Dice Arthur Shopenhauer, en su libro Parerga y Paralipómena, escritos filosóficos menores: “Si guardo silencio sobre mi secreto, éste es mi prisionero; si dejo que salga por mi boca, su prisionero soy yo. Del árbol del silencio cuelgan los frutos de la paz”.Vaya, vaya… y nosotros presos de esa verborrea inicipiente, que no nos deja tiempo ni para respirar. Somos enlazadores de palabras, como si fuera un tornillo sin fin, no importa el tema, la posición es: “dame la palabra, que ya no te la devolveré”.
Pasamos la mayoría de nuestro tiempo hablando de forma convulsiva, somos un torrente de locuacidad, imparable y debastador, con el que arrollamos sin pudor a todo el que se presenta. Nuestra necesidad de hablar mucho y escuchar poco o nada, es irrefrenable. Yo creo en el fondo, que es una forma que aplicamos para clasificar a nuestras amistades, es evaluando lo que nos escuchan (siendo mas apreciados los que mas lo hacen… claro).
No estaría mal, si en esa carrera sin fin, no contásemos lo que interesa y lo que no; no pusiéramos de manifiesto aquello que tiene relevancia y lo que es superfluo; en definitiva no perdiéramos el control, en el fragor imparable de nuestra retórica y acabáramos pronunciado la frase que nos traerá irremediablemente muchos problemas, a la sazón: Te voy a contar una cosa si me prometes, que no se lo contarás a nadie…, como la respuesta mas frecuente es: tranquilo, de mi boca no saldrá…siempre erramos.
Ya hemos plantado la semilla del árbol de los problemas, ya nos hemos constituido en rehenes de nuestras palabras, pero además, de forma voluntaria. Y es que nos pierde el “palique”. Callar cuando la injusticia es evidente, es consolidarla, pero hablar y hablar y en el fragor de esa “batalla”, contar y contar lo que es impropio de una comunicación equilibrada, es un buen comienzo para sentirnos mal en breve.
Es muy saludable comunicarse, incluso necesario para fortalecer el equilibrio; compartir es francamente reconfortante, pero “machacar” a nuestras amistades con un “bombardeo” imparable de frases retóricas y con una arrolladora intención de colocar el mayor número de palabras, cuando no todas; es una falta de respeto, que está fuera de lugar.
No nos lamentemos de que no nos escuchan los demás, de que revelan nuestros “secretos”, de que no se dejan conocer bien; no nos lamentemos; somos nosotros quienes lo propiciamos, no les dejamos espacio ni tiempo. Que desperdicio de fuerzas, lo pagaremos caro sin duda.
No saber hablar con la mirada, no practicar el enriquecimiento que aporta la escucha atenta e interesada, no ser generoso buscando siempre ser el epicentro; cansa, separa y no suma… solo resta.
N.B.: Foto de Arthur Schopenhauer, con el cabello erizado, después de vernos hablando.



