miércoles, 14 de noviembre de 2007

Modelo de Gestión III










Dice Francisco J. Gonzalez, en su libro "Principios y fundamentos de gestión de empresas": "Las empresas, principal motor de desarrollo económico y social, han de ser valientes a la hora de arrostrar el cambio y decidirse a innovar. Si innovar fuera sencillo, todo el mundo lo haría, pero no es así, sino que entraña riesgos, exige recursos, surgen obstáculos y no siempre sale bien, pero es la única vía que permite a la empresa sobrevivir y ser competitivas. La innovación exige además constancia, y las empresas que se deciden a innovar han de saber que no basta con generar ideas, sino que además hay que ponerlas en práctica, lo que supone asumir riesgos y sacrificar recursos... La innovación siempre implica cambios, mientras que el cambio en sí mismo no tiene porque suponer innovación si no está vinculado a aspectos nuevos".

Tener voluntad innovadora es, haber desarrollado en la organización, una dinámica de imaginación dirigida a crear nuevas formas de hacer negocio, en términos amplios. Pero esta práctica no solo aplicable, cuando el producto, o mercado, o cliente, etc, ha quedado "descolgado", porque para entonces ya es tarde. Debe de ser un planteamiento ágil y dinámico, que permita de forma permanente, cuestionarse, que se hace y como podríamos incorporar mejoras, para diferenciarnos sustancialmente de nuestros competidores.

Pero esta actividad no debe cesar, cuando se ha conseguido un éxito, por grande que este sea; hay que practicarla de modo permanente, entre otras cosas, porque una vez incorporada la innovación en nuestros procesos, con cierta rapidez, la competencia, ira de algún modo pensando como neutralizarla, bien intentando mejorarla, bien emulando la nuestra. La empresa debe de estar en permanente alerta y no dejarse "atrapar".

Enunciado así parece muy fácil, pero como dice una ley de Peter "el que investiga no sabe lo que encontrará", es decir, se puede tener la voluntad, el empeño y los medios, pero en ocasiones la inspiración no llega... la luz no se enciende y eso desanima. También puede ocurrir que lo que ha costado tiempo y recursos - tanto humanos como económicos -, no resulta adecuado, lo cual supone "contabilizar pérdidas", esta situación provoca desánimo y la tentación de colocarse al "rebufo", esperando que sean otros quienes habrán camino.

Innovar, debe de ser una decisión sin retorno, por muchas que sean las dificultades hay que seguir siempre adelante. El error de hoy, es la llave que abre la puerta de la antesala del acierto de mañana. Para detenerse es mejor no comenzar con este proceso.

Las empresas que no se embarcan en la innovación, van languideciendo y con el tiempo quedan obsoletas. La innovación no puede ser medida en términos económicos, hay que evaluarla en términos de utilidad... entre otras la valoración que le otorgarán los clientes a la compañía, si conocen que está en permanente búsqueda de mejoras, en producto, distribución, servicio, etc., que en definitiva es conseguir mayores ventajas.



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