martes 14 de febrero de 2012

Andar despacio





Dice Descartes en su libro “Discurso del Método”: “El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa que tiene tan buena provisión de él; que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino mas bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual a todos los hombres; y, por tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien. Las almas mas grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes; y las que andan muy despacio pueden llegar mucho mas lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él”

Preguntaba Groucho , mientras caminaba, a uno de sus hermanos (no recuerdo a cual), ¿a dónde va este camino? y le respondía el Otro, no lo se… Y entonces Groucho apostillaba, pues caminemos deprisa y terminemos pronto el recorrido. Una astracanada mas de estos cómicos geniales, que eran premonitorios en muchas cosas.

Parece como si estuvieran entre nosotros y se percatasen, que lo relevante es hacer muchas cosas cada día, deprisa y sumidos en una enorme tensión, sin importar la relevancia o el interés de los asuntos. Nos hemos convertido en ejecutores de una maraña de enredos, en bastantes ocasiones inútiles o de resultado poco efectivo. Sin darnos cuenta vamos perdiendo la sensibilidad por lo importante, para dejarnos subyugar por multitud de cosas claramente prescindibles.


Si nuestra vida actual queremos caracterizarla con algo significativo, algo que identifique con bastante fidelidad el ambiente en que vivimos y para ello queremos utilizar una sola palabra, creo que tendría que ser “DEPRISA”. No nos damos cuenta, pero todo lo necesitamos en este mismo instante y somos incapaces de esperar con paciencia el desarrollo de los acontecimientos, nos parece que si lo hacemos de este modo, lo que nos ocurrirá es que los acontecimientos nos “arrollarán”.

Debemos resolver ya, pero además nos creemos en condiciones de hacerlo, porque nos arrogamos un sentido común fuera de lo común, pasaporte para el acierto y visado contra el error. No tenemos necesidad de meditar sobre los asuntos, ni siquiera podemos perder el tiempo de solicitar otras opiniones, como si de un tren que está saliendo a cada instante de una estación, llenamos nuestras horas de zozobra y ansiedad.

Mi abuelo, que era labrador, cuando desde Valencia nos íbamos a Viver, en un tren que era mas lento que los caballos de los malos (nunca alcanzan a los buenos); nos hacía estar en el asiento del tren a las siete y cuarto de la mañana, cuando el tren salía a las ocho; en una ocasión le pregunté: “¿Abuelo, si el tren debe salir a las ocho, por qué nosotros ya estamos en el asiento del vagón a las siete y cuarto?”, me miró y dijo escuetamente: “nosotros podemos esperar, pero el tren no espera a nadie”.

Vaya, vaya, como han cambiado las cosas, actualmente no podemos esperar, ni a nada, ni a nadie; todo hay que resolverlo ya, a gran velocidad y sin tiempo para pensar lo que se hace.

Hacer muchas cosas y deprisa, no es sinónimo de ser mas eficiente. Para ser verdaderamente eficiente hay que planificar. Planificar presupone analizar lo bueno y lo malo de cada posible acción. El análisis requiere tiempo y sosiego y es incompatible con hacer muchas cosas y deprisa…

Seguir el camino adecuado y terminar los asuntos comenzados, no es cuestión de velocidad, antes más, ésta desbocada, es sinónimo de fracaso.

jueves 9 de febrero de 2012

Estado del Bienestar III



Dice John Kenneth Galbraith en su libro “Breve historia de la euforia financiera”: “Permítasenos subrayarlo una vez más, y en especial para quien estuviera inclinado a un escepticismo personalmente gratificador: a efectos prácticos, la memoria es asuntos financieros debería considerarse que dura, como máximo 20 años. Éste es el el tiempo que suele precisarse para que los frutos de un desastre queden borrados, y para que alguna variante de la demencia anterior rebrote a fin de cautivar la mente de los financieros. Suele ser el tiempo generalmente requerido para que una nueva generación irrumpa en escena impresionada, como ocurrió con sus predecesores, por su propio genio innovador. In poder sustraerse a esta impresión, es arrastrada por otras influencias que operan que operan en el mundo financiero, muy seductoras y que conducen al error. La primera, como se ha señalado suficientemente, es la facilidad con que un individuo, al prosperar, atribuye su buena fortuna a su superior perspicacia. Y cuenta asimismo la tendencia, que acompaña a la anterior y que protagonizan las muchas personas que viven más modestamente, de atribuir una aptitud mental excepcional a quienes, por lo demás con imprecisión, se identifican como ricos. Sólo en el mundo financiero se da un designio tan eficaz para encubrir lo que, con el paso del tiempo se revelará como un engaño a uno mismo y a todos en general”.


Así que genio innovador, vaya, vaya; iluminados y sorbedores de “coco”, que con esa enorme energía negativa de la que son portadores, nos complican la vida, haciéndonos “paganos” de sus devaneos con los fondos públicos, haciéndonos ver lo que no tiene ninguna lógica; gastando como si nos sobrase, para poner en funcionamiento o no funcionamiento, estructuras grandilocuentes de escasa utilidad práctica, evidenciadoras de nuestro “desaforado” progreso, con la única intención de sentirse “grandes” y engañarnos con apariencias falsas.


Quien no teniendo, gasta y vive como rico, acaba siendo paupérrimo. Pero así es la vida, quienes arrogándose una potestad que no les hemos transferido con nuestro voto; utilizan el presupuesto para sentirse como “faraones modernos”, nos hacen mucho la “pascua”, a quienes de casa al trabajo y del trabajo a casa, pasamos nuestros días, tratando de organizarnos una vida, lo más confortable posible. No sabemos o descubrimos tarde, que hay otros, que “curro lo que se dice curro” poquito o nada, en mesas de despachos rimbombantes decidieron hacer y deshacer, para que cuando el desaguisado estuviera servido, entre todos nosotros (no ellos), nos ajustásemos el cinturón y pechásemos con las consecuencias de sus despilfarros.


Que bien se dispone de los fondos de todos. Si hubiesen administrado con la filosofía de “un honrado comerciante”, otro gallo nos cantaría (bueno ojo, no lo digamos muy fuerte, no vaya a ser que un inspector de la Sociedad de Autores vaya de madrugada donde esta el gallo, e intente comprobar si su canto imita a algún cantante al uso y le puede cobrar algún pingüe derecho de autor a su dueño); pero no ha sido así, nos han administrado con otra filosofía, si tengo ingresos en el presupuesto los gasto y si no tengo pido presado y también lo gasto.


Si al menos fuese para mejor educación, sanidad, servicios públicos, etc., buena cosa hubiera sido, pero no, nos hacían falta eventos singulares, que nos pusieran en el mapa, nos identificasen y nos forjasen una carta de presentación, llena de buenos augurios; cada euro gastado se iba a multiplicar, con un retorno a través del gasto de los visitantes, muy rentable, pero que muy rentable.


Menos mal, debemos suponer que se ha producido así y digo que debemos suponerlo, porque hay tasas e impuestos que aun no pagamos (os acordáis de Gila y la tasa de desgaste de patio en la factura del colegio de su hijo)… o días por venir, futuro y ya los pagaremos, ya.


Lo he dicho otras veces, pero me repito, mi abuelo que era labrador decía: “si quieres saber quien es Migelico, dale un carguito”.


Galbraith escribió este libro en 1990, traducido al español en 1991

viernes 3 de febrero de 2012

Estado del Bienestar II

Dice Fernando Savater en su libro “La tarea del héroe”: “Y es que el progreso ya no es una esperanza, sino un hábito: se ha desgastado por el uso. Perdida su primera ilusión, nos ha dejado sólo sensibilidad ante sus incomodidades, insuficiencias e injusticias. Sobre todo, nos ha inoculado un virus que ayer fue motor y hoy es intolerable agobio: la impaciencia… Aunque algunos, pese a estos vientos adversos, no quisiéramos renunciar del todo a un cierto progresismo de raíz ilustrada, que celebra lo conseguido sin autosatisfacción inmovilista y continúa creyendo que merece la pena esforzarse en lograr mejoras y corregir errores.

La vida humana es breve, insuficiente para alcanzar la perfección y el paraíso inmaculado: nacemos rodeados de males y moriremos rodeados también de males, eso es seguro. Lo único que podemos intentar es que los primeros no sean idénticos a los últimos…”

Pero no somos solo nosotros; quienes nos gobiernan, para comprometernos con el voto de modo permanente (como si fuéramos un contrato de teléfono móvil), nos han vendido cosas, cositas y cosazas, desprovistas de verdadera utilidad y pertrechadas de una gran carga superficial. Preferentemente para que pareciéramos lo que no somos y nos creyéramos ciudadanos del país de jauja.

El mal menor habría sido que lo hubieran hecho con los caudales públicos que tenían, pero no, lo han hecho también con lo que no tenían, lo han hecho también con recursos prestados, es decir, han vivido muy por encima de sus posibilidades, con actos grandilocuentes, para satisfacer su desmedida vanidad de reyes Midas y creerse grandes magnates, antes que, poner los pies en el suelo, dejando de levitar, para aplicar lo mejor posible los recursos existentes y vivir a tenor de lo que se dispone, aunque ello nos hubiese situado en una realidad menos rimbombante

Ahora parece, que quienes prestaban y prestaban, se han cansado de hacerlo. Se han dado cuenta que los límites de solvencia, habían traspasado todo lo imaginable y han decidido que no pueden seguir satisfaciendo las necesidades institucionales de créditos, desbocadas por imaginaciones grandilocuentes, exentas de todo criterio racional, sin pretender ni por un instante, mejorar verdaderamente el “habitat” de los ciudadanos. Hay que volver a la cordura. Sin embargo, las acciones que se toman para ello, viéndolas desde un punto de vista menos “ilustrado”, parezcan un desvarío de mayor calibre.

Quienes más saben, es decir, los responsables de la situación en la que estamos; dicen con boca grande, que “hay que apretarse el cinturón” y que ellos no pueden porque están entrados en grasas. Es decir, los excesos, despilfarros y suntuosidades, puestas en funcionamiento; acciones cargadas de poca utilidad práctica pero sí de mucha vanidad institucional; tenemos que “pagarlas” entre todos, es decir en lenguaje real, nosotros… los “curritos”… los de siempre…

Y mutis por el foro, hay que sacrificarse, ahorrar y gastar solo lo necesario, no vaya a ser que nos falte para todo el recorrido. Si esto es el progreso, casi prefiero estar menos “progresado”. Si la transformación llamada progreso no mejora la vida de la mayoría, es mejor dejar las cosas como están. Porque si por parecer unos años que somos ricos, hay que vivir en los siguientes como si fuéramos pobres de solemnidad, es mejor no emprender el viaje.

Quienes de forma desbocada indujeron una situación impropia, promoviendo suntuosidades para sentirse mas “grandes”, ahora se ponen de perfil, para ver si nadie se percata de donde estaban cuando todo esto se fraguaba. Y con gran descaro, acaparan salarios de mas del doble de cinco cifras, mientras piden con boca grande, que otros incrementen su jornada, limiten sus salarios, mermen sus derechos… y otras lindezas, para paliar el desaguisado que han provocado. Siguen mandando y disponiendo porque a ellos si que les va bien la fiesta. Van calle a bajo, mientras que los demás subimos cuestas. Francamente muy educativo… y alentador, pero francamente ¡que desverguenza!.

N.B.: Fernando Savater publicó el libro en 1981.


Estado del Bienestar


Dice Fernando Savater en su libro “La tarea del héroe”: La antigua definición de progreso tenía dos componentes: por una parte, la transformación casi irresistible de estructuras y mentalidades sociales; por otra, confianza en que dicha transformación implicaba mejoras en la vida colectiva, aumento de la conciencia compartida y avances en la autonomía personal y su responsabilidad. Actualmente sigue presente la certidumbre de las transformaciones vertiginosas del mundo, pero desprovistas de la antigua confianza en que fueran para mejor. Jean-Paul Willaime sostiene que hemos pasado de la visión del progreso de las Luces como “movimiento mas certidumbre” a una actitud posmoderna de “movimiento mas incertidumbre” que no sabemos donde en cada caso puede desembocar. El diagnóstico de Zygmunt Barman es claramente alarmante: “El progreso, en otros tiempos la manifestación más extrema de optimismo radical y promesa de felicidad duradera universalmente compartida, está ahora ubicado en el polo diametralmente opuesto, diatópico y fatalista de las expectativas; hoy encarna la amenaza de un cambio implacable e inexorable que, lejos augurar paz y alivio, no hace mas que presagiar una crisis y una tensión continua que no dejará un momento para el respiro…En lugar de grandes expectativas y dulces sueños, el progreso evoca noches de insomnio repletas de pesadillas en la que nos acosa la sensación de “quedarnos rezagados”, de peder el tren o de caernos por la ventanilla de un vehículo en marcha que no deja de acelerar””.

No es una circunstancia que haya sobrevenido de modo espontáneo, somos nosotros con nuestra recalcitrante impaciencia, quienes la hemos inducido en buena parte, porque no hemos podido “esperar” a que los acontecimientos hubieran evolucionado., Nosotros con nuestra insatisfacción y de modo desordenado, hemos forzando la velocidad de los mismos, intentando con atajos y otra serie de artilugios mentales, forzar el ritmo y anticipar resultados poco maduros para su puesta en marcha.

La desazón que nos invade día a día, no es tan solo consecuencia de las circunstancias que nos rodean, buena parte corresponde también a nuestro deseo desmedido de alcanzar metas y obtener resultados con rapidez. Antes de tener bien pensadas las acciones, ya queremos implementarlas y estar planificando segundas etapas; cuando en realidad ni siquiera las primeras se han cubierto adecuadamente.

Pero no somos solo nosotros quienes actuamos de este modo tan irreflexivo; son también las instituciones quienes nos han trasladado esa sensación de huida hacia delante, nos han lanzado a una carrera por el llamado “estado del bienestar”, transmitiéndonos una tremenda ansiedad por el disfrute y posesión de bienes, que nada tiene que ver realmente con ese bienestar. Como si de tener mas y mas dependiera en definitiva nuestra felicidad. Sin poner en evidencia que por mucho que tengamos o disfrutemos, siempre hay mucho mas que no tenemos. Depende de lo imaginativos que seamos y lo insatisfechos que queramos sentirnos. No apreciando todo aquello que poseemos y deseando con intensidad todo lo que nos falta; de un modo tan vehemente, que logra sumirnos en un grado de insatisfacción muy superior a nuestras circunstancias reales.

Por si fuera poco, se nos ha venido inculcando, que en caso de no disponer de suficientes recursos, para obtener todas esas “seudocosas” que nos harán inmensamente felices; podemos acceder a alguien que nos los anticipará para que no perdamos ni un solo día del “seudodisfrute” y comencemos inmediatamente. Con tanta facilidad y tanto reclamo, que quienes no sucumbían a estos mensajes, acababan siendo “raros o raritos” en su entorno.

Hemos caído en una trampa saducea, lo hemos querido todo o casi todo, ¡pero ya!, en fin hemos hipotecado - no solo nuestra casa- hemos hipotecado nuestra persona, nos hemos convertido en marionetas movidas por el sistema en una carrera sin fin. Caminamos siempre sin saber muy bien hacia adonde, pero lo hacemos velozmente. Y ahora no sabemos como salir de esta enojosa situación, querríamos volver al inicio a los momentos sencillos pero intensos y evitar las alharacas y las caretas grotescas; querríamos volver a ser, tal como éramos…un poco tarde, la verdad.

miércoles 25 de enero de 2012

Introspección




Dice Luis Rojas Marcos en su libro “Convivir, el laberinto de las relaciones de pareja, familiares y laborales”: “Gracias a la capacidad humana de introspección y de razonar, todos podemos adquirir un conocimiento razonable de nosotros mismos. Es obvio que cuanto mejor nos conozcamos más alta serán las probabilidades de acertar en nuestras relaciones amorosas, en nuestras amistades y en nuestra vocación ocupacional o profesional. Si somos conscientes de nuestro estado emocional nos resulta más sencillo evaluar la situación en que nos encontramos y modular nuestros sentimientos. Otra ventaja es que cuanto mejor conectados estamos a nuestros propios sentimientos, más fácilmente sintonizamos con los sentimientos de los demás y nos compenetramos con ellos”.

Relacionarse con los demás con eficiencia precisa de una posición de partida indispensable, representada por el conocimiento intrínseco de nosotros mismos primero, para abordar con éxito después el de los otros. Parece, según describe el Dr. Rojas Marcos, que en ese orden; por tanto no debemos tratar de conocer como son los que nos rodean, sin previamente haber resuelto eso mismo con nosotros.

Muchos fracasos de nuestras relaciones son fruto de planteamientos equivocados, porque en realidad están fundamentadas, queriendo consolidar o proyectar el personaje que somos, olvidando con ligereza, que los lazos se establecen con personas y no con personajes. Ese error en el planteamiento es precisamente la semilla, que cuando germine, acabará debilitando y dificultando relaciones fuertes y duraderas.

A fuerza de aparentar, hemos olvidado una faceta primordial para vivir, que es la capacidad de conocernos en profundidad, gestionada con un análisis pormenorizado e intenso de lo que verdaderamente somos, a través de la consideración de nuestros actos, calibrados desde una posición crítica y no complaciente. Esta práctica debe aplicarse de modo cotidiano, para que nos permita rectificar en conductas inadecuadas y facilite la relación con quienes nos rodean basada en la sinceridad y el respeto.

No son siempre los demás quienes “fallan” y dificultan nuestras relaciones con ellos, en la mayoría de los casos, si los analizamos en profundidad, somos nosotros, quienes con un comportamiento errático y exento de transparencia, propiciamos estos fracasos. Quienes se relacionan con nosotros en lazos estables, quieren mantener la relación con el “original”, no con el “doble” que representa ese personaje que nos hemos empeñado en representar, tal como si estuviéramos en un escenario teatral, mas que en nuestra vida cotidiana.

Para poder hacer introspección, hay que estar dispuesto a asumir un elevado grado de autocrítica. La autocrítica útil debe ir acompañada siempre de sinceridad, para nosotros y los demás. La sinceridad es un acto de valentía. Los cobardes prescinden de la introspección, siempre.

martes 3 de enero de 2012

Perseverar


Dice Lucio Anneo Séneca, en su escrito “Invitación a la Serenidad”: “Toda la vida es un servicio. Así pues, hay que habituarse a la propia condición, quejarse lo menos posible de ella y aprovechar cualquier comodidad que se tenga alrededor. No existe nada tan amargo como para que un espíritu razonable no encuentre alivio. Frecuentemente las más pequeñas superficies se acomodaron a muchos usos gracias a la habilidad de quienes las trazaron... Da entrada a la razón en las dificultades: pueden ablandarse las situaciones duras, dársele amplitud a las estrechas y las graves oprimir menos a quienes las soportan con elegancia.

Además, no debemos permitir que nuestros deseos vayan demasiado lejos, permitámosles sólo que salgan a las cercanías, ya que no toleran que se les encierre del todo. Desechados aquellos, o que no pueden lograrse, o que se pueden alcanzar con dificultad, sigamos a los que están situados cerca y que se corresponden con nuestra esperanza, pero sepamos que todas las cosas son igualmente vanas por dentro”.

No existen atajos para conseguir las cosas. Cualquier tipo de éxito tiene un precio. Pretender obtenerlo “gratis” es una de las veleidades mas frecuentes para engañarnos primero, quedar decepcionados después y finalmente sumirnos en esa especie de mezcolanza entre fatalidad y mala suerte, en la que acostumbrarnos a refugiarnos, cuando las cosas no nos salen como pensamos.

Saber medir las distancias, es el mayor seguro de éxito, para no caer al dar un salto. Querer alcanzar determinada meta en la vida, es manifestar un espíritu de superación muy encomiable; pero pretenderlo “ya”, con facilidad y evitando a toda costa las dificultades que entraña, es una inconsciencia. Únicamente un esfuerzo sostenido y constante nos proporcionara con el tiempo la consecución de los objetivos prefijados.

Los errores más frecuentes en la consecución de nuestros objetivos, es pensar que podemos soslayar los esfuerzos necesarios, intentándolo mediante maniobras simplificadoras, para que éstos no entrañen mucha “carga”, o demorar la ejecución de las acciones necesarias para su consecución, sin percatarnos que por más que dejemos a un lado aquellas cosas, que nos resultan molestas, éstas no se resuelven por sí mismo, muy al contrario se “enquistan” y acabarán acarreándonos grandes desazones.

Los mayores logros en esta vida, se consiguen con perseverancia y persistencia y no con suerte. Sacar el máximo partido a las capacidades propias con insistencia, es mucho mas eficaz, que pensar en “golpes de azar”, que nos resuelvan casi todo. El entusiasmo y la creatividad bien aplicada dan resultados que parecen “milagrosos”. La diferencia entre alguien considerado como un genio y nosotros, es que el genio siguió intentándolo al cosechar el primer fracaso y nosotros perdimos el tiempo en lamentos, cuando concurrieron circunstancias parecidas.

Nuestros deseos son como órdenes internas. Las órdenes solo se cumplen con el esfuerzo. El esfuerzo necesita toda la perseverancia aplicada en el logro. La perseverancia es la predisposición favorable, para el cumplimiento de nuestros deseos.

Es suficiente con ser bueno en algo, no es absolutamente necesario ser demasiado bueno. La perfección extrema es casi tan dañina como la mediocridad. En el fondo ambas producen insatisfacción y limitan la felicidad… Y ya hemos dicho que lo que no promueve la felicidad, claramente sobra… sin más.

jueves 29 de diciembre de 2011

Apariencia


Dice Robert Greene en su libro “Las 48 Leyes del Poder”: “La gente de nuestro alrededor, incluso nuestro mejores amigos, siempre será, hasta cierto punto, misteriosa e insondable. Sus personalidades tienen recodos secretos que nunca revelan. La parte incomprensible de los demás sería muy inquietante si lo pensáramos detenidamente, ya que haría que fuera imposible juzgar a otras personas. Así que preferimos ignorar ese hecho y juzgar a la gente por su apariencia, por lo que es más visible a nuestros ojos – la ropa, los gestos, las palabras, las acciones - . En el ámbito social, son el barómetro de casi todos nuestros juicios y no debemos dejarnos convencer de que no sea así. Un paso en falso, un cambio extraño o repentino en la apariencia puede resultar desastroso.

Por este motivo es de vital importancia construir y mantener una reputación propia. Esa reputación hace protección en el peligroso juego de las apariencias, distrae a los ojos inquisitivos de los demás de descubrir cómo somos en realidad, y de cierto control sobre el modo en que el mundo nos juzga – una postura poderosa -. La reputación tiene un poder como la magia: con un toque de varita puede redoblar la fuerza”.

La apariencia es la clave que permite facilitar las relaciones sociales. En cualquier grupo son esos “tics”, que nos da la ropa, las maneras de comportamiento, los atributos que confieren determinados signos externos, etc., quienes realmente potencian o limitan, nuestra pertenencia a un determinado colectivo. No somos intrínsecamente nosotros, es lo que parecemos que somos, lo que nos abre y/o cierra “puertas”. Nuestras relaciones, en realidad, son mayoritariamente un intrincado laberinto de simulaciones, mas que un conjunto de realidades y/o sinceridades.

Las relaciones sociales – mayoritariamente – no están respaldadas por conocimientos profundos de las personas, es más, éstos en muchas ocasiones las limitan, cuando no las dificultan. Los tratos exquisitos y educados hacia los demás, están preferentemente cargados de superficialidad, como si las relaciones “aparentes” tratasen de suplantar a las reales Cuando se cumplen los requisitos formales de apariencia, que un determinado grupo social, impone de forma tácita o explícita para pertenecer a él; sus miembros no necesitan, ni exigen nada más.

Ésta es precisamente la fortaleza de esa cohesión tan férrea, a saber, pasar de “puntillas” con gestos y acciones amables, pero sin raíz. No es un acto de cinismo, es una necesidad. Nuestra vida no permite el conocimiento amplio de los que forman parte de nuestro entorno; tenemos siempre poco tiempo y a la vez mucha prisa; en multitud de ocasiones casi siempre estamos llegando tarde a algo, es nuestro sino. Lamentablemente en estas circunstancias no estamos para profundidades, lo hemos solventado con superficialidad avalada por signos externos acordes con la norma, si esto se cumple lo demás lo damos por cierto.

Lo importante en la vida no es tener, es ser. Para ser, hay que estar en armonía con uno mismo. La armonía con uno mismo requiere decencia y empatía. Sentir a los demás, es la felicidad misma. Esa felicidad es la plataforma necesaria, para ser…