lunes, 16 de abril de 2012

Corrupción de partido (III / III)


Dice Victoria Camps -para identificar los “vicios” de los políticos -, en su libro “Virtudes Públicas”: “Finalmente, la corrupción imparable, el vicio mas extendido, celebrado y también mas ancestral de la política… El político corrupto sucumbe a la tentación de mezclar lo público y lo privado y se aprovecha privadamente de los beneficios de la vida pública. O no es la persona del político quien se aprovecha sino su partido, víctima de la publicidad y de las reglas del mercado, porque también el partido ha de venderse como si fuera mercancía. Por supuesto, el que la corrupción responda a una tendencia difícil de erradicar en el comportamiento humano, no es excusa para exculparla. Es un vicio que debe ser combatido, pero, para el combate, la democracia está armada… Por lo mismo es el menos peligroso. Si alguna capacidad tiene la democracia es la de sacar a luz sus propias faltas y defectos, más aún cuando los agentes de la democracia no son inmunes a la competitividad y a la lucha por el poder. Les falta tiempo, entonces, para denunciar la paja en el ojo ajeno aun cuando llevan la viga en el propio. El control del otro, sin embargo, no solo denuncia, contribuye a ejercitar el autocontrol”.

He hablado ya de la corrupción en una entrada anterior del 10 de Abril. Pero en esta ocasión el enfoque no es individual. Al hilo de las palabras de Victoria Camps, me fijo en la descripción de los motivos, que mueven a los partidos políticos a dejarse llevar por la suave pendiente de intentar apropiarse de lo que no les corresponde. Parece que el partido político tiene que publicitarse, dar imagen de “grandeza”, infundir a los ciudadanos una sensación de fortaleza, revestida con actos públicos suntuosos y para esto no tiene suficientes recursos con las dotaciones del estado y las aportaciones de sus militantes.

Hay que inventar mecanismos, que permitan parecer lo que no se es y convocar a votantes y simpatizantes a actos “majestuosos”, ungidos de pompa; donde los líderes se sientan arropados por la espectacularidad y el despliegue de medios, para permitir “encantar” a los presentes e imbuirlos de una fortaleza, que en realidad no tienen. Las personas somos muy proclives a dejarnos encandilar por lo espectacular, en ocasiones, casi sobrepasamos la posición de espectador puro y tratamos de convertirnos en protagonistas, con nuestro gesto, voz y aplauso enfervorizado, acompañando los reclamos del orador y enardecidos por el asombro.

Para obtener este resultado mágico, que en el pensamiento de los dirigentes de los partidos, los asimilan a mayores votos; se ponen en movimiento mecanismos de recaudación que permitan vulnerar los principios de la financiación permitida; tratando de conseguir que las enrevesadas tramas urdidas, los tornen opacos a cualquier inspección autorizada. Lo que suele suceder es, que bien el exceso, o la repetición hacen, que algunos de los “cabos” queden sueltos, por exceso de confianza, por errores, o por insatisfacciones personales no debidamente satisfechas, de quienes esperan una parte de “pastel” prometido por la urdimbre, que acaba no llegándoles.

La consecuencia de esto es, que lo que comienza siendo una sospecha, se va tornando en posible certeza, para acabar siendo circunstancia indubitada. Es decir se destapa lo oculto, aparecen los fondos opacos y se descubre que tanto “boato” era también fruto de un uso de fondos obtenidos por procedimientos no legales. Férreamente atacado por los otros partidos y defendido a ultranza por el que se ve inmerso en esta situación, que se torna día a día más incómoda. Es bien sabido, que negar con contundencia en los primeros niveles del aparato del partido, es la posición al uso; porque siempre se puede alegar absoluta ignorancia de los comportamientos aislados impropios, rasgarse las vestiduras y hacer mutis por el foro; si la cosa se complica.

En la medida que las pruebas del desaguisado afloran, hay una especie de grito infantil expresado por: “tonto el último”, y comienzan a desaparecer de la escena los cargos directivos de los niveles mas altos, descendiendo por escalas hasta que se está en un tercero o cuarto, para hacernos creer a los ciudadanos absortos, que en realidad la responsabilidad de los hechos es total y absoluta, de estas personas –correveidiles de cuarta – que con su imaginación perversa han admitido estas situaciones anómalas, pero que en ningún caso el aparato del partido, conocía y compartía estas prácticas.

Triste apostilla para quienes a fuerza de engañar resultan atrapados en su juego. No lo admitirían aunque fuera evidencia irrefutable. Pronto rebuscarán para encontrar circunstancias similar en los partidos opositores y seudo-descansar con el alivio fútil de identificar a los demás como “y tu más”. No se percatan, quienes así actúan, que los ciudadanos “de a pie” alguna vez quedaremos colmados de hastío y “pasaremos” de estas organizaciones que basan en el engaño y la triquiñuela su éxito político.

Engañar trae siempre consecuencias nefastas para los que lo practican… todo es cuestión de tiempo… nadie queda impune o al menos así prefiero creerlo…

viernes, 13 de abril de 2012

Transparencia (II / III)


Dice Victoria Camps -para identificar los “vicios” de los políticos -, en su libro “Virtudes Públicas”: “Un segundo vicio de la política es la falta de transparencia. La democracia por imperfecta que sea significa apertura y publicidad desde arriba hacia abajo, así como posibilidad de censura, control y crítica de abajo arriba. La publicidad es, en una democracia lo único que expone a legitimación las decisiones colectivas. Y no es que no haya publicidad en nuestras democracias, pero es una publicidad a medias, insatisfactoria, insuficiente y por lo general, desviada de lo que merece realmente ser conocido. El ciudadano siempre sospecha que no se le dice toda la verdad, ni se dan aclaraciones suficientes. Sabe que el político pocas veces reconoce sus errores y le cuesta dar la cara en situaciones difíciles… Una virtud de la que el político no suele hacer gala es esa virtud tan griega del coraje, la valentía para afrontar decisiones con costos políticos no despreciables”.

En situaciones difíciles lo mejor es ponerse de perfil (si no se tiene barriga), mirar hacia otro lado, hacer como que tiene uno algo en el ojo, despistar, etc., etc., pero nunca dar la cara con claridad y escuchar a los ciudadanos que han sido afectados por estas circunstancias. Corregir de modo adecuado el rumbo, es casi tan importante como gobernar adecuadamente la nave. Quienes se empecinan en seguir actuando del mismo modo, cuando es completamente evidente, que las decisiones que se toman, son cuanto menos, manifiestamente mejorables, nos hacen un flaco servicio y nos crean muchos conflictos.

Sospechar de modo continuado, que a uno no le dicen la verdad, o al menos toda la verdad, sobre el devenir de los asuntos públicos, es una situación nada deseable, ya que la semilla de la desconfianza cuando anida, es como las malas yerbas, muy difícil de erradicar totalmente, siempre queda un “poso”.

Pero cuando la sospecha, se torna evidencia, cuando las explicaciones sobre asuntos de enjundia, es poco clara, llena de incertidumbre y palabras que tratan de equipararlo a lo que también hacen mal los demás, entonces la sospecha deviene en frustración, cargada de impotencia ante el muro que impide saber, que es lo que verdaderamente ha sucedido y quienes son en definitiva los “artífices” de los desaguisados. En este punto la situación se torna laberíntica, como dice un buen amigo mío: “con mas trampas que la bota de un romano”.

Priman más, los costes políticos de la repercusión que acarreará el conocimiento de los hechos, que la explicación llana y verdadera de los mismos. El relato del asunto se torna lento y lleno de ambigüedades, se supone así, que el tiempo todo lo “cura” o al menos lo diluye, dada la flaca memoria de la mayoría de nosotros, mucho más proclives a seguir hacia delante y olvidar; entre otras cosas porque si lo archivásemos todo, seguramente iríamos muy sobrecargados, dados los tiempos que corren.

Las posiciones éticas individuales, ante tales acontecimientos, quedan completamente acalladas, por eso que deviene en llamarse “disciplina de partido” y que no es mas que un colosal aparato de censura y mediatización. Tratar de crear opiniones uniformes y/o pretender que todos digan lo mismo, sobre determinados asuntos, incluso remitiendo un “recetario” escrito “ad hoc”, tiene una calificación francamente deplorable; pero esta parece que es la pauta, porque el objetivo principal es perpetuarse en el poder, no satisfacer a los ciudadanos, que queda cuanto menos en un rango inferior.

Quien habla siempre con medias palabras es imposible que sea fiable; quien no es fiable acaba defraudando a quienes depositaron la confianza en él; depositar la confianza es en realidad – en las circunstancias actuales - otorgar un cheque en blanco… se sabe a quien se entrega, pero no cuanto nos costará.

jueves, 12 de abril de 2012

Partitocracia (I / III)


Dice Victoria Camps -para identificar los “vicios” de los políticos -, en su libro “Virtudes Públicas”: “En primer lugar, eso que ha venido en llamarse “partitocracia”, el cooperativismo político. Es el modo que tiene el político de expresar su indiferencia con respecto al interés común, al volcarse exclusiva o prioritariamente en los asuntos e intrigas del propio partido. Se dice, con razón, que los partidos están en crisis porque ya no representan a la sociedad sino a sí mismos. Los conflictos internos de los distintos sectores políticos alcanzan una notoriedad inusitada, no se sabe bien si por voluntad de los propios políticos o por torpeza de la prensa en señalar las cuestiones realmente importantes… Ni que decir tiene que la política así entendida, como defensa prioritaria de la integridad y cohesión del partido, no ayuda nada a avivar el afecto y la credibilidad ciudadana, de lo que, por otra parte, está tan necesitada”.

Tener como objetivo prioritario, la perpetuación en el poder y/o la de impedir que el opositor lo ocupe, tiene unos efectos perversos para quienes lo practican – es decir todos -, porque almacenan y difunden argumentos espurios y monocordes, tratando de ocultar las verdaderas razones de los asuntos públicos y lo que es peor, se alejan a gran velocidad del conocimiento intrínseco de las necesidades de los ciudadanos, sumergidos en ese ambiente de “turbiedad mesiánica” a que nos tienen acostumbrados, cada vez en grado más creciente.

La verdad es siempre una, pese a quien le pese. Por más que se trate de ocultar un determinado suceso, para evitar deterioros de partido; el conocimiento público - tarde el tiempo que tarde - si acaba produciéndose, lo único que genera es, incremento de la sensación de desconfianza por quienes les hemos depositado – a través de su mayoría - la facultad de Administrar.

Gobernar desde el interés prioritario del partido y no de los ciudadanos, además de ser una falta de respeto para todos – votantes o no -, es en si mismo un acto de soberbia y exceso de confianza, que no puede producir mas que insatisfacción general. Los aparatos de los partidos, con su empecinada posición en perpetuarse en el ejercicio del “mando”, le hacen un flaco favor a su propio grupo, porque acaban priorizando intereses minoritarios y “callando” con cargos y otras prebendas, a quienes tienen opiniones internas discrepantes, evitando de este modo la renovación y por tanto el fluir de las ideas nuevas y rejuvenecedoras… es decir, el futuro.

Dedicar la mayoría del tiempo a resolver conflictos internos, es un despilfarro muy grande, porque es tiempo que se hurta a la gestión verdadera de la “cosa” pública. Las personas normales, cuando tienen la cabeza en un determinado asunto, habitualmente no pueden ocuparse en otros simultáneamente; pero sin embargo, si se traslada a la esfera política, quienes detentan cargos de relevancia directiva en los partidos, sí están capacitados para gestionar en cargos de importancia nacional y/o autonómica al mismo tiempo. Conclusión, en la mayoría de los casos, la gestión interna, prevalece sobre la externa y por tanto está última acaba resultando, cuanto menos, poco eficaz.

Si se pierde la visión global de los problemas reales, por más empeño que se ponga, será muy difícil encontrar las soluciones adecuadas. Pero si además, hay que acomodar las respuestas a la complacencia del aparato interno… las soluciones acaban demorándose sine die.

miércoles, 11 de abril de 2012

Inepcia



Dice Aurelio Arteta en su libro “Tantos tontos tópicos”: “En tono entre realista y descreído, no faltaran entonces quienes tercien con que “tenemos los políticos que nos merecemos”.Y se presupone: mediocres. Es un modo oblicuo de confesar por fin que somos de una pasta parecida y que no vale la hipocresía de culparles en exclusiva de unos pecados que los demás seguramente también cometeríamos en su lugar. Eso sonaría muy bien, si no fuera porque al mismo tiempo tan humilde reconocimiento viene a sugerir que nadie exija nada de los hombres públicos ni de los ciudadanos de a pie, porque unos y otros somos lo que somos; así que menos quejas y a conformarse con lo que hay. El tópico justifica a la vez la baja calidad del político y la desidia del ciudadano.

Pero el caso es que, cuando elegimos a los políticos y los destacamos así sobre los ciudadanos corrientes, no es para que reproduzcamos en el foro público nuestro conformismo y mediocridad, sino para que representen nuestras más dignas aspiraciones. En un régimen democrático debemos hacernos merecedores de más de lo que tenemos, y eso significa que hemos de escoger políticos que sean mejores que nosotros”.

Me resisto a converger absolutamente con el criterio de Aurelio Arteta, pues aún asumiendo el mismo grado de mediocridad para los políticos y los llamados ciudadanos de a pie, la inepcia del político, tiene unas repercusiones mucho mas amplias y devastadoras, y si no, solo tenemos que observar las propuestas que se están promoviendo últimamente y las que se propondrán, para que los ciudadanos de a pie, renunciemos a beneficios sociales y otros, para equilibrar con ello desmanes y despilfarros.

El principal corolario es, pagar entre todos, lo que se ha forjado por la acción cuanto menos inconsciente de unos pocos, éstos que no asumen ninguna responsabilidad ni reconocen su error de modo explícito dejando sus “poltronas” libres. Porque los ciudadanos de a pie, cuando comentemos errores de planificación o desarrollo, lo pagamos bien pagado y aunque no dimitamos, los resultados los palpamos claramente (nos embargan el piso, pagamos recargos en los tributos, padecemos restricciones molestas, nos multan, etc., etc.).

No es necesario que nadie nos evidencie o critique nuestras acciones equivocadas, la propia vida ya se encarga de testimoniárnoslo día a día. Y es que ésta, es en mi opinión, la diferencia sustancial; emplear mal los caudales públicos disponibles, acumulando resultados de obras públicas innecesarias, que además no se usan ni son reciclables para otras actividades, no tiene ningún efecto práctico de molestia para quienes las promovieron, ellos siempre encontrarán un motivo o varios, suficientemente justificativos para evitar decir - aunque solo sea con la boca pequeña -, fue un error, lo sentimos.

Es verdad, los ciudadanos nos preocupamos poco de quienes son los que elegimos, si nos preguntasen al salir de las urnas, los nombres de cuatro o cinco de las personas que hemos votado, lamentablemente suspenderíamos (yo me incluyo), porque la forma de estructurar los comicios, ya nos resuelve estas dudas, nos dan una papeleta impresa en la que ni siquiera tenemos que escribir, solo doblarla, ensobrarla y depositarla… mínimo esfuerzo… pero también mínima efectividad posterior.

La dejadez nos lleva a resultados indeseados. Los resultados indeseados suelen tener consecuencias imprevisibles. Lo imprevisible es fruto de la falta de planificación efectiva. La falta de planificación suele ser consecuencia directa de la dejadez.

Nuestro “tren” hace tiempo que salió de la estación, ojala sepamos encauzar a los niños, que parafraseando a José Antonio Marina: “se puede alimentar su vuelo o truncarlo”.

martes, 10 de abril de 2012

Corrupción


Dice Fernando Savater en su libro “Política para Amador”: “Lo malo es que tales representantes muestran una evidente tendencia a olvidar que no son mas que unos mandados – nuestros mandados – y suelen convertirse en especialistas en mandar: Los partidos políticos tienen una función en la democracia moderna que no parece hoy fácil de sustituir; pero por medio de las listas electorales cerradas, la disciplina de voto en el parlamento y otros procedimientos autoritarios acaban por volverse casi impermeables a la crítica y control de los ciudadanos. Y por tanto los ciudadanos se desalientan cada vez más de reflexionar sobre los asuntos públicos (“total, ¿para qué molestarse si van a hacer lo que les dé la gana?”) y se desinteresan de la política. A esto se debe también, a mi juicio la corrupción que se da en tantos países democráticos entre los políticos profesionales: fíjate que en la mayoría de los casos son personas que consiguen dinero por medios ilícitos pero no para su lucro personal (¡aunque también los hay!) sino para financiar la buena marcha de los partidos”.

La desazón general no es necesario argumentarla con mucho énfasis, la desilusión es creciente y la popularidad de nuestros políticos está bajo mínimos. No es baladí el hecho, de que actualmente no sea precisamente un signo de prestigio social dedicarse a la “política”, mas bien es una identificación poco apreciada, dadas las circunstancias. Salvando claro está, quienes lo hacen por su vocación pública y no han cambiado en su planteamiento ético en el ejercicio cotidiano de la cosa pública. Pero lamentablemente para ellos y también para todos nosotros, los abusos, las mezquindades, la ambición y otras “lindezas” poco recomendables, acampan por doquier mucho más de lo deseable.

La actuación de los partidos, ante lo que se viene calificando de corrupción, es ante todo sorprendente y desconcertante. Es indudable, que todo el mundo tiene derecho a ser inocente, en tanto en cuanto las evidencias no demuestren judicialmente, que no lo son. Nadie discute este derecho universal. Pero tampoco es de recibo, que publicadas noticias e incluso evidencias desconcertantes, en cuanto al uso de los fondos públicos, sea atacado de forma intensa por el partido contario y negado a ultranza por el propio.

Y no sería tan preocupante la espera para conocer el lento veredicto, que al final delimitará el juzgado; si este largo camino, no estuviera lleno de “artilugios” todos ellos legales, para demorar al máximo y dilatar en el tiempo la resolución. Ninguna acción que no permita la ley y por tanto ninguna crítica. Pero el desconcierto se produce cuando no se aprecia la voluntad firme del partido político involucrado, en tomar conocimiento firme, por sus propios medios estatutarios, para proceder con firmeza y esclarecer las circunstancias de los hechos, sin que medien para ello, prescripciones y/o defectos de forma.

Creo que la insatisfacción – o cuanto menos la mía – nace del hecho de que se aprecia la falta de decisión en esclarecer y por tanto erradicar los comportamientos impropios, por parte de los partidos involucrados. Pesa mucho más el efecto negativo para el partido al asumir, que la depuración y creo que se piensa de modo impropio, que mientras se demora en el tiempo una solución del asunto – con la escusa de la resolución judicial -, la población olvida y por tanto no “pasa factura” en las urnas. Lo cual en el fondo produce un cierto hastío entre los ciudadanos, como consecuencia del sentimiento de impotencia e insatisfacción. Parece que aquí, quien la “hace” no la “paga” casi nunca. Craso error.

Quien no aprende de los errores, está predispuesto al fracaso. El fracaso es la constatación de la incompetencia o la dejadez. La dejadez no facilita aprender de los errores.

Como dice Savater: “los seres humanos no somos bonsáis, mas bonitos cuanto más se nos recorta…”

jueves, 5 de abril de 2012

¿Invertir o derrochar?


Dice Victoria Camps en su libro “Virtudes Públicas”: “Cuando las creencias flaquean, nos quedan las actitudes. La inseguridad de los contenidos desvía la mirada hacia las formas y los procedimientos. Más que los actos en si mismos, nos cautivan las maneras de hacer o de estar. Perdonamos la transgresión de las normas, pero no la incompetencia o la falta de sensibilidad. Pues la ética es, sin duda, derecho y voluntad de justicia, pero también es el arte aprendido día a día. Vivimos en un mundo plural, sin ideologías sólidas y potentes, en sociedades abiertas y secularizadas, instaladas en el liberalismo económico y político. El consumo es nuestra forma de vida. Desconfiamos de los grandes ideales porque estamos asistiendo a la extinción y fracaso de la utopía mas reciente. Nos sentimos como de vuelta de muchas cosas, pero estamos confusos y desorientados, y nos sacude la urgencia y la obligación de emprender algún proyecto común que dé sentido al presente y oriente el futuro. Hemos conquistado el refugio de la privacidad y unos derechos individuales, pero echamos de menos una vida pública más aceptable y más digna de crédito…

Quererse a sí mismo y no privarse de nada es el fin inmediato e indiscutible de la existencia. La verdad o la razón no la tiene nadie, si bien los económicamente poderosos actúan como si la tuvieran y se erigen en modelos del resto del mundo…

Tal vez no sepamos con certeza hacia dónde hay que ir, pero sí sabemos qué es lo que no nos gusta y lo que no debería tolerarse ni permitirse”.

Quienes detentan los poderes públicos, han aprendido muy bien a “guardar las formas”, para intentar atraparnos de modo firme, ya que no pueden transmitir argumentos que nos “enganchen”. Hace ya años, que la dicotomía entre lo que pensamos muchos ciudadanos y lo que hacen los que gobiernan, está a una distancia que podría llamarse “espacial”. A fuerza de estar en sus poltronas y desenvolverse dentro de sus suntuosos despachos, la realidad de lo cotidiano les queda lejos. Ignoran lo sustancial y prefieren quedarse en la superficialidad de quienes están en posesión de la verdad de los asuntos.

No quiero decir con esto que la administración este invadida por una “parálisis” de acción, no; más bien lo que intento significar es que las opciones se canalizan hacia aquellos proyectos, que son mas espectaculares o llaman mas la atención (formas y procedimientos); pero que en algunas ocasiones no coinciden con las necesidades reales. Es imposible conocer las necesidades, si el contacto directo con la “calle” es poco frecuente, una vez instalados en el poder, absorbidos por tantos asuntos de interés seudo-preferente.

Vivimos una extraordinaria confusión, como hemos podido pertrecharnos de tanto monumento a la “vanidad”, cuando nuestra posición económica era tan precaria. Estas acciones “grandilocuentes, no han podido erigirse en proyectos de interés común, que nos hayan cohesionado, porque son solo el resultado de la imperiosa necesidad de sentirse mas “grandes”, con obras públicas de elevado coste y lamentablemente de escasa utilidad. Son como faraones del siglo XXI, empeñados en “dilapidar” recursos, aplicándolos a iniciativas que no satisfacen necesidades, sino que colman el ego de quien las promueve.

Cuanto mas poderosos, mas imbuidos se creen en la posesión de su “razón”, quienes discrepamos somos recalcitrantes insatisfechos, forjados en la visión negativa y atrapados por el derrotismo. Pero desde nuestro punto de vista (sea cual sea), seguimos sin entender de que nos sirven tantas “alharacas” si para compensarlas hay que arrancar unos euros a casi todos, de modo real o cercenar prestaciones establecidas; eso sí, poco a poco, para que nos vayamos acostumbrando y no nos percatemos mucho del atropello.

Quienes malgastan su patrimonio de modo individual corren riesgos que no afectan a los demás, salvo a sus herederos y/o dependientes y a éstos también los protege la justicia. Pero quienes lo hacen con los caudales públicos, impiden a todos mantener la confortabilidad social de los servicios adquiridos, sufragados con los impuestos (aunque no de todos, algunos contribuyeron mucho menos y ahora se les ayudará a ponerse al día, de forma poco onerosa). No son suyos estos caudales públicos, son de todos. Y si lo hacen tomando créditos, las deudas las contraen ellos, pero poco a poco ya las pagaremos entre todos. Con mucha mayor ignominia si en estos actos puede identificarse aplicaciones de fondos espurias, fruto de la desmedida ambición, inconsciencia e irresponsabilidad, de quienes han antepuesto su enriquecimiento o el de sus afines, en detrimento de todos y que ojala pueda reprimirlas adecuadamente la justicia.

Para aplicar y disponer del dinero de todos, hace falta mucha más cordura y prudencia, que para hacerlo del propio.

martes, 3 de abril de 2012

Personajes...


Dice Epicteto en el libro “Un manual de vida” (una nueva interpretación por Sharon Lebell): “La libertad es la única meta que merece la pena en la vida. Se consigue prescindiendo de las cosas que escapan a nuestro control. No podemos tener un corazón alegre si nuestras mentes son un afligido caldero de temor y ambición.

¿Quieres ser invencible? Entonces no entables combate con aquello sobre lo que no tienes un control real. La felicidad depende de tres cosas, y las tres están bajo tu poder: La voluntas, las ideas respecto a los acontecimientos en los que estás envuelto y el uso que hagas de esas ideas.

La auténtica felicidad siempre es independiente de las circunstancias externas. Practica la indiferencia para con las circunstancias externas. La felicidad solo puede hallarse dentro.

Con cuánta facilidad nos deslumbran y nos engañan la elocuencia, los cargos, los títulos, los honores, las posesiones, la ropa cara o un porte afable… Hacerlo es dejarse desconcertar por las apariencias y sólo hará que dudes de ti mismo.

Deja de aspirar a ser otro que tú mismo, pues esto está bajo tu control”.

Con la importancia que damos a las opiniones externas, con lo ligados que estamos a los usos sociales cotidianos. Si nuestro éxito o fracaso, siempre es el que se deriva de las valoraciones ajenas. Somos esclavos de las formas y nos alejamos cada a vez más del fondo. Las cosas nuestras son como son, no como las suponen los demás; pero preferimos su asentimiento a nuestra intuición.

Si no podemos controlar con nuestros medios determinadas circunstancias, no debemos de atribularnos por ello, de que nos sirve… solo nos producirá desasosiego e insatisfacción. Tiempo y esfuerzo perdido. Pero nuestra predisposición natural, nos lleva con demasiada frecuencia a pretender solucionar asuntos, para los que no estamos preparados. Nadie nos los impone, pero nosotros entendemos que también debemos poner “cuchara” en ese guiso, para acabar decepcionados y al mismo tiempo decepcionando a los que nos rodean.

Los cargos, los títulos y los honores; para quienes los detentan; nosotros vamos bien con lo nuestro. Su fantasía para ellos, su poder también; no hemos elegido estar ahí. No queremos ser primeros, para ocultarnos al mismo tiempo de casi todo. No debemos dejarnos absorber por las palabras grandilocuentes, de quienes lo que quieren es “robarnos” nuestra paz y sumirnos en la vorágine que viven; con la intención de repartir entre muchos más, su desasosiego y desazón. La vanidad para quien la pretende. Seamos solo seguidores de nosotros mismos, que los líderes mesiánicos en la huida de sí mismos, suelen atrapar a los demás, para intentar salvarse ellos.

Las apariencias son caretas, que intentan tapar el vacío y la soledad, de quienes no tienen límite, ni frontera en su ambición. Su insatisfacción es tan profunda, que solo pueden paliarla con el personaje que son y encantando “almas” para transformarlas en seguidores fieles, que aplaudan sus hazañas, más por seguidismo, que por convicción y con ello – esa gloria efímera -, paliar sus verdaderas carencias.

El liderazgo se consigue con la verdad y la responsabilidad. La responsabilidad nunca puede encontrarse en los personajes. Los personajes son el negativo burdo de las personas. A las personas sinceras, los demás les otorgan el liderazgo.

Como resalta el libro citado: “Haz tuya la empresa de sacar lo mejor de los demás predicando con el ejemplo”.

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