sábado, 16 de agosto de 2014

Democracia



Dice Aníbal Romero en su libro “Aproximación a la política”: “La democracia corresponde a una realidad política que incluye, con variado énfasis, un conjunto de rasgos interconectados: derechos semejantes para los ciudadanos; libertad de expresión, de organización y oposición política; elecciones libres y limpias para decidir quién va a gobernar; plazos definidos y limitados de gobierno; una lucha política no violenta; el imperio de leyes comunes para todos y de un poder judicial independiente; así como la existencia de fuerzas armadas y policíacas no politizadas, comprometidas con la nación y el sistema de libertades como tales, y no con un determinado partido político. La sociedad democrática posee a su vez una serie de características, que responden a los rasgos políticos citados: es pluralista; centrada en los derechos individuales; anticonformista; descentralizada institucionalmente y en ocasiones territorialmente; innovadora; socialmente móvil;  no coercitiva; moderada  tanto en la manera de actuar como en las creencias políticas de la mayoría; igualitaria en espíritu y en alguna medida también en la realidad; legalista; abierta; competitiva, respetuosa del ser humano, de su vida y aspiraciones; y respetuosa también del argumento racional en las disputas.”

Creo que no había leído un párrafo tan descriptivo y denso a la vez. La verdad es que la enumeración es exhaustiva, sale bien librada la democracia, pero en nuestra realidad cotidiana quienes quedan mal, muy mal; son los que se llaman demócratas. Casi nada pide Romero; y nosotros pensando que lo que había que hacer es decir a boca llena “yo… yo soy demócrata de toda la vida”. En un entorno, que se ha perdido el sentido profundo de la palabra respeto, no le encaja ni por el forro esta descripción. El pluralismo solo cuenta para exponerlo verbalmente, pero en realidad lo que queremos es que los de siempre (vaya pluralidad), sigan en lo mismo y desde luego al margen de la parrafada del autor, que es clara y contundente. Nuestro quehacer parece que esté centrado, en intentar, cada vez más insistentemente, no alcanzar el equilibrio que se describe.

Desde luego violencia no hay en la lucha política, claro está, si no consideramos la verbal, porque si lo hacemos, pronto descubrimos, que ignoramos el sentido del intercambio de pareceres. Parece como si quisiéramos que los demás fueran “huevos de Pascua”; para ponerles sal y deglutirlos. Igualitaria en espíritu, creo que si, sin duda, pero solo a ese nivel teórico, tan distante en la realidad, que es imposible identificarla, porque la praxis es un desastre. Las posturas aparecen muy distantes e irreconciliables, tal como si quisiera escenificar, que poner distancia es la mejor postura para alcanzar el triunfo; como si en el entramado político, no fuera necesario en muchos asuntos relevantes, resolverlos una sola vez y con consenso; para no volverlos a remover en cada legislatura si se produce cambio de partido de gobierno; lo que representa en la práctica, una extraordinaria pérdida de tiempo y de recursos.

Las disputas no están basadas en argumentos racionales, con gran rapidez devienen en descalificaciones personales y se centran en poner en evidencia circunstancias - cuanto más sucias y reprobables mejor - del oponente con el que se debate;  aunque no tengan, nada que ver con el asunto. La consigna parece ser, “ensucia cuanto puedas verbalmente, porque de este modo neutralizas al contrario”. Sin percatarse que ciertos tipos de actuación, a quien más desprestigian es, a quienes los practican. Esta reprobable forma de hacer, a los ciudadanos nos produce un creciente sentimiento de vergüenza ajena y un alejamiento en rechazo por las malas formas, unido a la sensación de inutilidad y pérdida de sentido práctico en la argumentación.

Como dice Robert Wesson: “Los estados modernos son, en infeliz grado, poco responsables ante los ciudadanos, abusivos del poder, despilfarradores, explotadores, e ineficientes en la tarea de promover el bienestar colectivo… El problema es tal vez insoluble, pero debería ser considerado nuestro mayor desafío intelectual. Quizás sea mas reconfortante y otorgue una satisfacción más pura escudriñar los orígenes y el destino de muestro universo, pero esas investigaciones no avanzarán mucho más si no aprendemos de qué mejor manera organizar nuestras sociedades.”

jueves, 14 de agosto de 2014

Minoría poderosa



Dice Charles. Wright Mills en su libro “La Élite del Poder” (1957: “Los individuos de la minoría poderosa no son gobernantes solitarios. Consejeros y  consultores, portavoces y  creadores de opinión pública son con frecuencia quienes capitanean sus altas ideas y  decisiones. Inmediatamente por debajo de la minoría están los políticos profesionales de los niveles medios de poder, en el Congreso y en los grupos de presión, así como entre las nuevas y viejas clases superiores de la villa, la ciudad y la región. Mezcladas con ellos de modos muy curiosos, están esas celebridades profesionales que viven de exhibirse constantemente, pero que nunca se exhiben bastante mientras son celebridades. Si esas celebridades no están a la cabeza de ninguna jerarquía predominante, muchas veces tienen poder para llamar la atención del público, o para brindar a las masas cosas sensacionales, o, más directamente, para hacerse oír de quienes ocupan posiciones de poder directo. Más o menos libres de compromisos como críticos de la moral y  técnicos del poder, como portavoces de Dios y creadores de la sensibilidad de las masas, esas celebridades y consultores forman parte del escenario inmediato en que se representa el drama de la minoría. Pero ese mismo drama está centrado en los puestos de mando de las grandes jerarquías institucionales.”

Charles Wrigth escribe sobre la realidad americana, pero creo que lo que describe puede aplicarse a nuestra situación actual. Es indudable que no nos “sonarán” extraños asesores, consejeros, consultores, tertulianos, medios escritos y visuales; que de modo insistente, nos explican reiteradamente todas las particularidades de cualquier asunto – sea cual sea el tema – y nos intentan mentalizar de que sus razones, son un análisis objetivo y desinteresado. Unos por continuar en el cargo y otros por seguir su rol, están dispuestos a “fabricar argumentarios”, que a fuerza de repetirlos, acaben calando en la opinión pública y consigan casi desvirtuar la realidad, para acoplarla lo más posible a su realidad virtual.

Estas circunstancias son más acusadas si cabe, cuando los asuntos se circunscriben a los territorios autonómicos, donde dada su acotada trascendencia, es más sencillo servirlo de la mano de lo que llama Wrigth “celebridades”. En estas ocasiones, se intenta influir mediante el apoyo de quienes son ampliamente conocidos y relevantes. Aunque el tema sometido a debate, no sea de su especialidad; lo más importante es hacerse oír, conseguir que los ciudadanos interioricen la argumentación deseada, aunque ésta no esté completamente en concordancia con el fondo de la cuestión sometida a debate.

Montado el entramado, debe resaltarse que quienes han participado y  facilitado este tipo de acciones, adquieren para si una cierta parcela de poder; pues aun no detentándolo, tienen la facultad de poder influir en la toma de las decisiones sobre los asuntos de interés, tanto para si, como para sus amigos. Con ello se cierra el bucle y se crean fuertes lazos de interés bifocal. Se devuelven favores o se agradecen actuaciones anteriores, con decisiones actuales o futuras, cumplimentando “recomendaciones o sugerencias” de quienes tienen cierto prestigio y son por ello, a su vez, imprescindibles creadores de opinión a través de sus argumentaciones o acciones mediáticas.

Los entramados de poder son extraordinariamente complejos y en ocasiones quienes aparecen como decisores, esconden tras de sí, a los verdaderos creadores e impulsores de algunas de los cambios o toma de decisiones de envergadura. No es de extrañar a este respecto, que quienes tienen la relación y la capacidad de influencia en algunos estamentos, estén organizados en despachos, cuyo cometido es “facilitar” el contacto o “mediar” en determinados temas. Tampoco es raro, que quienes ocupan cargos relevantes en los gobiernos, cuando lo dejan, sean ampliamente demandados en los Consejos de Administración de Corporaciones importantes. Seguramente no solo en atención a su capacidad de gestión, sino también, a la posibilidad de utilizar - si fuera necesario – los contactos adquiridos en atención a su pasado político relevante.

Quizás sería aplicable lo que dijo Jacobo Burckhardt de los "grandes hombres": "Son todo lo que nosotros no somos"."

lunes, 11 de agosto de 2014

Política del siglo XXI. (II)



Dice Moisés Naím en su libro “El fin del poder”: En esta época de constante innovación, en la que casi nada de lo que hacemos o experimentamos en nuestra vida cotidiana ha quedado intocado por las nuevas tecnologías, existe un ámbito crucial en el que, sorprendentemente, muy poco ha cambiado: la manera en que nos gobernamos; o nuestras formas de intervenir como individuos en el proceso político. Algunas ideologías han perdido apoyos y otras lo han ganado, los partidos han tenido su auge y su caída, y algunas prácticas de gobierno han mejorado gracias a las reformas económicas y política, y también gracias a la tecnología de la información. Hoy las campañas electorales se apoyan en métodos de persuasión más sofisticados, y, por supuesto, más gente que nunca vive gobernada  por un líder al que ha elegido, y no por un dictador. Pero estos cambios, aunque bienvenidos, no son nada en comparación con las extraordinarias transformaciones en las comunicaciones, la medicina, los negocios, la filantropía, la ciencia”.

Las formas de elegir a nuestros representantes, sigue anclada en un procedimiento, que adjudica las cuotas de poder en base a los votos, pero de un modo, en mi opinión,  poco equitativo. Las listas cerradas en la era de la información parecen incluso anacrónicas. Hay otros sistemas que darían más preponderancia a la persona de modo individual y no en el núcleo de un colectivo, es decir, de forma casi impersonal. No debemos olvidar, que las listas han sido confeccionadas por el aparato de los partidos, mas pensando en sus propios intereses de triunfo, que en el de los ciudadanos.

Este juego de la “confusión” ha hecho emerger de modo relevante un interés por los temas de la Ciencia Política, ubicada hasta ahora en las Facultades y poco presentes en los ambientes de la calle. Los ciudadanos comienzan a debatir sobre los procedimientos electorales con un análisis crítico; lo motiva, entre otras cosas, la escasa efectividad para el control de las acciones de quienes detentan el poder, unido a la inefable tendencia a no cumplir los programas electorales, por parte de los gobiernos. La inusitada presencia de politólogos en los medios de comunicación ha revelado a este respecto, que las cosas son como son, pero que no tienen necesariamente porque seguir siendo así. Hay alternativas.

Se abre un “melón” nuevo repleto de incertidumbres,  pero la demanda de cambio cobra relevancia e impulso. El modo de designación actual, que promueve nuestro sistema electoral, suscita cada vez mas dudas. No es de extrañar, que los partidos políticos consolidados, ante este interés social, estén tomando posiciones al respecto, pero como casi siempre, mas tratando de consolidar intereses internos, que para dar respuesta a las demandas de los ciudadanos. De tal modo, que cada cual intenta instrumentar el posible cambio hacia la posición más ventajosa para si; mucho más ahora que las mayorías absolutas, según las estimaciones de voto se revelan menos factibles y por tanto el número de escaños a elegir, se torna determinante.  

Está claro que las nuevas formas de comunicarse y la agilidad en hacerlo, han puesto de relieve efectivos  procedimientos, tanto para difundir nuevas alternativas, como para evidenciar las carencias de las actuales. No creo que los estamentos de los partidos políticos sean desconocedores de estas nuevas posibilidades, ni de su alcance; su modo de actuar por el contrario, está en la línea de seguir con “más de lo mismo”, en lugar de ser vanguardistas y  poner empeño, consenso y voluntad, para pensar en clave de electores y no de intereses de partido. Es imprescindible, el diseño e instrumentación de procedimientos electorales,  capaces de permitir que los ciudadanos tengan capacidad de seleccionar a quienes individualmente les inspiren más confianza o crean más capaces para el desarrollo de las funciones, independientemente cual sea el partido en el que están adscritos. Un nuevo paradigma electoral para el siglo XXI.

Si no se reacciona a tiempo, instrumentando nuevos procedimientos electorales, que satisfagan las expectativas de los ciudadanos, sería factible, como dice Naím: “Pueden conducir a la anomia, que es la ruptura de los lazos sociales entre el individuo y la comunidad”

domingo, 10 de agosto de 2014

Política del siglo XXI



Dice Moisés Naím en su libro “El fin del poder”:”No cabe duda que existen muchas razones de peso para no confiar en los políticos y, en general, en quienes están en el poder; no solo por sus mentiras y su corrupción, sino también porque es frecuente que los gobiernos hagan mucho menos de lo que esperamos como votantes. Además, todos estamos mejor informados, y un mayor escrutinio mediático tiende a resaltar las fechorías, los errores y la incompetencia de los gobernantes. Como resultado, el escaso nivel de confianza en los gobiernos se ha vuelto crónico.
Eso tiene que cambiar, necesitamos recuperar la confianza en el gobierno y en nuestros dirigentes políticos. Para ello será necesario cambios profundos en la organización y funcionamiento de los partidos políticos y en sus métodos para seleccionar, vigilar, pedir cuentas y ascender – o degradar – a sus líderes. La adaptación de los partidos políticos al siglo XXI es una prioridad.”

Se enfoque desde el punto de vista que se quiera, los partidos políticos, se lo han ganado a pulso, su mala fama no es casual; es una reiteración del mal gobierno, los incumplimientos de la promesas electorales y peor aún la desinformación a las que se somete a los ciudadanos, a quienes como si fueran menores de edad, se les oculta reiteradamente las verdaderas circunstancias, que concurren sobre bastantes asuntos de carácter relevante; unido a una extraordinaria falta de sensibilidad para adoptar un aspecto autocrítico, cuando los errores son manifiestos..

La escena política no puede continuar siendo el foro donde impere el insulto, la descalificación y la falta de respeto, con tanta habitualidad que se ha convertido en cotidiano, lo que debería ser extraordinario y raro a la vez. Tratar de ocultar la realidad de los asuntos de interés, en base a no razonar y dedicarse con toda intensidad a descalificar, produce la sensación de una intencionada gran cortina de humo, que hace que los ciudadanos nos  centremos en las “formas” y acabemos perdiéndonos el fondo.

Sorprenderse porque en esta situación, emerjan nuevas formas de interpretar los asuntos y de exponerlos y que además, tengan éxito creciente; es no darse cuenta, que una reflexión mayoritaria pase por interiorizar, que peor de cómo se está haciendo, no se puede hacer; posición que es claramente avalada, porque los argumentos empleados, no son razonamientos ordenados para desmontar las propuestas nuevas, sino la defensa a ultranza de los que se está haciendo y por el contrario el rechazo absoluto de las nuevas formaciones emergentes, con palabras agrias y poco argumentadas y en muchas ocasiones carentes de fundamento real.

Regenerar la política para que los ciudadanos volvamos a confiar en ella, es indispensable en cualquier país que apueste por el progreso; pero para ello es absolutamente imprescindible, que quienes llevan tantos años ejerciéndola  de modo tal, que nos ha sumido en esta incertidumbre; tengan la generosidad de dar un paso atrás y cedan su lugar a quienes con ojos nuevos traten de resolver asuntos viejos. En ocasiones la monotonía de lo que se hace, suele estar tan sumamente arraigada, que acaba pareciendo la única forma de resolver y es seguro que existen otras mejores, a tenor de los resultados obtenidos.

Como dice Naím, “…exige centrar la conversación en cómo contener los aspectos negativos de la degradación del poder y avanzar hacia el lado positivo…, el espacio donde el poder no está ni sofocantemente concentrado  ni caóticamente disperso.” Pero eso significa una postura de “aflojar cuerdas” y “tender puentes” y nosotros estamos muy obcecados, ahora por lo menos,  en “estirar y dinamitar”; quizás sea también, porque nos falte verdadero espíritu democrático o nos guste vivir con un elevado grado de inconsciencia. Ojalá sea por poco tiempo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

winners y losers II



Dice el Dr. Alfonso López Caballero en su libro “El arte de no complicarse la vida”, en el apartado que titula “Hipótesis de base con resultado funesto garantizado”:”Un ser humano ha de ser competente, capaz de conseguir sus objetivos en todos los aspectos posibles, para poder considerarse valioso. El éxito es agradable, deseable, pero no indispensable. La clave radica, en el concepto de exigencia, de necesidad. Esta radicalidad, esta necesidad de triunfar como sea, camufla la más de las veces una falla en el sentido de la seguridad personal: se pretende convencer a los demás – y de paso convencerse a sí mismo – de la propia valía personal.
El pensamiento abreviado que le corresponde es: Tengo que triunfar como sea. El ansía de perfeccionismo, que esconde en sus entretelas, proporciona de paso sustanciosas ventajas. Porque el perfeccionismo: Nunca es razonable ni realista. Al ser inalcanzable, es una fuente inagotable de frustración, decepción y amargura. Actúa de freno y bloquea la iniciativa, por temor de no dar la talla perfecta.  Segrega ansiedad y estrés en dosis masivas”.

Considerarse valioso en base - solo - a los objetivos conseguidos es claramente una falta de criterio. Alcanzar lo previsto es una enorme fuente de satisfacción, por el contrario no debería ser una gran frustración, no conseguirlo; ni ante nosotros, ni ante los demás. Pensemos que, las fases de no cumplimiento pueden ser usadas como análisis de las desviaciones y por tanto en el fondo pueden convertirse en la mayor fuente de perfeccionamiento, pero siempre abordándolo desde la tranquilidad de conciencia, si el esfuerzo aplicado es el adecuado según nuestra capacidad. Pedir imposibles y/o aceptarlos es una bonita forma de instituir la insatisfacción y eso a la larga no potencia; más bien, anula.

Triunfar, ¿por qué no?, pero a cualquier precio, claramente, no. Si tengo que vulnerar mis principios o “burlar” los de otros, prefiero quedarme sin el éxito externo, que no es exactamente haber fracasado. Buscar el perfeccionamiento en nuestras acciones es una forma de afrontar los acontecimientos muy respetable, pero buscarlo de modo insaciable, con un objetivo cada vez más lejano y en ocasiones inalcanzable, es un planteamiento de vida impropio, tanto si nos lo exigimos a nosotros mismos, como si lo trasladamos a otros.

Vivir atenazado por el incumplimiento - si es que se produce - no nos acarreará más que frustración, mermará nuestra capacidad y al final acabará siendo el responsable de nuestras carencias. Cuando se rememora mentalmente una y otra vez de modo crítico, nuestra falta de capacidad resolutiva en una determinada acción, podemos acabar  convirtiéndonos en unos inseguros cargados de complejos;  esos pensamientos negativos, podrían llegar a  impedirnos  resolver con agilidad, ni siquiera lo más común o cotidiano.

No nos presionemos más de lo necesario. Centrémonos en nuestra capacidad y seamos consecuentes en aceptar solo aquellas tareas para las que nos consideramos preparados. De nada sirve querer ser más, si nos falta perseverancia, a la larga, acabaremos siendo “menos”. Como dice López Caballero al enunciar la ley del efecto contrario: “Cuando el abordaje mental a una tarea cualquiera se formula en términos dubitativos, cuanto más se esfuerce por conseguirla menos capacitado estará para ello”.   

martes, 5 de agosto de 2014

winners y losers



Dice el Dr. Alfonso López Caballero en su libro “El arte de no complicarse la vida”: “Es evidente que nuestra sociedad está tocada del ala. No hace falta ser un Einstein `para darse cuenta de que la civilización es como una ballena herida de muerte. Y dentro del complejo síndrome patológico de nuestro cetáceo, uno de los síntomas que arrastran tras de sí más funestas consecuencias es la “dinámica del éxito”.
La clave de la vida no radica, por lo visto, en ser feliz sino en triunfar, aunque conseguir el triunfo –un triunfo medio qué – te cueste dos úlceras, un marcapasos, la adicción a la coca  y una neurosis de caballo. Lo importante no es correr y disfrutar de la carrera, sino correr para llegar el primero.
Siguiendo la pauta impuesta por el american way of life, el mundo se divide en dos categorías: winners y losers, ganadores y perdedores. Y, según esta filosofía, la máxima desgracia para un hombre de hoy es ser loser.”

Estoy de acuerdo en que ganar (triunfar), es mejor que perder; aunque a veces perdiendo se gana. Esa dicotomía no es lo sustancial, la esencia es contrastar de forma racional, ¿qué hay que ceder a cambio, ¿cuántas deslealtades hay que acumular?, para alcanzar el éxito. Se tiene la sensación de que la suerte es un componente esencial para algunos triunfos, y puede ser verdad, pero en la mayoría de las ocasiones es el trabajo continuo y esforzado el que los propicia, cuando sobrevienen de modo natural, sin recovecos ni padrinazgos.

Es imposible sustraerse a los hábitos sociales comunes, que solo hablan de grandes triunfos o de estrepitosos fracasos; el nivel medio, pasa desapercibido. Desde la escuela, la imagen siempre es la misma, suspender es no saber y aprobar con nota es saber mucho. No está mal saber, pero deberíamos interiorizar, que no es el salvoconducto para tener éxito en el trabajo cotidiano. Hacen falta otras cualidades y un fuerte impulso competitivo para “subir”.

Cuando uno se deja arrastrar por esa corriente, primero suave y luego vertiginosa, pronto aprende, que la “falsedad” entra dentro del juego. A ciertos niveles no hay medias tintas, o se está con el poder, que representan los de “arriba”o uno será medianía; y estar con el poder de modo incondicional, es renunciar muchas veces, mucho. Tal vez se envidia la “pose” de quien ha escalado posiciones de responsabilidad dentro de una organización y no se sabe, que en ciertos niveles lo que hay es una extraordinaria soledad, unido a un cierto temor a retroceder escalones, porque eso es una antesala no deseada, en ocasiones el inicio del fracaso.

La realidad machaconamente insistente, no sabe de losers, ni de sus circunstancias; la sociedad quiere saber de winners. En el mundo competitivo en el que vivimos o se llega, o no se es. Y no ser, es el gris, uno de los colores exentos de oropel, que hablan de anonimato y posiciones pusilánimes; es haber perdido la singularidad en aras del “número"; cuanto menos desde el punto de vista externo. Las organizaciones quieren personas competitivas y con obligaciones, no gustan los “outliers” poco comprometidos y sin lazos arraigados. Cuanto más “lastre” tiene uno, más dispuesto está para aceptar encargos promocionales. Al fin y al cabo, cuando uno alcanza un nivel de vida, se acomoda a él y cada vez ve menos factible poder regresar a sus orígenes. Esa es la “gradeur” y desde luego la añagaza.

Dice López Caballero, que: “Sociológicamente, se ha hablado de “la España de los tres tercios”: un tercio vive bien, muy bien, y lo muestra con ostentaciones; otro tercio aspira rabiosamente a vivir bien, y otro tercio vive mal, muy mal, aunque de forma compulsiva y machacona se le incita a tener, a acumular, a ostentar para poder ser.” Aunque también es verdad, que Facundo Cabral en una de las letras de sus canciones dice: “Si el mundo es redondo, no se, que es ir hacia delante”.

domingo, 3 de agosto de 2014

Acciones de Gobierno.



Dice Moisés Naím en su libro “El fin del poder”: “Una de las funciones primordiales de la política es identificar, articular y transformar en acciones de gobierno los intereses de la gente… los partidos políticos sirven (o deberían servir) de intermediarios entre la gente y el gobierno. Su función es conectar los deseos y las necesidades de los votantes con las actividades y decisiones del gobierno.
A los partidos les cuesta cada vez más desempeñar con eficacia ese papel crucial. ¿Por qué? Porque los canales que conectan a la gente con el gobierno son ahora mucho más cortos más directos que antes y aparecen cada vez más actores capaces de intervenir en ese proceso y competir con los partidos en el desempeño de ese papel. Más que nunca, la gente puede expresar sus deseos y defender sus intereses sin necesidad de que los partidos políticos actúen como intermediarios…
En un panorama en que los resultados de las elecciones y por tanto los parlamentos, están fragmentados, los partidos políticos dominantes han perdido gran parte de su poder y su capacidad para servir a los votantes...
Los partidos políticos grandes y establecidos siguen siendo el principal vehículo para obtener el control de los gobierno en una democracia. Pero cada vez están más socavados por nuevas formas de organización y participación política”.

Aunque Naím no habla expresamente de la realidad española, es indudable, que los acontecimientos recientes en materia de elecciones, coinciden con la descripción que el hace. En mi opinión la actuación de los partidos en tiempo reciente, pone de manifiesto, que su acción principal no ha consistido conectar los deseos de la gente con el gobierno, para que legislen en función de ello e instrumenten acciones para satisfacerlas.

Con mucha mayor frecuencia asistimos a un escenario de trifulca política con los adversarios, como si la satisfacción de los deseos de los ciudadanos fuera patrimonio de una determinada ideología, aderezada con una glosa escatológica de los males que aportan siempre los “otros”. Ni un  ápice de autocrítica, pareciera como si explicar la verdad, fuese tribuna adecuada para centrifugar “suciedad” ajena y adoptar una posición centrípreta para la propia.

Criticar de modo contundente las acciones de gobierno o alegar demora para aplicar soluciones, en aras a la herencia recibida de otros precedentes; es una débil cortina de humo, que no ha conseguido confundir a los ciudadanos; antes más, los ha puesto alerta de lo que se conoce de modo peyorativo como “más de lo mismo” o el “y tu más”. Quienes no asumen sus responsabilidades, tanto en el gobierno como en la oposición, difuminando la verdad o tergiversando la evidencia, aunque “salven” la situación a corto plazo, acabaran perdiendo el liderazgo en el medio plazo.

No hay nada que socave más la autoridad, que la acción política centrada en  “escurrir el bulto”, quien no explica y asume sus errores, no tiene autoridad moral para demandar sacrificios a los demás. Ocultar, es siempre la  peor alternativa posible. Extrañar o negar, cuando se sabe que hay “causa”, desprestigia a quien lo propicia e instala la duda sobre los ciudadanos.

No es de extrañar, por tanto, que al socaire de este impropio modo de actuar; emerjan movimientos ciudadanos, organizados más al estilo de la democracia ateniense en el ágora. Que con mensajes claros y exentos de retórica, calen en muchos votantes y sorprendan a todos con resultados en las urnas, no esperados. Triste reacción, también,  de quienes se preocupan más por el desprestigio “ad personam” de los elegidos, que por debatir y propiciar alternativas imaginativas de participación.

Criticar con acidez descalificando globalmente a las personas,  pretendiendo con ello colocarlas en posiciones marginales, está teniendo el efecto contrario; no solo no los minimiza, sino que los esta potenciado con más gente dispuesta a votarlos, como rechazo al modo torticero empleado para neutralizarlos.
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