proceso cotidiano, semanal, mensual, que modifica gradualmente las opiniones, erosiona con lentitud las viejas barreras para construir directamente en su lugar las nuevas estructuras.”
La Administración Pública ya no puede seguir pretendiendo que es la única depositaria del interés colectivo y la única en saber de antemano cómo se satisfacen los intereses legítimos de los ciudadanos.”

Punset publicaba este libro en 1986 y hacía referencia en algunos pasajes a la crisis de 1979. Hoy seguramente, podríamos repetir el mismo párrafo. Los problemas siguen ahí y la voluntad partidista cada vez más férrea. Tan es así, que los partidos todo lo que hacen es excelente, lo que no pueden resolver es herencia fatal de antecesores y por supuesto, lo que hicieron otros es un desastre, que se ha contenido gracias a su presencia actual en las tareas de gobierno

Interpretar la acción política, como una crítica recalcitrante de los adversarios, no reconociendo ningún acierto y poniendo en evidencia siempre, que el camino “tomado” por el oponente - sea cual sea - es malo; es tener un pobre concepto de la democracia. Solo llegaremos a buen puerto, si nos esforzamos en ser tolerantes y buscamos la convergencia. Los aciertos en la gestión pública, no son patrimonio de una determinada ideología, muy al contrario, es el resultado de un buen enfoque consensuado, unido al deseo de resolver con visión a largo plazo; evitando la postura cortoplacista para cosechar seudo-éxitos, con parches tan atractivos en la forma, como estériles en el fondo.

Cuanto más seguro está uno de sus convicciones, más predisposición tiene para escuchar otras opiniones, para no desaprovechar ninguna oportunidad de enriquecerse con el pensamiento ajeno. Por el contrario, la cerrazón y la intransigencia casi siempre van “colgadas” de personas, que protegen la inseguridad de sus propios postulados, no queriendo escuchar las posiciones discrepantes, para evitar constatar su criterio erróneo o no ajustado a la realidad del momento. Prefieren ignorar y seguir siendo fundamentalistas de un solo “credo”. Craso error y poco futuro.

Sirva como ejemplo evidente en nuestro País la desacertada política educativa, que es tratada con evidente vocación partidista y sin ningún deseo de “encuentro”; cuyo resultado práctico es el creciente desconcierto de los estudiantes y el desánimo de los profesores. No hay nada que debiera tener mayor grado de acuerdo global, que la formación de quienes son el futuro. Hacer presente - en esta materia - con posiciones poco tolerantes; es planificar un “pobre” bagaje y contribuir de forma evidente al creciente fracaso escolar. Sin pequeños y continuos cambios cuantitativos, no daremos jamás el salto cualitativo.

Nunca me han gustado las funciones discontinuas, por su semejanza a los saltos en vacío y en este tema la “continuidad” mejorada debería de estar absolutamente asegurada. Modificar lo erróneo y seguir hacia delante, sí; destruir y comenzar de nuevo, ¡no!. En la práctica no hay nada  completamente equivocado o absolutamente cierto. Esa rotundidad solo está conformada en nuestra mente cargada de rigideces, totalmente impropias de seres racionales. Quizás es el peaje, que pagamos, por la escasa formación “social” recibida. Seamos consecuentes y no lo repitamos, rompamos la tendencia, planifiquemos bien o lo lamentaremos.

lunes, 25 de agosto de 2014

fair play



Dice Antonio Muñoz Molina en su libro “Todo lo que era sólido”: “Es muy difícil llevar la contraria en España. Llevar la contraria no a los del partidos o a los del bando contrario, sino a los que parecería que están al lado de uno; llevar la contraria sin mirar a un lado y a otro antes de abrir la boca para asegurarse de que se cuenta con el apoyo de los que saben o creen que uno está a su favor; llevar la contraria a solas, a cuerpo limpio, diciendo educadamente lo que uno piensa que debe decir, lo que apetece decir, lo que le parece indigno callar, sabiendo que se arriesga no a la reprobación segura de quienes no comparten sus ideas sino al rechazo ofendido de los que lo consideran uno de los suyos; llevar la contraria no a visiones abstractas y totales del mundo sino a hechos particulares de la realidad.”

Siempre ha sido más fácil decir si, que decir no. Como también es más frecuente asentir que disentir. Hemos recibido una educación dirigida a no contrariar, ser educados es un objetivo desde la infancia. Para ello hace falta, en algunas ocasiones, tragar algún “sapo”, haciendo ver que se está de acuerdo con la opinión mayoritaria de nuestro entorno social; quienes exponen con franqueza su verdadera opinión discrepante, pronto son “etiquetados”, acción que conlleva un cierto aislamiento posterior en el grupo.

Ser demócrata va mucho más allá de una afirmación verbal repetida con mucho énfasis. Ser demócrata, es mucho más, es un determinado estilo de vida, cargado de tolerancia  y generosidad, para tratar de interiorizar de modo irreversible, que la diversidad de criterios enriquece. Como requisito previo se requiere “desprostituir” el lenguaje, volver a la esencia de las palabras y olvidarse de eufemismos recalcitrantes y vacíos; dicho con menos retórica, ser sinceros con nosotros y con los demás. Sin trampas.

Poder opinar con libertad y respeto a los demás, es un objetivo aún lejano en nuestra sociedad, acostumbrada a homogeneizar a sus miembros, conformándolos  en grupos antagónicos y levantando barreras invisibles para evitar “contaminarse” con opiniones heterodoxas. Nunca me han gustado los aires viciados, ni las estancias con poca luz y para mí los grupos excluyentes, asemejan este tipo de estancias, aunque estén perfectamente ventiladas o mantengan una excelente iluminación, para facilitar el proselitismo. La “decoración” es solo transitoria, solo sirve para confundir al inicio, pero cuando se traspasa el umbral, pronto aparece el verdadero ambiente, que disfraza.

En el fondo Muñoz Molina lo describe muy bien: “El resultado es que muchas personas que habrían debido hablar han callado y siguen callando, y que en España sea tan común decir una cosa en público y la contraria en privado, y actuar de una manera y opinar de otra. Muchas cosas simplemente no pueden decirse.”

viernes, 22 de agosto de 2014

Creencias



Dice José Luis Sampedro en su libro “Cuarteto para un solista”: “Lo importante en la vida de una persona es su creencia. Las creencias son las verdades vitales, las que nos guían y motivan, decidiendo nuestro futuro. La mente humana concibe toda fantasía de mitos más variados, inventa hadas y gigantes, se propone intereses y objetivos, rumbos desconocidos y cualquier otra creación... Mi norma es no aceptar nunca pasivamente lo que nos dicen; no asumirlo aunque lo diga una autoridad ni aunque se encuentre escrito en un libro donde alguien consignó hace siglos su propia creencia. Alguna de esas propuestas arraigará porque te convence. Si se acepta sin pensar no se vive la propia vida, sino la que otros dictan. En cambio, con la verdad asumida, se está en camino de llegar a ser quien se es.

Creo que el Profesor Sampedro vivió con esas premisas. Su inconformismo, su independencia y su rigor fueron para mí un ejemplo a seguir. Tuve conocimiento de él cuando estudiaba, ya que alguna de sus obras eran textos de bibliografía relevante. Con posterioridad (los ochenta) entré en contacto con sus novelas, confieso que profesaba admiración por él, sobre todo en los últimos años, a pesar de que me resultaron muy difíciles de leer algunos de sus libros (v.gr. Octubre, octubre).

Estoy absolutamente de acuerdo en su planteamiento, pero el cumplimiento lo considero no exento de dificultades; en una sociedad cargada de estereotipos y de modelos sociales generalmente admitidos, la independencia no suele ser fácil de aplicar. Hacerse una idea propia sobre los asuntos, contemplando todo con carácter crítico, para ir conformando nuestro futuro, sin dejarse llevar por la corriente fácil del seguidismo, es una tarea ardua y muy complicada. Los inconvenientes son muchos y en ocasiones difíciles de soslayar. El sistema demanda homogeneidad, casi a ultranza.

Demasiados intereses creados y muchas renuncias en la mochila, esto es lo que se acumula con los años. Aunque uno no acepte las propuestas generales, debe en algunas ocasiones reservarlo para su propia intimidad; sobre todo cuando se trata de valores que se consideran necesarios para desempeñar ciertos cargos o trabajos; principalmente en la empresa privada, donde el “ascenso” depende de la discrecionalidad de otros. Habitualmente la singularidad - en las organizaciones empresariales grandes -, no es bien recibida y la independencia se considera una trasgresión incómoda para aquellos que en definitiva tienen la llave de las promociones.

En el comienzo de la vida profesional uno, puede no tener más remedio que vivir una vida dictada, sin quebrantar – claro está – principios fundamentales; para  recobrar parte de su “independencia”, conforme ha ido progresando en la pirámide.  Dicotomía  fácil de describir, pero extraordinariamente pesada de recorrer. Por ahora, en la empresa es lo que hay, según creo. El modelo propuesto por el Profesor Sampedro, sería más accesible en caso de desarrollar profesiones liberales y siempre que los trabajos estén atomizados y no represente ningún cliente un porcentaje significativo de la facturación. Desde luego absolutamente realizable en el ámbito de la Universidad, siempre que uno se dedique a la docencia y la investigación y olvide los cargos políticos, dentro o fuera del Campus.
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