martes, 4 de mayo de 2010

Desprogramarse (y III)




Dice Eduardo Punset en su libro “El viaje al poder de la mente”: “Sería fundamental enseñar a los jóvenes en las escuelas los pormenores de la conciencia social y como funcionan las intuiciones, cuando no es necesariamente la razón lo que mueve los pormenores cognitivos. Lamentablemente, esto no se hace y se paga por ello un alto precio…, aprendemos todo tipo de trigonometría y geometría, pero no aprendemos a entender nuestras propias intuiciones ni principios en las que se basan…
Afortunadamente se está ya en condiciones de demostrar que la intuición llega a ser mejor que los modelos de elección racional, o la regresión múltiple, o lo programas estadísticos más complejos. Esto era impensable hace sólo diez años, y es algo muy nuevo. Se está aplicando el proceso científico a la intuición.
Las sorpresas resultantes de este enfoque han sido enormes. Por ejemplo, hace diez años no se sabía, pero ahora se ha comprobado, que se toman mejores decisiones cuando se recurre a una sola buena razón, en lugar de a diez”.

Y nosotros que no sabemos dar un paso sin consultar a todo el que nos quiere escuchar, exponiéndoles nuestra particular visión de los temas y pidiéndole su opinión y consejo, para acumular una innumerable cantidad de datos, que lo que en realidad aportan es una extraordinaria confusión y por tanto un incremento importante de la indecisión. Acabamos seleccionando, con extraordinarias dudas, lo que entendemos que es lo mejor, sola y casi exclusivamente, porque es la opinión mayoritaria.

Hasta en las decisiones estratégicas en la empresa, se utiliza un D.A.F.O. (Debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades). Yo lo explico en control de gestión, como coadyuvante para la implantación de un Cuadro de Mando. Consiste en una “planilla”, con cuatro rectángulos titulados con cada una de las iniciales, donde se anota cada una de las circunstancias, que se supone afectan a la empresa en cada uno de esos campos. Se confecciona en grupo y cada uno va identificando, que fortalezas, debilidades, etc., cree que le corresponden a la empresa. El deseo de sorprender al resto del grupo, más que el de acertar en el diagnóstico; hace que las aportaciones, en muchas ocasiones, sean muy variopintas. Pero esta dinámica, he comprendido con el tiempo, que se asemeja a nuestras pautas de conducta individuales.

Una buena razón, es mas que suficiente para actuar, muchas razones o sinrazones, que nos paraliza en el ámbito del análisis – que es lo que verdaderamente nos gusta -, es un gran desperdicio de tiempo y tiene poca efectividad. Sumirse en la duda permamente, por intentar obtener la mejor solución, es dejar pasar por el camino, muchas buenas. Aprendemos tarde, que una buena solución a nuestros problemas es un gran hallazgo, necesario y más que suficiente, para ponernos en el camino de resolver. Pero nuestro aprendizaje en el ámbito de la decisión, nos han colocado en una circunstancia de extraordinaria incertidumbre, porque nuestra mente, se ha programado para repetir – improvisa muy mal -, por si fuera poco esta circunstancia, debemos también complacer a toda una cohorte de “gentes”, que nos imponen con sus miradas y/o sus silencios, unas leyes inmutables no escritas, que debemos cumplir, para ser considerados “normales”.

¿Normales?... ¿normales?... pero que es la normalidad, la repetición mimética de las acciones u omisiones de la mayoría; pero que soberbios somos. Si somos una gota de agua en un inmenso océano, poblado de muchas mas personas de costumbres tan diversas que sería imposible sistematizarlas y/o inventariarlas. ¿Hacer lo normal?, que estupidez… lo normal es lo que no daña a nadie y nos apetece emprender, aunque no sea la costumbre del lugar… Normal es lo que nos hace felices; anormal es lo que nos constriñe. Normal es ser uno mismo; anormal es ser como quieren los demás. Normal es vivir plenamente y soñar; anormal es no poner empeño en materializar los sueños. Normal es interiorizar, que cada día es un nuevo día y no hay nadie ni nada, que tenga derecho a hurtárnoslo; anormal es confiar en políticos, seudo-profetas y mesiánicos, que nos sorben el entendimiento y nos coartan nuestra intrínseca libertad, vampiros de la energía positiva y portadores de la negatividad con mayúscula, que preconizan la infelicidad y justifican la monotonía, más como seguro de su poltrona, que como verdadera filosofía de vida.

No, a esas gentes no, no los necesitamos. Que sigan siendo agoreros solos, embajadores fútiles de la nada. Que sigan detentado y acaparando el poder y ejerciéndolo; quizás el tiempo y la vida les enseñe; que expandiendo la incertidumbre y los actos coercitivos tácita o explícitamente, no obtendrán su felicidad, aunque si cercenarán, en buena parte, la de muchos. Quienes son incapaces de ser felices, ponen mucho esfuerzo y empeño en impedírselo a los demás, para compensar su incapacidad. Lo malo es que cada vez más, florecen como las amapolas y expanden la anormalidad en forma tan insistente, que en muchas ocasiones sorprenden a las buenas voluntades, tratando de mentalizar – a todo el que los escucha y cree en ellos – que eso es la vida. Sospechemos siempre de quien tiene empeño por mandar, porque solo Dios y él saben, de que se oculta o huye.

Apartemos de nuestras vidas a esos glosadores de la “nada”, que nos llenan de dudas y recobremos nuestra intrínseca ingenuidad, totalmente exenta de recovecos. Seamos sinceros y transparentes; pidamos disculpas si es necesario, pero vivamos. Intentemos cada día con mas empeño desprogramarnos y como dice Punset: “…se ha comprobado que hay vida antes de la muerte”.
Foto: Valencia. Puente de la Trinidad. Publicada con el permiso del Autor Joan Antoni Vicent

lunes, 26 de abril de 2010

Desprogramarse II


Dice Eduardo Punset en su libro “El viaje al poder de la mente”: “La peor razón es la que está basada en el testimonio de uno mismo. Gran parte de las decisiones que tomamos todos los días son el resultado de haber querido justificarnos a nosotros mismos como sea. Se nos repite desde pequeños que tendríamos que aprender de nuestros propios errores, pero ¿Cómo vamos a aprender de nuestras equivocaciones, si no admitimos nunca, o rara vez, que nos hemos equivocado?.
Entre las mentiras conscientes para engañar a otros y los intentos inconscientes de justificarse de sí mismo ante los demás, hay un terreno movedizo en el que se fabrica nuestra propia memoria, en la que no puede confiarse ciegamente…
…Como anticipa muy bien la teoría de la disonancia, cuanto más confiados y famosos son los expertos, menos probabilidades existen de que admitan errores en su conducta”.


Sí, sí; el archivo de nuestro “disco duro” nos hace trampas, o nos las hacemos nosotros mismos, que tanto da, el resultado es el mismo. Recordamos para consolidar nuestra posición y volver a corroborar, que hemos hecho lo que hemos podido, dentro de nuestras circunstancias. Confiamos y nos engañaron; dimos lo que teníamos y no recibimos – en ocasiones – ni el agradecimiento; nos volcamos apoyando y nos vimos o vemos casi solos, cuando el apoyo lo necesitamos nosotros; y tanto y tantos agravios comparativos más.

No es fácil entender lo que nos pasa. Si los razonamientos los hacemos, en clave de análisis de los hechos, nos confundimos cada vez más, porque éste es sesgado y conformado de acuerdo con lo que nosotros pensamos, que son los sucesos buenos o malos ocurridos. Contemplar con punto de vista crítico, alejado de cualquier disculpa fácil, no es pauta de conducta más habitual, muy al contrario, el “repaso”, trata de consolidar consciente o inconscientemente, que a pesar de nuestra actuación, la adversidad o contrariedad, nos ha invadido. Muy lejano a permitir percatarnos de que, por el mismo camino, se acaba llegando al mismo sitio.

Cuando algo no ha salido bien, lo relevante no es constatar que algo falló y que ese algo era externo; lo verdaderamente interesante para nuestra vida cotidiana y futura, es desenredar la madeja y saber discernir, que grado de participación e influencia han tenido nuestros propios errores; es de este análisis desapasionado y neutral de donde se obtienen beneficios y buenas planificaciones, exentas de continuismos estériles, que no dan buenos frutos.

Pero hay un escollo que superar. Como dice el autor; hay que reconocer nuestros errores y tener la voluntad firme de corregirlos: Nos produce mucho temor esta asunción, porque hemos sido educados, en que el error es a su vez una carga de culpa y por tanto solo remontable con teórica penitencia que nos trae consigo. Insistimos en no darnos cuenta, que reconocer, es la primera fase para alejar el sentimiento de culpa, que nada tiene de positivo sobre nuestras acciones y que exacerbada, por el contrario acarrea muchos complejos y nos hace infelices. La segunda fase, viene de la mano de un análisis sincero y profundo, tratando de identificar causas y efectos y obteniendo de modo claro una evidencia de lo que ha sucedido y de cómo podremos evitarlo en el futuro; aunque para ello debamos reconocer nuestra propia implicación en acciones u omisiones poco acertadas. Pero de nada sirven las dos, si después no nos disponemos a incorporarlo en nuestro bagaje y lo implantamos como pauta de conducta adecuada, es decir, nos desprogramamos y nos volvemos a reprogramar de nuevo.

La resistencia a cambiar, nos aparece siempre como barrera infranqueable, no nos gusta lo desconocido, nos desenvolvemos muy mal en los ambientes no “trillados”. No nos damos cuenta que solo se progresa, practicando conductas, que aunque aparentemente, sean poco asentadas, den soluciones a los problemas. Ver con ojos nuevos, problemas antiguos, siempre es un buen planteamiento. Pero esto debe abordarse desde la voluntad firme de no dejar de explorar, evitando circunscribirnos a esa zona neutra de la posición acomodaticia que supone repetir y repetir conductas o costumbres, casi siempre ajenas o adquiridas, casi nunca generadas por nosotros. Sin haber explorado nuevos horizontes, es imposible aseverar que estamos en el mejor de ellos. Pensemos que cuanto mas confortables nos encontremos en un determinado ambiente, mas refractarios seremos a observarlo con ojos críticos y por tanto a perfeccionarlo.

No son los demás quienes nos limitan, ni siquiera es nuestro entorno, es nuestra forma de pensar o interpretar, quien nos va sumiendo en una “mullida” posición conformista, exenta de visión crítica, dejándonos caer suavemente por la pendiente del continuismo. No plantearnos objetivos renovadores, es languidecer. Evitar el compromiso con el análisis imparcial de los hechos, aunque de ahí redunden evidencias de nuestras actuaciones poco acertadas, es el precio de la mediocridad. Todos tenemos una misión personal, no ejecutarla es un desperdicio, pero el mayor de todos los desperdicios es, no ser capaz de identificarla…Demos paso al inconsciente y releguemos un poco al consciente, este último ya ha dominado, muchas veces, mucho.

domingo, 18 de abril de 2010

Desprogramarse


Dice Eduardo Punset en su libro “El viaje al poder de la mente”: “Muchas personas toman decisiones no en función de lo que ven, de lo que consideran bueno o malo, sino en función de lo que creen, de sus convicciones, de lo que el biólogo evolutivo y etólogo británico Richard Dawkins tildaba de código de los muertos: pautas de conducta excelentes hace miles de años, que han dejado de ser útiles y que, no obstante, siguen vigentes…

Las convicciones heredadas no solo nos impiden comprender lo que vemos, sino algo más inesperado no podemos predecir el futuro porque únicamente sabemos imaginar el futuro recomponiendo el pasado. Un pasado pergeñado por nuestras convicciones de ahora y arreglado de tal forma que nos permita fabular el futuro. Ha llegado el momento de corregir este defecto descomunal en la manera heredada de comportarse; una forma de ser no menos cargada de efectos perniciosos que la negativa a cambiar de opinión, definida por nuestra incapacidad delirante de predecir el futuro. O para ponerlo en términos más realistas, nuestra predisposición a pensar el futuro sólo en términos del pasado”.

Estamos tan acostumbrados a confiar tan poco en nuestra intuición, es decir, a bloquear lo que nuestros sentidos perciben, que ni siquiera nos percatamos de la manera tan sesgada que tenemos de interpretar lo que sucede y por tanto, decidir de modo racional lo que queremos hacer o dejar de hacer. Solo estaremos firmemente convencidos del camino a seguir, si coincide con lo habitualmente estipulado y es socialmente correcto.

Repetir una conducta de forma reiterada, siguiendo las “costumbres” y o “leyes” habituales, es condición necesaria, pero no suficiente. Podemos concluir, que lo que venimos haciendo desde años y nos produce satisfacción suficiente, debe de ser el modelo de comportamiento, que presida nuestras acciones; pero no es lo mejor permanentemente; los entornos cambian y con ello, las actuaciones buenas del pasado, pueden ser completamente inadecuadas a las posiciones actuales, con lo cual “remamos contra corriente”, es decir, nos limitamos nosotros mismos alcanzar mayor felicidad.

Dedicamos mucho tiempo a analizar en profundidad, que y como ha sido nuestra vida, incluso en ese rememorar, imaginamos situaciones y cambiamos mentalmente lo sucedido en realidad, para imaginar un entorno nuevo, con los consabidos: “si hubiera dicho…, si hubiera hecho…”, no está mal; analizar los hechos objetivamente, aporta gran cantidad de “datos”, para mejorar subsanando errores, pero siempre que sepamos salir del análisis y pasar a la acción; la parálisis por el análisis, nunca ha sido buena compañía, y reconozcámoslo, es lo que mejor sabemos hacer.

Manejar nuestra vida, con los códigos que nos trae nuestro pasado, se asemeja a conducir un automóvil, con la mirada puesta en el espejo retrovisor, como si tuviéramos temor a ser alcanzados; cuando lo verdaderamente relevante – en la conducción y en nuestra vida - es, identificar con precisión hacia adonde vamos y manejar el automóvil sorteando con habilidad las dificultades de la ruta, porque esto, es el futuro, es decir está delante… en el parabrisas.

No estaría mal – como dice también Punset -, aprender a desprogramarse; poner empeño en hacer lo creemos que tenemos que hacer, sin que costumbres ancestrales, nos limiten o confundan; ni siquiera, si los que se creen en poder de la ortodoxia, nos recomienden con miradas reprobatorias o palabras discordantes, el desistimiento. Después de una larga encalmada, la llegada de viento bonancible, sin las velas desplegadas, nos resultará absolutamente estéril.

Soñar despierto y tratar de atrapar el sueño, como si fuéramos niños, es la clave. La ilusión es la fortaleza, la duda no es el camino. Querer y empeñarse en conseguirlo, es la ruta. La mirada y el pensamiento siempre hacia adelante… si miramos hacia atrás, hagámoslo solo para tomar fuerza e impulso, nunca para acumular limitaciones o desistimientos. Seamos lo que queremos ser o conformémonos con lo que somos… sin remordimientos.

martes, 16 de marzo de 2010

Rivales y amigos


Dice Carlos Castilla del Pino en su libro “El humanismo imposible”: “El hombre entre nosotros, al renunciar a la instancia elemental de su convivencia, de su altruidad, queda solo... Más que en ningún otro momento, grandes sectores de nuestra sociedad, parecen haber renunciado a la comunicación y la confiabilidad, para quedar inmersos, todo lo más, al mas estricto circuito de la familia. No es que de pronto se hayan descubierto los ,máximos valores que la dedicación a la vida familiar supone. Se trata de una dedicación reactiva, secundaria a la decepción que de los otros hemos, una y otra vez, experimentado. Lo que esta retracción supone es la crisis en la fiabilidad del prójimo, la conciencia de que, tarde o temprano, si los intereses están en juego, nos exponemos a ser sacrificados. Así, la amistad misma sabemos que hay que tomarla y vivirla, epidérmicamente, a conciencia de la peligrosidad que una ingenua comunicación puede llevar consigo en el futuro, cuando este amigo de hoy se nos torne nuestro rival; a conciencia de que la amistad misma no es criterio suficiente para verificar la entrega que sería requerible y a la que nos sentimos instados”.

Relaciones superficiales, cada vez con menos profundidad o interés, que no sea el sentimiento espurio del seudo-cotilleo. Vivimos la comunicación con prevención, siempre exentos de confianza y con excesivas precauciones, si algo hemos aprendido, es que las relaciones – salvo las provinentes de la infancia – son efímeras, vienen y van al albur de las “redes” de intereses cruzados, de los que se nutre nuestra sociedad actual con carácter general.

La espontaneidad, confianza y credibilidad, se han perdido, son como personajes en busca de autor de Piradello, son atributos fuera de uso o más bien en desuso. Todos mayoritariamente basamos nuestras relaciones en el interés, la motivación de compartir y enriquecerse espiritualmente, va quedando en un segundo lugar y de ahí el empobrecimiento de nuestros contactos sociales.

Esa práctica inconsciente, hace que nos produzca desazón e incluso frustración, comprobar que los demás no son como querríamos nosotros que fueran, como si las personas tuvieran que ser “clones” acomodaticios a nuestros criterios. No en vano resulta esa superficialidad en el contacto; querer cambiar a los demás, para que su comportamiento se aproxime al máximo a nuestros criterios, es un esfuerzo absolutamente estéril y tendrá escaso éxito; pero si así no fuera y consiguiéramos nuestro objetivo teórico, les habríamos hecho un flaco servicio, pues transformaríamos una singularidad enriquecedora, en una monótona uniformidad… que nada nos aportará.

Revindicar nuestro espacio, exento de influencias mediatizantes, está muy bien, tenemos derecho y debemos luchar por ello; pero con el mismo empeño, debemos animar a los que nos rodean, a que se manifiesten con transparencia; porque nuestra posición es comprender y no criticar o censurar. Seguro que cambiaría el estado y la intensidad de la relación con los demás y se fortalecerá la confianza. Respetar que cada uno – también los demás – tenemos derecho a vivir de la manera que estimemos conveniente, es el primer paso para propiciar el intercambio y la sinceridad en el mismo.

No se puede aseverar que solo hay un modo correcto de resolver las cosas, ni siquiera hay un solo modo de pensarlas y enjuiciarlas. La mayoría – sobre todo los que ya tenemos algunos años – no vamos a cambiar, a estas alturas del “partido”, hemos echado hasta raíces y no vamos a movernos ni un ápice. Pero eso no infiere en que necesariamente vivamos en solitario, como ascetas decepcionados por los derroteros que toman nuestros allegados. Sin embargo ese desperdicio mayúsculo que representa esa actitud individualista, poseedora de la “verdad absoluta”; debería de ser neutralizada, con lo que representa el pensamiento tolerante y sincero, palancas del fortalecimiento relacional. No hay que dudar, que la proximidad aún en la diferencia, es más efectiva que el alejamiento censurador. Si queremos propiciar el camino del cambio, hagámoslo con nosotros mismos, ya que tan fácil lo suponemos para los demás.

Vaya aburrimiento, si todos fuéramos iguales… Si nos sacrifican por interés, es que no valían la pena, cuanto mas pronto lo hagan, mejor… La amistad es uno de los asideros más deseables, aunque sea desde la diferencia… Rivales y amigos no es incompatible, solo depende del nivel de ambición y dominio que se tenga… Seamos como los pétalos de la flor de la foto, cerca pero separados… empeñados en difundir belleza.


Foto cedida por Nuria: http://nuria-vagalume.blogspot.com


domingo, 14 de marzo de 2010

¿Adversidad u Oportunidad?


Dice Luis Rojas Marcos, en su libro “Superar la adversidad”: “Aceptar el hecho de que la vida humana está moldeada por imponderables y sigue reglas tan imperfectas e impredecibles como la trayectoria de una hoja al caer del árbol, nos ayuda a sopesar con realismo o distanciamiento emocional los efectos de las desgracias y, por tanto, a no estancarnos en elucubraciones paralizantes pesimistas. La aceptación saludable a la que me refiero no es el conformismo pasivo que anula el sentido del control, la curiosidad y la creatividad, sino el reconocimiento objetivo de que algunas desgracias son inevitables. Esto no implica contentarnos con la miseria y no hacer nada por liberarnos de nuestra desafortunada situación, sino entender la adversidad desde la óptica más amplia, menos personal, que fortifique nuestra motivación para hacer frente a los malos tiempos y luchar pos superarlos.”

“Hacer frente a los malos tiempos y luchar por superarlos”… ¡que fácil!, sobre todo enunciarlo. Siempre pensamos que la situación en la que nos encontramos es especial, y evidencia nuestra poca fortuna. No creemos, que se hayan dado circunstancias parecidas en quienes logran remontar la corriente – como los salmones – y acaban superando sus dificultades; más aún, tendemos a imaginar, que son gentes de mucha suerte. Dejemos esa visión tan personal e impropia y pongamos mas empeño en salir del “bache”, cueste lo que cueste. Casi siempre se puede; venciendo u olvidando; pero en ningún caso dejándonos atenazar.

No es la naturaleza de la “desgracia” lo que impide superarla; es la falta de compromiso y empeño, lo que no permite vencerla. Si vencerla… hay que empeñarse. Si no nos ponemos a prueba, no sabremos nunca el verdadero alcance de nuestras facultades; esas que permanecen latentes, esperando ser requeridas para actuar. Podemos mas de lo que creemos y somos mucho mas fuertes de lo que estamos acostumbrados a “rumiar”.

No es del lamento, de donde sale la fuerza para seguir, no, no es de ahí. Para seguir hay que creer en uno mismo y no dudar de que quien se “compromete” llega. No es de esos pensamientos agoreros, reticentes y recalcitrantes, de donde se obtiene “moral”, es todo lo contrario, ellos lo impiden y nos anclan. Por más que nos empeñemos en compadecernos, no lograremos salir de las circunstancias adversas, sin poner valor y empeño, para lograr que ellas no acaben con nuestra forma de ser o vivir. No esperemos varitas mágicas, ni ayudas externas milagrosas.

Desear una vida placentera de modo permanente y amilanarnos a las primeras de cambio es ceder. Es no reconocer, que solo se alcanza la verdadera felicidad, afrontando retos – que tengan significado – y superándolos. Buscar una vida “plana” en el valle, es rechazar la enorme satisfacción que supone coronar la cima de las montañas que nos rodean; seguro que la vista desde allí nos dará mucho más amplitud de miras, que la visión sesgada de nuestra posición conformista habitual. Intentar, fortalece; conformarse, debilita.

No hay que delegar en nadie nuestra posibilidad de no acertar, ni hay que temer al fallo. Cometiendo errores, que en ocasiones nos provoquen insatisfacción y desasosiego, es el único modo de avanzar. Solo se progresa equivocándose. El progreso no es un camino placentero, vedado solo para unos cuantos elegidos. No, esos que creemos que tienen una gran fortuna, por como aparentemente viven, no están o han estado en todo tiempo exentos de dificultades, nos diferenciamos de ellos, en nuestra pasividad y autocompasión . Ellos no se han quedado en el lamento, ellos han interiorizado que esas circunstancias desfavorables son esperables y han puesto empeño y tesón, para salir del bache. Las han considerado una oportunidad para adquirir fortaleza.

No esperemos que nos saquen, tengamos firme pensamiento en que hemos de salir con nuestra fuerza, que siempre es mucho mas de la que pensamos. Quienes miran con intensidad y reiteración a su ombligo acaban tornándose bizcos… y ese planteamiento tiene escaso futuro. Detenerse, solo para restaurar fuerzas… nada más.

Sin esa firme voluntad, el montículo de la foto, sería hace muchos años arena de playa... y ahí sigue.

Foto: cedida por Nuria de su Blog http://nuria-vagalume.blogspot.com


lunes, 22 de febrero de 2010

Remontar


Tenemos tendencia a pensar, sobre todo cuando hay problemas, que los que nos rodean han tenido mucha más suerte que nosotros, acumulan menos dificultades y se desenvuelven con más facilidad. Lo que nos pasa a nosotros es lo peor y sobre todo muy difícil de remontar. Todo se ha conjurado para amargarnos y son demasiadas las dificultades, que tenemos que superar. Solo lo que tiene un amplio porcentaje de probabilidad de no poder ser conseguido, colmaría nuestras expectativas y nos devolvería cierto equilibrio.

No hay nada tan corrosivo como la envidia, si ya lo se, nosotros no tenemos de casi nada ni nadie, pero sin embargo, diariamente somos capaces de observar a nuestro alrededor y encontrar una multitud de cualidades, beneficios, posesiones y amigos, que tienen los demás y nosotros no. Sin límite ni concierto, enumeramos sin cesar todas estas circunstancias, al mismo tiempo que nos afligimos, tratamos de conformar parte de la justificación de las cosas no logradas, tanto materiales como inmateriales.

Nuestra vida es la que es y desde luego no gana nada con comparaciones espurias y sesgadas. Seguro que los demás, los que nos contemplan desde alguna distancia, piensan que con lo que tenemos debemos ser muy felices. Todo el tiempo que invertimos en contrastes críticos, sobre nuestra posición con respecto a los demás, aflorando la evidencia del desequilibrio en nuestra parte, es un desperdicio de tiempo y energía; es como ponerse unas gafas obscuras al salir a la calle y decir casi inmediatamente: “con el sol que hace y la poca luz que tiene el día”… pero si le impedimos penetrar nosotros… ¿no?

Un amigo mío, en tiempo de universidad, decía, que cuando había un examen, los ocho días anteriores, se concentraba intensamente, imaginando que era irremediable suspender, que aquel pensamiento repetitivo, lo colocaba en una situación estresante y angustiosa, que incluso no le permitía dormir bien; pero cuando pasado el examen y aprobaba con nota (era muy buen estudiante), sentía una inmensa satisfacción, tanta como cuanta tribulación había padecido. La anticipación mental de los sucesos desfavorables, no los mejora en absoluto, muy al contrario, nos hace vivirlos varias veces innecesariamente.

Pasar mas tiempo destacando las cosas buenas de los que nos rodean, minorando así, el tiempo extenso que pasamos colgados en la crítica, seguro que nos ayudara a transformar estos pensamientos tan negativos sobre nuestra suerte. Una de las formas más fáciles de sentirnos mejor, es agradecer sin remilgos lo que los demás hacen por nosotros. Seguro que también nos facilitará adquirir satisfacción interior por lo que disfrutamos. Según algunos estudios, en la media, solo el 20% de lo que nos sucede es negativo.

Todo el tiempo empleado en compararse con los demás, es tiempo perdido. Cuanto mas disfrutemos con lo que tenemos, menos posibilidades tendremos de lamentarnos. Envidiar es la antesala de odiar y para eso no debemos estar nunca. Si las flores dudasen de su futura belleza, al compararse con las que están a su alrededor ya abiertas, nunca se decidirían a hacerlo y nos privarían, para nuestro pesar, del gratificante espectáculo que podemos observar en la foto del encabezamiento… vaya flaco favor, que nos harían.


Foto: cedida por Nuria de su Blog nuria-vagalume.blogspot.com

lunes, 15 de febrero de 2010

lo superfluo



Dice Carlos Castilla del Pino en su libro “La culpa”: “El fariseísmo de nuestra pautas sociales –políticas, religiosas, sociales en sentido estricto – ha puesto la ética al servicio de nuestro status, pues no otra cosa puede decirse del servicio que viene rindiendo la inducción de “nuestros” valores, como si fueran valores absolutos, en forma de coacción interna, de autocensura, que impida toda modificación de “nuestra” realidad ya dada. No se inducen tales valores porque se les crea objetivamente buenos, sino porque de no ser transgredidos por la persona, ésta no constituirá para nosotros peligro alguno en orden a la subversión… No le importa tanto que el valor sugerido sea bueno; lo que importa es que sea internalizado por ese sujeto de manera tal que ya sea, ahora y siempre, uno de los nuestros…”

Pretender ser poseedores de principios inmutables, firmes y férreos, para construir unas relaciones estables y someterse a ellos, por encima de cualquier raciocinio lógico, es sin duda, garantía de insatisfacción y desasosiego.

Privarnos de nuestra independencia en palabra y acción espontánea, es una de las acciones mas corrosivas que puedan imponernos, lo sabemos, seguro; pero sin embargo no tenemos ningún inconveniente en aceptar “corsés”, que no es ni mas ni menos, lo que representan las leyes sociales no escritas, que nos convierten – con la aceptación exenta de crítica – en personas “normales”.

Pareciera como si en la “normalidad estandarizada”, estuviera la meta. Pesa mas la aceptación social, que nuestra voluntad de hacer o decir lo que pensamos en realidad, sin ofender ni dañar a nadie. Cada vez alejamos mas la palabra del pensamiento, somos prisioneros de las formas y vamos menos al fondo. Lo superficial está de moda y seguir la moda, sin espíritu crítico, aunque homogeneice; no es siempre lo mas conveniente, desde el punto de vista personal.

La singularidad, no está de moda. Aceptar el planteamiento mayoritario es una de las condiciones -sine qua non-, para relacionarse con fluidez y aceptación de los demás. No importa cuantas “plumas” se pierdan en el camino, lo que verdaderamente pesa es el corporativismo, que representa integrarse en una sociedad, cada vez mas democrática, pero menos solidaria. Bastan unos pocos signos externos no convencionales, para que seamos cada vez peor vistos, por los ortodoxos.

También es cierto, que en una sociedad tan globalizada, no es buen planteamiento convertirse en un eremita; siempre que haya posibilidad, hay que situarse en posiciones inteligentes y para ello no hay que dejarse arrastrar por la comodidad, que representa, dejarse llevar. Conviene ser buen evaluador y saber acomodar aquello que es relevante y vital, de las innumerables cosas que no son imprescindibles, aunque sean de uso mayoritario y nos uniformicen. Saber discernir, lo no necesario y tener el acierto de no empeñarnos en acapararlo, para no estar equivocadamente “out”. La seudo felicidad que nos puede producir, será efímera, aunque nos empeñemos en difundirlo de modo explícito. Algunas cosas, si no las pudiéramos exhibir, no las tendríamos.

No son los signos externos los que fraguan nuestro equilibrio. Las necesidades superfluas, que nos inculcan los usos sociales - ni aún satisfaciéndolas todas -, nos transmitirán esa paz que buscamos; porque siempre hay mas y mas, ese camino no tiene fin. No es poseer lo que calma, lo que verdaderamente equilibra es compartir; los bienes materiales, que en ocasiones nos transmiten confortabilidad, no deben ser el objetivo, ni siquiera paliarán nuestros problemas
cotidianos.




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