
Todo lo importante en la vida no se consigue a la primera. Hemos de estar preparados para aprender de nuestros fallos… Cuanto mejor acepte sus fallos, más aprenderá de ellos para hacerlo bien la próxima vez”
Pero si nos han enseñado que fallar es la hecatombe, si hemos aprendido, que lo mejor es no reconocer el error, con todo un catálogo de justificaciones, que van desde culpar a otro, hasta achacarlo a nuestra recalcitrante mala suerte. Todo, menos sentarse a pensar con humildad donde se ha producido el yerro y como lo podemos soslayar en próximas ocasiones. Es decir aprender, o es que aprender es otra cosa.
No es necesario que nos auto-culpemos mucho, es lo que nos han enseñado. El éxito es aprobar una asignatura, aunque no se sepa mucho de su contenido, porque la sociedad solo valora el aprobado, nunca el suspenso, éste es fracaso, aquél triunfo. Con estos planteamientos tempranos, como vamos a actuar de modo diferente cuando seamos más mayores, al contrario progresamos en la interiorización de que una vida grande es una vida sin errores.
No es solo la falta de modestia la que nos impulsa a actuar de este modo, es nuestro deseo desmedido de agradar a los demás y obtener su calificación mayor, la que nos impulsa a despreciar la ingente carga de conocimiento práctico, que conlleva analizar con detenimiento, cuales fueron las causas de nuestra falta de acierto. Eso es experiencia y no otra cosa.
Quienes nos obstinamos en no reconocer nuestros fallos e intentamos por todos los procedimientos posibles ocultarlos o negarlos, estamos condenados a no avanzar mucho en conocimientos sólidos o quedarnos en planteamientos superficiales. No hay progreso sin error previo, no hay error que sea fatal en si mismo, la verdadera fatalidad es empeñarse en no reconocer la verdad sea cual sea, quien evita la verdad como norma de conducta se estanca, quien se estanca no progresa… no hay progreso sin error previo.


