lunes, 21 de noviembre de 2011

¿Hienas o Leones?


Dice Robert Greene en su libro “Las 48 Leyes del poder”: “El mundo del poder tiene la misma dinámica que la jungla: hay los que viven a base de cazar y matar, y hay un gran número de criaturas (hienas, buitres) que viven de la caza de otros. Estos últimos, tipos menos imaginativos, a menudo son incapaces de hacer el trabajo, que es esencial para crear poder. Sin embargo, enseguida comprenden que si esperan lo suficiente, siempre encontrarán otro animal que hará el trabajo por ellos. No hay que ser ingenuo: en este mismo momento, mientras unos trabajan duro en algún proyecto, hay buitres dando vueltas por encima de sus cabezas intentando encontrar la forma de sobrevivir e incluso de prosperar gracias a su creatividad….

Todos sabemos que hoy día hay muy pocos políticos que escriban sus propios discursos. Sus propias palabras no les proporcionarían ni un solo voto; su elocuencia e ingenio, si es que los tienen, proceden del que escribe los discursos. Otros hacen el trabajo y ellos se llevan los honores. La otra cara de la moneda es que es un tipo de poder que está al alcance de todos. Si se aprende a utilizar el conocimiento del pasado se puede dar la imagen de genio, aunque en realidad sólo sea un astuto prestatario.”

Paciente espera es la clave, dejar nadar a otros y aprovecharse del “rebufo” de su estela. No es necesario ni siquiera tener una gran imaginación para enfocar el tema, mas bien, todo se resume a saber escoger el personaje idóneo al que se sigue. Hay que ser muy cautos y soslayar de plano el protagonismo, para la acción de hienas y buitres, dar la cara es ir al fracaso.

Siempre he admirado a quien trabaja y se empeña en conseguir su sueño o su vocación, sin importarle riesgos o peligros y siempre me he alegrado internamente, cuando como fruto de esa tenacidad, han conseguido el éxito. Por el contrario siempre me han repugnado las posiciones arrivistas de quienes sin “pegar palo al agua”, aprovechan su posición de cercanía para sacar tajada a su favor, aunque esta sea totalmente legal. Lo lamentable es que el grupo de éstos es mucho más numeroso y está actualmente en franco crecimiento.

Vivir del oportunismo permanente, convierte a muchos en unos perfectos “vampiros del intelecto”, aprovechan sin ningún escrúpulo los logros de los demás y tratan de obtener ventaja para si mismos. Casi siempre su aportación al esfuerzo común, es francamente irrelevante. Su posición es clara, observar a su alrededor y detectar con precisión quien tendrá capacidad de ocupar posiciones preeminentes de las cuales puedan extraer ventaja. Eso si, serán defensores a ultranza del personaje en cuestión, hasta que tenga posibilidad de darles - directamente o por desistimiento -, prebendas. Huirán con presteza cuando se intuyan las primeras señales de fracaso. Ellos solo participan de los éxitos y sin esfuerzo. Son advenedizos oportunistas solamente.

Bismarck dijo en una ocasión: “Los tontos dicen que aprenden por la experiencia. Yo prefiero sacar provecho de la experiencia de otros”. ¿Está pasando esto en la acción política actual y en el seno de los partidos? Parece a simple vista, que el número de “hienas” es mucho más frecuente que el de “leones”. Me gustaría mucho que solo fuese una apariencia.

jueves, 17 de noviembre de 2011

¿El poder de los votos? II




Dice Fernando Savater en su libro “Política para Amador”: “…Lo malo es que tales representantes muestran una evidente tendencia a olvidar que no son más que unos mandados – nuestros mandados – y suelen convertirse en especialistas en mandar. Los partidos políticos tienen una función en la democracia moderna que no parece hoy fácil de sustituir; pero por medio de las listas electorales cerradas, la disciplina de voto en el parlamento y otros procedimientos autoritarios acaban por volverse impermeables a la crítica y control de los ciudadanos. Y por tanto los ciudadanos se desalientan cada vez más de reflexionar sobre los asuntos públicos y se desinteresan de la política… Y es que estos partidos que no son más que un instrumento para facilitar que todos podamos participar en cierta medida en las tareas de gobierno, terminan convirtiéndose en fines en sí mismos y decidiendo lo que está bien y lo que está mal: todo lo que se hace a favor del partido es bueno, lo que perjudica al partido es malo”.

No son los bienes públicos ni el presupuesto del estado, comunidad, ayuntamiento etc., la fuente que nutre al partido de turno de instrumentos monetarios para canalizarlos en obras o acciones según su criterio, antes más, son medios puestos a su disposición por los votantes al otorgarles la representación, para que cumplan las promesas electorales y resuelvan en interés de la mayoría de los ciudadanos, no tan solo del de sus votantes.

La memoria es tan frágil como uno quiere. Tratar de corregir mediante triquiñuelas semánticas lo que se ha comprometido, es una forma poco limpia de comportarse. No es la dialéctica la que resuelve, más bien es la voluntad firme de cumplir con los ciudadanos, la que acaba poniendo a disposición de los mismos los servicios anunciados con tanto énfasis y/o vehemencia.

Prometer y no cumplir, es exactamente lo mismo que engañar. Si hubo exceso en la promesa o ligereza en el compromiso, hay que aclararlo con prontitud y de un modo evidentemente diáfano. Siempre me produjeron mucho asombro los encantadores de serpientes, porque con los sonidos de su flauta, embaucan al ofidio de turno, pero corriendo el riesgo de picadura mortal. Los políticos actuales hacen lo mismo, aunque en realidad su flauta es la inexperiencia o el candor del ciudadano; pero lo practican sin riesgo alguno, de ahí su extraordinaria valentía. Están habitualmente acostumbrados a incumplir, pero sin embargo en ocasiones, incluso volver a ser reelegidos.

Los partidos políticos deberían tener menos privilegios y también menos relevancia. Deberían ser encuadrados en el lugar que les corresponde, a saber, agrupaciones para tratar de alcanzar el gobierno mediante los votos, con intención firme de cumplir los deseos de los gobernados y no al revés, que los gobernados olviden los motivos por los que les dieron el voto y se conformen “con lo que hay”. Porque francamente “lo que hay” no me gusta y conozco a muchos más que tampoco.

domingo, 13 de noviembre de 2011

¿El poder de los votos?




Dice Eduardo Punset en su libro “El viaje al poder de la mente”: “Uno de los fenómenos mas sorprendentes de lo que está ocurriendo en estos tiempos de crisis, tanto en España como en Gran Bretaña, para no citar más que los dos casos más recientes, hasta qué punto todo el estamento que vive del erario público puede proseguir con los abusos a que nos tiene acostumbrados sin recato alguno, frente a los ajustes dolorosos a los que tiene que hacer frente en su vida cotidiana el resto de ciudadanos. Es alarmante el contraste entre la soberbia del estamento privilegiado y el miedo de las clases medias, trabajadores e inmigrantes.
Cuando llegue la hora, dentro de unas décadas, del gran pacto social, paralelo al que sancionó en su día el estado del bienestar, deberá limitarse taxativamente el poder del sector público, autonómico y municipal y de los partidos políticos, al tiempo que se alumbra de nuevo la participación del sector privado en la gestión de los procesos sociales”.

No pierden vigencia sus palabras, muy al contrario son si cabe más acuciantes. La verdad es que la actuación de los políticos deja mucho que desear, prima el interés de su partido, mantienen un diálogo ininteligible para el ciudadano “de a pie”, tienen un discurso monocorde y al margen de lo que sucede en la realidad y su posición ante el error es la negación total, como si los hechos no hubiesen sucedido.

Si fuera solo eso, con estar al margen de ellos, todo resuelto. Pero es que además administran, con la legitimidad que dicen haber recibido de los votantes, los bienes públicos como si fueran parte de un amplio “cortijo” de su propiedad, digo administran por lo de Administración Pública, pero también cabrían otros verbos, por ejemplo dilapidan.

La mayoría de los ciudadanos que nos dedicamos a lo de cada día, contemplamos atónitos, como atienden con una gran eficiencia lo superfluo y olvidan reiteradamente lo fundamental. Son especialistas en las maniobras de distracción para evitar ser identificados con claridad por su ineficiencia, si estuvieran en una empresa privada, hace tiempo que habrían sido despedidos o degradados.

Pero no, el voto les da patente de corso para “atropellar” a los ciudadanos. El voto los cualifica para gastar sin ton ni son, lo que tiene el erario y lo que no tiene, en temas, proyectos y obras faraónicas para lo que ellos entienden su mejor gloria, olvidando que aún hoy, hay muchas personas que carecen de lo “indispensable” y contemplan con cierta pena y estupor estas alharacas estériles, que son planteadas y ejecutadas, mas por la desenfrenada tendencia a hacerse notar con lo banal y lo superfluo y sentirse más grandes, que con la intención de mejorar la situación de sus “sufridos votantes”. ¿Hasta cuando?, la vanidad y la soberbia seguiran venciendo a la cordura.

Se nos convoca otra vez a votar, confieso que lo haré con un gran hastío, me invaden unas tremendas ganas de “pasar”, es lo único que merecen los políticos que tenemos, la indiferencia. Recuerdo una frase que me decía mi abuelo, que era labrador: “si quieres saber quien es Miguelico que le den un carguico”

miércoles, 27 de abril de 2011

Universalidad






Dice Montesquieu en “Mis pensamientos”: “Si supiera de una cosa útil para mi nación que fuera ruinosa para otra, no la propondría a mi príncipe, porque soy hombre antes que francés, (o bien porque soy necesariamente hombre, y no soy francés más que por azar”.

Tanto tiempo dedicado a la diferenciación de pueblos, gentes y costumbre, tanto esfuerzo en la individualidad y sin embargo Montesquieu, nos propone la universalidad. Vaya palabra, en la era de los “grupúsculos”, estamos llenos de soberbia y somos incapaces de reconocer, que lo que verdaderamente importa es la globalidad, no es individualismo y la mirada dirigida a nuestro ombligo, lo que nos colmará de satisfacción. La infelicidad de muchos, no queda salvaguardada por mucha felicidad que acumulen unos pocos.

Nada produce tanto placer como compartir. No hablo tan solo de bienes, me refiero también a cultura y saber. Pretender ignorar las consecuencias de nuestras acciones, soslayando el análisis de los efectos que tendrán en los demás – por muy convenientes que estas sean para nosotros – es una lamentable pérdida de tiempo, el devenir de la vida, nos pasará factura y con creces.

Aislarse y sentirse en posesión de la razón, puede que nos sirva circunstancialmente para sentirnos felices. Pero alejarnos de quienes nos rodean, solo nos traerá a la larga penuria. Por mucho que hayamos conseguido con nuestra actuación individualista y carente de comprensión, nunca compensará las perdidas hipotéticas de las acciones en común. Resolver con el esfuerzo de todos, es un placer mucho mayor, que solucionar asuntos a nuestra comodidad, sin recabar el efecto que produce a quienes nos rodean. Sea en el ámbito que sea.

El individualismo, característica predominante – entre otras - de la época que nos toca vivir, es conculcar uno de los principios imprescindibles para alcanzar el éxito, porque éste aunque no nos interese reconocerlo, no es la culminación de los deseos o metas individuales. Sólo hay verdadero éxito, si lo conseguido mejora la vida de todos. Quienes viven pensando únicamente en sus intereses, acaban siendo esclavos de los mismos y casi nunca alcanzan la plenitud.

Lo que conforma mejor los intereses de un determinado grupo humano, no es casi nunca la consolidación del derecho de lo que no es justo para todos.

lunes, 25 de abril de 2011

Felicidad y belleza II


Dice Eduardo Punset en su libro “Excusas para no pensar. Cómo nos enfrentamos a las incertidumbres de nuestra vida”: “… que la felicidad está en la sala de espera de la felicidad y que no debiéramos, por lo tanto, menospreciar el bienestar escondido en los a menudo largos itinerarios que conducen a ella”.

Es decir, la felicidad es mas un itinerario, que un destino. Lamentarse por no estar instalados en la felicidad es hurtarnos a nosotros mismos la “cuota” que supone asumir la pequeña parte de nuestro día a día. Esperar la culminación para disfrutar es, limitarse de modo muy severo en nuestra vida, en cada momento, es donde debemos identificar el inefable sabor de las cosas bien hechas, por muy pequeñas que éstas sean.

No son los grandes logros, los que producen la satisfacción mas plena, muy al contrario, es casi seguro, que superar poco a poco los pequeños retos cotidianos, nos produzca mas satisfacción. Acostumbrados a la sociedad que nos toca vivir, acabamos siendo sensibles solamente a lo “espectacular”, sin ser capaces de identificar, que no es la “palmera” final de un castillo de fuegos artificiales, lo que mas nos sorprende, no es así, es precisamente la armonía, cadencia y cromatismo de las “palmeras pequeñas”, quienes nos han preparado para ser receptores de la culminación final.

Ser feliz, no es un estado, es mas bien un aprendizaje permanente. Ser feliz, es estar consciente y receptivo, alejado de los agoreros y negativos personajes, que nos instruyen en la vaciedad, ejerciendo su inadecuada y tenaz influencia en lo superfluo. “Corvidos de mal agüero”, instalados en cima de la nada; que esconden sus propias miserias aparentando grandeza y su única pretensión es no dejarnos Vivir.

Dogmatizar nuestra conducta es muy cómodo, pero poco gratificante a la larga. Es delegar “nuestra” responsabilidad en no se sabe muy en que personajes o mensajes, no reportan mas enjundia que la sensación de inestabilidad e impotencia que transmite siempre el conformismo. Vivir con intensidad es sentirse dueño de nuestras acciones, por muy poco relevantes que parezcan. Dejemos para otros los hechos grandilocuentes, que necesitan quienes quieren tapar su vacío interior con “espectáculos”, como si una careta de carnaval sirviera por si mismo, para hacernos “otros”.

Profundizar en nuestras propias incertidumbres, es sin duda una posición encomiable, ignorarlas es darse por vencido y permitir que influencias no legítimas nos instalen en el “miedo”. Tener miedo es, no ser feliz.




viernes, 22 de abril de 2011

Felicidad y belleza




Dice Eduardo Punset en su libro “Excusas para no pensar. Cómo nos enfrentamos a las incertidumbres de nuestra vida”: “Cualquier excusa es buena para pensar que lo que conviene a una persona no solo es conveniente, sino lo más conveniente. Nos agarramos indefectiblemente a esa excusa para no tener que pensar innovando o cambiando de opinión… Lo que le importa (al cerebro) no es la búsqueda de la verdad sino sobrevivir. Y si para ello es mejor no pensar o seguir pensando como antes, pues tiene una excusa maravillosa para no pensar más”.

Es muy contundente conocer, que lo que nosotros pensamos que son argumentos y razones, no son las únicas, no son una guía sólida para todos. Es, digámoslo con propiedad, nuestra conveniencia y en ningún caso conformada de modo imparcial y sin una buena dosis de interés personal; que pretendemos disfrazar con argumentos de interés general; mas como consolidación necesaria, que como convencimiento intrínseco.

A fuerza de entender la razón, en base a nuestros sesgados análisis, en ocasiones desprovistos del necesario rigor; olvidamos las verdaderas razones. Lo que comienza por un ejercicio personal, no exento de imparcialidad, acabamos tratando de transformarlo en mayoría cualificada, cercana a un dogma.

No hay nada que consolide con mas fuerza este modo impropio de actuar, que avalarlo por la coincidencia con el pensamiento “tradicional”, como si la costumbre, por muy arraigada que ésta esté, fuera un marchamo de certidumbre.

La verdad es, que nuestra proverbial pereza por innovar, nos juega una mala pasada. Estamos mas seguros en el “manto” de la tradición. No requiere esfuerzo, solo dejarse llevar por la corriente favorable, es una posición cómoda y confortable, seguramente totalmente exenta de conflictos, pero alienante.

No es la sociedad y/o el entorno, los que establecen redes de las que somos cautivos y por tanto nos impiden actuar con mayor libertad, no es así, somos nosotros quienes con nuestra costumbre de “no pensar” y “no innovar”, consolidamos una situación que efectivamente, acaba tornándonos en prisioneros de nuestra propia dejadez.

Quienes lamentamos con reiterada frecuencia nuestra propia situación personal, fundamentando razones cargadas de “parcialidad”, pero expresadas con la vehemencia de la verdad universal; somos casi totalmente responsables de esta circunstancia, pero nos es más cómodo no asumirlo. Creemos que es mejor asumir la fatalidad, que esforzarse por vencer a lo “negativo” de nuestras vidas.

Como dice Punset: “La felicidad es la ausencia de miedo, al igual que la belleza es la ausencia de dolor”.






Foto cedida por Nuria: http://nuria-vagalume.blogspot.com



domingo, 12 de septiembre de 2010

Introspección


Dice Luis Rojas Marcos en su libro “Superar la adversidad. El poder de la resiliencia”: “Componente fundamental de nuestras funciones ejecutivas es la introspección. En general, recurrimos a esa capacidad de observarnos internamente movidos por la necesidad de entender las causas de nuestros pensamientos, emociones y actos, o de encontrar explicaciones a los sucesos que nos afectan. Buena parte de esa introspección la llevamos a cabo en conversaciones privadas con nosotros mismos. Casi sin darnos cuenta nos hablamos, oímos cómo pensamos y observamos como actuamos. Esa constante observación interior nos permite reflexionar y nos sirve para recapacitar cuando nos planteamos decisiones importantes, o buscamos formas de salir de un atolladero. Con ello podemos anticipar las consecuencias de nuestras acciones, tomar medidas que faciliten nuestra seguridad, programar nuestras conductas de cara a satisfacer nuestros deseos y juzgar el resultado de nuestros actos”.

Conservamos, sin lugar a dudas, esa capacidad de observarnos. Pero casi esta en posición de obsolescencia, principalmente por el escaso tiempo, que tenemos cada día para poder aplicarlo a ese cometido. Estamos siempre llegando tarde a algo, tenemos que hacer diariamente muchas cosas y con mucha premura y no podemos distraer ni un minuto. Nos imponemos ese ritmo frenético, para tener la sensación de actividad y satisfacer indirectamente a nuestra conciencia, pensando que ya no llegamos a más y que por tanto estamos completamente disculpados de las acciones, que no llevamos a cabo con diligencia.

Por otra parte, sabemos que no nos interesa practicar la introspección. Nos revela una versión de lo que hacemos, que preferimos ignorar. Tenemos dificultad para interpretar cuales son las causas que nos mueven a hacer o no hacer, porque en muchas ocasiones ejecutamos mimetismos, que nos transmite la sociedad y de los cuales no podemos prescindir. Internamente tenemos un “desencuentro”, porque lo que hacemos no nos termina de satisfacer.

No tendría mucha relevancia en el día a día, con cuestiones la mayoría triviales, si no fuese porque la falta de práctica en aplicar la introspección, nos juega “malas pasadas” cuando abordamos decisiones importantes. El poco tiempo, se acumula aquí, a nuestra escasa tendencia a la reflexión – dado nuestro “inaceptable” ritmo de vida – y nos produce un efecto adverso que sesga el contexto de nuestras decisiones importantes. Hemos casi anulado, nuestra capacidad de raciocinio sereno y exento de condicionamientos, apostamos por la vorágine permanente.

La conclusión de este entramado es, constatar que: “vamos” por donde no queríamos ir y hacemos lo que seguramente, no nos reportará satisfacción. Eso sí, cada vez a mayor velocidad; pareciera como si lo importante fuese hacer muchas cosas en escaso tiempo (lo que en la empresa sería eficiencia). No deberíamos ese parámetro, para evaluar el resultado de nuestras acciones; el número de asuntos aparentemente resueltos, no es en ningún caso un indicador de “buen hacer”. Lo que verdaderamente nos reporta equilibrio es, lo que esta hecho de acuerdo con los argumentos de esas conversaciones privadas que indica Rojas Marcos. Pero ahí, claro está, no salimos bien parados y preferimos, como en muchas otras cosas, ignorarlas.

Como vamos a tener equilibrio, estando mayoritariamente en desacuerdo internamente con nosotros mismos. No es la falta de tiempo lo que nos produce este resultado, no podemos alegar premura en la acción, para justificar nuestra insatisfacción; más bien hemos de señalar nuestra precipitación innecesaria en la toma de decisiones, unido a una casi absoluta “crítica objetiva”, que nos corrija el rumbo en el futuro. No “perder el tiempo” planificando - en la empresa – siempre ha sido la antesala del fracaso. Resolver con el criterio ajeno mayoritario, no es un seguro de acierto, ni permite minorar la crítica que nos hacemos cuando reflexionamos.

Satisfacer nuestros deseos y empeñarse en ello debería ser nuestro “norte”. Hacer muchas cosas, que adicionadas, nos producen escasa o nula satisfacción, es un error claro de planteamiento. No busquemos cantidad, es mucho mejor la calidad… pareceremos menos importantes, pero seremos mucho mas felices
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