lunes, 12 de julio de 2010

El hombre enajenado II


Dice Erich Fromm, en su libro “La condición humana actual”: “Así como el hombre primitivo era impotente ante las fuerzas naturales, así el hombre moderno está desamparado ante las fuerzas económicas y sociales que él mismo ha creado. Adora la obra de sus propias manos, reverencia los nuevos ídolos, y sin embargo jura por el Dios que le ordenó destruir todos los ídolos. El hombre sólo podrá protegerse de las consecuencias de su propia locura creando una sociedad sana y cuerda, ajustada a las necesidades del hombre (necesidades que se nutren en las condiciones mismas de su existencia).”

Somos nosotros con acciones y omisiones, quienes conformamos el tejido social, aceptamos normas no escritas, pautas de comportamiento, signos de educación. Establecemos todo este entramado a lo largo de generaciones, cosas que estaban perfectamente admitidas, el tiempo las cambia e incluso las borra; por el contrario emergen actitudes, que se consolidan con la aceptación mayoritaria necesaria. Lo que hoy es incipiente, pronto se convertirá en cotidiano y tomará carácter de permanencia como norma de conducta homologada.

Este proceso es el que conforma lo que llamamos sociedad, los miembros que la viven asumen ese entramado de tal modo, que incluso parece que tiene entidad propia, que es ella quien se ha dotado de costumbres y normas, como si las hubiera generado, como si tuviera "vida" independiente; sin darnos cuenta que nosotros, aceptando o rechazando de modo mayoritario, somos quienes le hemos dado forma y cuerpo.

Estas “normas” rigen nuestro comportamiento y nos vemos obligados a aceptarlas, si queremos estar “integrados”; pero no son inamovibles, antes más, cambian en la medida que nuestras formas de interpretar y hacer se modifican. Como estos “comportamientos normalizados”, crean intereses y facilitan la realización de determinadas iniciativas especulativas, hay grupos que tienen cierto interés en influir para el establecimiento o abandono de determinadas pautas; en aras a facilitar la consecución de determinado interés intrínseco al grupo, antes más que a la sociedad o a la persona. No es el interés general lo que se busca y puede incluso, que no sea el mas favorable para la mayoría.

Para ello necesitan en primer lugar, que nosotros nos volvamos “pasotas”, es decir que con nuestra teórica desconexión y abandono de nuestra capacidad de influir en el tejido social, abordemos una postura absurda y exenta de sentido crítico; pensando que como no nos gusta lo que vemos lo mejor es estar “out”. Les servimos en bandeja de plata a esos grupos de presión, la capacidad de maniobra necesaria, para estructurar según su conveniencia.

Es entonces cuando se produce la “enajenación” descrita en la entrada precedente. Aprovechan la dejación mayoritaria y urden a su antojo e interés. La realidad es que el entorno, cada vez, con más fuerza nos obliga a acatar con cierta “sumisión”, algo que percibimos que ha sido pertrechado, por esa sociedad cambiante, según el minoritario designio de unos pocos, que hacen ver como trabajan por altruismo, escondiendo bajo ese falso manto, su insaciable necesidad de poder; dicen que vienen a servir y realmente lo que quieren es mandar y perpetuarse manejando.

No nos percatamos, que hemos sido nosotros y otros con nuestra posición pasiva, quienes hemos facilitado esa suplantación impropia. Hemos dado paso a quienes nunca se lo habrían ganado y lo peor, los escuchamos e incluso en ocasiones los seguimos; sin percatarnos de que están desprovistos de contenido y acabarán dejándonos mas vacíos aún, si creemos en lo preconizan.

Tal vez nos demos cuenta en algún momento de nuestra vida, que nos manejan, más o menos intensamente; que alguien decide por nosotros e incluso nos dice que es lo que nos interesa. Es entonces cuando sin saberlo, somos rehenes de no se sabe quien, es entonces cuando nuestra voluntad deja de contar y nos damos cuenta que muchas de esas “necesidades” son superfluas; tienen interés económico para quienes han logrado incrustarlas en los usos sociales, pero sin embargo para nosotros la satisfación y/o posesión de las mismas tiene escasa o nula utilidad.

Saber rechazar lo impropio es tan relevante, como establecer nuestra conducta de modo, que nuestro límite no sobrepase, ni lesione el de nadie… es decir con un comportamiento verdaderamente humano. Evitemos a toda costa nuestra propia puesta de sol involuntaria... siempre es posible con tesón... Digamos de vez en cuando... ¡no!... con seguridad y sin timidez, no pasa nada.

miércoles, 23 de junio de 2010

El hombre enajenado


Dice Erich Fromm en su libro “La condición humana actual”: “¿qué clase de hombre requiere por lo tanto nuestra sociedad para poder funcionar bien? Necesita hombres que cooperen dócilmente en grupos numerosos, que deseen consumir más y más, y cuyos gustos estén estandarizados y puedan ser fácilmente influidos y anticipados. Necesita hombres que se sientan libres e independientes, que no estén sometidos a ninguna autoridad o principio o conciencia moral y que no obstante estén dispuestos a ser mandados, a hacer, lo previsto, a encajar sin roces en la máquina social; hombres que puedan ser guiados sin fuerza, conducidos sin líderes, impulsados sin meta, salvo la de continuar en movimiento, de funcionar, de avanzar. El industrialismo moderno ha tenido éxito en la producción de esta clase de hombre: es el autómata, el hombre enajenado (*)”.

Es indudable que al menos en el deseo de consumir acierta Fromm, aunque no solo en eso a mi parecer. Casi todo se explica bien, si acabamos reconociendo que nuestro impulso irrefrenable por poseer – sea lo que sea -, acabará siendo el acicate para la mayoría de las cosas que hacemos o soportamos.

Pertenecer a un determinado grupo, exige un peaje. Principalmente, nos obliga en conducta y acción, a determinadas pautas de comportamiento, unido a la ostentación de determinados signos externos imprescindibles para estar “in”. Si no queremos estar “out”, no tendremos mas remedio que aceptar estas servidumbres, no tanto para mejorar nuestras vidas, como para sentirnos arropados y protegidos por el “grupo”.

Pero sin embargo, el colectivo al que pertenecemos no nos brinda protección, solo pretende incrementar el número, de quienes siguiendo consignas no escritas, se someten al arbitrio de unas normas o costumbres, que acaban dirigiendo nuestro comportamiento con una fuerza coercitiva difícil de imaginar. Como lo asumimos poco a poco y nos vamos sometiendo de modo paulatino, no acabamos notando el férreo corsé, que nos subyuga; por otra parte sugerimos - a quienes nos quieren atender -, de modo tácito o explícito la conveniencia de actuar de este modo; bien es cierto, que en mayor medida para justificar nuestro comportamiento, con el que - hasta incluso - habíamos sido críticos en épocas pasadas.

No es el grupo el que acaba imponiéndonos sus normas, él solo participa en la iniciación; somos nosotros, quienes mediante una imitación “simiesca”, nos vamos auto-moldeando. Acomodarse siempre ha sido más fácil que “plantar cara”, decir “no” con seguridad y rotundidad, es difícil y poco frecuente y siempre es incómodo; no solo para nosotros sino también para quienes nos rodean, incluido muchas veces, los que llamamos amigos, aunque en realidad no son mas que, relaciones perpetuadas a lo largo del tiempo; quizás motivadas por el carácter de proximidad o por nuestro propio desarrollo profesional, es decir, en gran medida basadas en el interés o la casualidad y no cimentadas, en el conocimiento profundo y personal. Ésas, que perdemos a gran velocidad, cuando la calle por la que caminamos va cuesta arriba, cuando eran íntimos nuestros en la cuesta abajo.

Desenvolverse en este ambiente, exento de sinceridad con mayúscula, es lo que en definitiva acaba transmitiéndonos unas sensaciones erróneas; hemos sido admitidos en el grupo, no por como somos, si no antes más, por lo que somos o peor, por lo que aparentamos. Puro y sencillo equilibrio de intereses, lo que sucede es que nosotros ignoramos esta circunstancia, en tanto en cuanto no nos vemos obligados a profundizar en estas relaciones, pero cuando lo hacemos, generalmente se han producido cambios importantes en nuestra vida llamada normal. Descubrir entonces, como parte de los que nos rodean, en el fondo ni nos conocen, ni les interesamos lo más mínimo, es francamente demoledor.

Esta es la verdadera dicotomía, hemos hecho esfuerzos por pertenecer a un “grupo”, que nos ha recibido de modo muy acogedor, pero que solo estará a las “maduras”, nos negará en cuanto empice a "verdear" (como dicen en Viver). Curioso pero real.


(*) N.B.- Según Fromm, enajenado: en el sentido de que sus propias acciones y sus propias fuerzas se han convertido en algo ajeno.

jueves, 17 de junio de 2010

No Mensurable


Dicen Valentín Fuster y José Luis Sanpedro en su libro “La ciencia y la vida”: “La economía nos impone la rentabilidad, la productividad, la eficacia y a ellas se sacrifica todo lo demás. Aquí las emociones son “cosa de mujeres” “romanticismo trasnochado”. Los valores que utilizan los economistas, el dinero por ejemplo, no es un valor humano, es un instrumento, pero no un valor humano. Los valores humanos, la dignidad, el amor, la amistad, el honor, no son mensurables”.

A buenas horas, pero si lo mejor que sabemos hacer es contar. Si los parámetros para evaluar a quienes nos rodean son: que profesión tienen y que signos externos acumulan. La sociedad actual no está preparada, para tratar de evaluar cualidades no mensurables, como dicen los autores. La sociedad de la velocidad y la agitación interior, solo se serena cuando tiene delante ciudadanos de “éxito”; sean de la profesión, que sean.

No hay nada como exhibir los signos externos, que llevan implícita la distinción. Los valores materiales que rigen nuestras relaciones, nos imponen la tiranía de lo superfluo, en detrimento de lo necesario; nos trasladan continua y permanentemente a escenarios de más y más. Somos cada vez con más frecuencia, “almacenes” de objetos insulsos, pero que acreditan una determinada condición social (status), muy apreciada por la mayoría. Lo lamentable es, que no termina nunca la lista de nuestras seudo-necesidades, no se finaliza jamás la carrera por el “yo más”.

Todas las sugerencias sociales, siempre van encaminadas a proponer signos externos de poder. Una de las motivaciones mayores para la “posesión” indiscriminada de objetos, es el poder que aparentemente confieren y el “respeto” que otorgan los demás a los poseedores. El cambio fundamental, que plantea nuestro entorno es, que en tiempos no demasiado lejanos, estos roles estaban detentados por quienes tenían fortunas elevadas y disponían de medios y tesorería suficiente, para poder adquirir esos signos externos sin resentirse económicamente en lo más mínimo. En la actualidad, no importa si no se tienen recursos monetarios, porque en este caso se debe o se paga a plazos; pero cualquiera puede acceder, con medios propios o ajenos.

La trampa, que plantea esta actitud, es la ocupación de medios y recursos en conseguir “signos externos de poder”, en muchas ocasiones innecesarios, pero imprescindibles para quienes tratan de aparentar y no de ser. La red está tejida, la “necesidad” creada y ésta, que puede mucho mas que la razón, acaba mandando y lamentablemente mucho. Como si las situaciones fueran inmutables, la mayoría disponemos de lo que podemos y de lo que no podemos y lo peor de todo, no lo sabemos discernir bien. Nadie se cansa de acumular signos externos - en muchas ocasiones absolutamente superfluos -, abocándonos a ser rehenes de nuestra falta de criterio y convirtiéndonos en esclavos de nuestras “necesidades” impropias. Ni siquiera tenemos tiempo, para evaluar la influencia real, que tienen en nuestra propia felicidad. Acabamos suponiendo, que cuanto mas caro es satisfacer algo, más satisfacción aporta. Equiparamos lo no mensurable (dignidad, amistad, amor, etc), en mensurable (dinero) de forma absolutamente inadecuada y nos engañamos mucho.

No es la sociedad solo, quien es responsable de estas lamentables circunstancias; somos también nosotros, quienes no advertimos, la carencia de reflexión y criterio para evaluar, que nos hace felices y que no. Una buena vida no está fundamentada prioritariamente, en lo que se posee; antes más, debería estar evaluada por lo que y como se disfruta cada día. La reflexión acertada, no es ¿Cuánto me falta?, si no mas bien ¡Cuánto tengo! Sin ser absolutamente riguroso en la evaluación cierta de nuestras verdaderas necesidades, solo se acaba en la insatisfacción permanente, antesala de la decepción y el desánimo.
Foto cedida por Nuria: http://nuria-vagalume.blogspot.com

martes, 8 de junio de 2010

Pensar...


Dice Fernando Savater en su libro “Las preguntas de la vida”: “No es lo mismo saber de veras que limitarse a repetir lo que comúnmente se tiene por sabido. Saber que no se sabe es preferible a considerar como sabido lo que no hemos pensado a fondo nosotros mismos. Una vida sin examen, es decir la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena vivirse… Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar. Antes de llegar a saber, filosofar es defenderse de quienes creen saber y no hacen sino repetir errores ajenos. Aún más importante que establecer conocimientos es ser capaz de criticar lo que conocemos mal o no conocemos aunque creamos conocerlo”.

Pensar, ¿cómo pensar?, si cuando uno piensa se cansa y se confunde. Si venimos interiorizando desde la niñez, que hay que asumir lo que los “sesudos” dicen. Como vamos a interpretar con nuestra inefable ignorancia, lo que sabios, profetas, mesiánicos y eruditos, dicen… Cuanta vanidad, cuanto deseo de sobresalir.

No, nuestra tendencia innata es el seguidismo, nuestro planteamiento habitual es asumir… Cuestionarnos la “costumbre” es de algún modo ser contestatario y eso la sociedad actual lo reprueba de plano y si pedimos explicación, la respuesta mas frecuente es “pero…si siempre lo hemos hecho así y nos va bien… para qué cambiarlo…”

No nos hacemos cuestiones, en primer lugar por vagancia; en segundo lugar por comodidad y en tercer lugar – en el fondo – por temor. Nuestro interior nos dice, que quien no se comporta en los cánones… los cánones lo fagocitan. No es temor físico, no… es peor, es temor a la soledad que representa no ser “admitido” en el entorno cercano, por nuestra singularidad.

Pero es que sin crítica no se progresa; más aún sin ser críticos, se pierde una de las condiciones esenciales, que nos diferencian del resto del reino animal. Mantener la especie, que ha sido una de las preocupaciones ancestrales, está muy asegurada por la ciencia. Luego ya no nos corresponde estar siempre dentro del “cercado virtual”. Podemos dejar volar la imaginación y analizar hasta que punto lo cotidiano asumido mayoritariamente, es efectivamente lo mejor…

Pero contrastar nuestras opiniones divergentes, es imprescindible, saber que nos diferencia es esencial y oír a los demás, en argumentos sólidos, descargados de “costumbre”, es una de las mejores formas de progresar mentalmente hacia espacios mas realizadores para todos. Intercambiar, sin ofender ni ser reprobado, tiene un valor intrínsecamente revitalizador.

Esa costumbre tan institucionalizada de rechazar lo “nuevo”, en defensa “numantina” de lo llamado “histórico”, es una de las fuentes más limitadora del desarrollo personal. No hay postulados absolutos, ni siquiera existen formas de hacer, que puedan permanecer inmutables, como guardianes de la “esencia vital”. Plantearse si determinada conducta, es o no acertada, no es agredir, muy al contrario, es tratar de evolucionar en orden para superar metas y evitar la “obsolescencia mental”… es respetar la individualidad enriquecedora.

No consolida mas la sociedad en la que vive, quien sigue a rajatabla y absoluta fidelidad, todos los postulados que ésta impone; que quien con equilibrio y rigor, se auto-pregunta si las “normas no escritas” son esencialmente inmutables, es decir, si de modo permanente deben de ser asumidas o la evolución propicia un cambio. Lo relevante para ser socialmente irreprochable, no es necesariamente ser conformista, cuestionarse lo que se hace con habitualidad solo puede tener el objetivo de progresar.

La fotografía del encabezamiento es así en ese instante, seríamos unos mentecatos y hurtaríamos mucha belleza, si quisiéramos que esa instantánea se repitiera de modo constante. El cambio no significa pérdida, muy al contrario, es enriquecimiento, permite nuevas instantáneas, tanto o más explicativas como la actual. Parar si, pero para coger aliento y seguir caminando…


Foto cedida por Nuria: http://nuria-vagalume.blogspot.com/

martes, 4 de mayo de 2010

Desprogramarse (y III)




Dice Eduardo Punset en su libro “El viaje al poder de la mente”: “Sería fundamental enseñar a los jóvenes en las escuelas los pormenores de la conciencia social y como funcionan las intuiciones, cuando no es necesariamente la razón lo que mueve los pormenores cognitivos. Lamentablemente, esto no se hace y se paga por ello un alto precio…, aprendemos todo tipo de trigonometría y geometría, pero no aprendemos a entender nuestras propias intuiciones ni principios en las que se basan…
Afortunadamente se está ya en condiciones de demostrar que la intuición llega a ser mejor que los modelos de elección racional, o la regresión múltiple, o lo programas estadísticos más complejos. Esto era impensable hace sólo diez años, y es algo muy nuevo. Se está aplicando el proceso científico a la intuición.
Las sorpresas resultantes de este enfoque han sido enormes. Por ejemplo, hace diez años no se sabía, pero ahora se ha comprobado, que se toman mejores decisiones cuando se recurre a una sola buena razón, en lugar de a diez”.

Y nosotros que no sabemos dar un paso sin consultar a todo el que nos quiere escuchar, exponiéndoles nuestra particular visión de los temas y pidiéndole su opinión y consejo, para acumular una innumerable cantidad de datos, que lo que en realidad aportan es una extraordinaria confusión y por tanto un incremento importante de la indecisión. Acabamos seleccionando, con extraordinarias dudas, lo que entendemos que es lo mejor, sola y casi exclusivamente, porque es la opinión mayoritaria.

Hasta en las decisiones estratégicas en la empresa, se utiliza un D.A.F.O. (Debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades). Yo lo explico en control de gestión, como coadyuvante para la implantación de un Cuadro de Mando. Consiste en una “planilla”, con cuatro rectángulos titulados con cada una de las iniciales, donde se anota cada una de las circunstancias, que se supone afectan a la empresa en cada uno de esos campos. Se confecciona en grupo y cada uno va identificando, que fortalezas, debilidades, etc., cree que le corresponden a la empresa. El deseo de sorprender al resto del grupo, más que el de acertar en el diagnóstico; hace que las aportaciones, en muchas ocasiones, sean muy variopintas. Pero esta dinámica, he comprendido con el tiempo, que se asemeja a nuestras pautas de conducta individuales.

Una buena razón, es mas que suficiente para actuar, muchas razones o sinrazones, que nos paraliza en el ámbito del análisis – que es lo que verdaderamente nos gusta -, es un gran desperdicio de tiempo y tiene poca efectividad. Sumirse en la duda permamente, por intentar obtener la mejor solución, es dejar pasar por el camino, muchas buenas. Aprendemos tarde, que una buena solución a nuestros problemas es un gran hallazgo, necesario y más que suficiente, para ponernos en el camino de resolver. Pero nuestro aprendizaje en el ámbito de la decisión, nos han colocado en una circunstancia de extraordinaria incertidumbre, porque nuestra mente, se ha programado para repetir – improvisa muy mal -, por si fuera poco esta circunstancia, debemos también complacer a toda una cohorte de “gentes”, que nos imponen con sus miradas y/o sus silencios, unas leyes inmutables no escritas, que debemos cumplir, para ser considerados “normales”.

¿Normales?... ¿normales?... pero que es la normalidad, la repetición mimética de las acciones u omisiones de la mayoría; pero que soberbios somos. Si somos una gota de agua en un inmenso océano, poblado de muchas mas personas de costumbres tan diversas que sería imposible sistematizarlas y/o inventariarlas. ¿Hacer lo normal?, que estupidez… lo normal es lo que no daña a nadie y nos apetece emprender, aunque no sea la costumbre del lugar… Normal es lo que nos hace felices; anormal es lo que nos constriñe. Normal es ser uno mismo; anormal es ser como quieren los demás. Normal es vivir plenamente y soñar; anormal es no poner empeño en materializar los sueños. Normal es interiorizar, que cada día es un nuevo día y no hay nadie ni nada, que tenga derecho a hurtárnoslo; anormal es confiar en políticos, seudo-profetas y mesiánicos, que nos sorben el entendimiento y nos coartan nuestra intrínseca libertad, vampiros de la energía positiva y portadores de la negatividad con mayúscula, que preconizan la infelicidad y justifican la monotonía, más como seguro de su poltrona, que como verdadera filosofía de vida.

No, a esas gentes no, no los necesitamos. Que sigan siendo agoreros solos, embajadores fútiles de la nada. Que sigan detentado y acaparando el poder y ejerciéndolo; quizás el tiempo y la vida les enseñe; que expandiendo la incertidumbre y los actos coercitivos tácita o explícitamente, no obtendrán su felicidad, aunque si cercenarán, en buena parte, la de muchos. Quienes son incapaces de ser felices, ponen mucho esfuerzo y empeño en impedírselo a los demás, para compensar su incapacidad. Lo malo es que cada vez más, florecen como las amapolas y expanden la anormalidad en forma tan insistente, que en muchas ocasiones sorprenden a las buenas voluntades, tratando de mentalizar – a todo el que los escucha y cree en ellos – que eso es la vida. Sospechemos siempre de quien tiene empeño por mandar, porque solo Dios y él saben, de que se oculta o huye.

Apartemos de nuestras vidas a esos glosadores de la “nada”, que nos llenan de dudas y recobremos nuestra intrínseca ingenuidad, totalmente exenta de recovecos. Seamos sinceros y transparentes; pidamos disculpas si es necesario, pero vivamos. Intentemos cada día con mas empeño desprogramarnos y como dice Punset: “…se ha comprobado que hay vida antes de la muerte”.
Foto: Valencia. Puente de la Trinidad. Publicada con el permiso del Autor Joan Antoni Vicent

lunes, 26 de abril de 2010

Desprogramarse II


Dice Eduardo Punset en su libro “El viaje al poder de la mente”: “La peor razón es la que está basada en el testimonio de uno mismo. Gran parte de las decisiones que tomamos todos los días son el resultado de haber querido justificarnos a nosotros mismos como sea. Se nos repite desde pequeños que tendríamos que aprender de nuestros propios errores, pero ¿Cómo vamos a aprender de nuestras equivocaciones, si no admitimos nunca, o rara vez, que nos hemos equivocado?.
Entre las mentiras conscientes para engañar a otros y los intentos inconscientes de justificarse de sí mismo ante los demás, hay un terreno movedizo en el que se fabrica nuestra propia memoria, en la que no puede confiarse ciegamente…
…Como anticipa muy bien la teoría de la disonancia, cuanto más confiados y famosos son los expertos, menos probabilidades existen de que admitan errores en su conducta”.


Sí, sí; el archivo de nuestro “disco duro” nos hace trampas, o nos las hacemos nosotros mismos, que tanto da, el resultado es el mismo. Recordamos para consolidar nuestra posición y volver a corroborar, que hemos hecho lo que hemos podido, dentro de nuestras circunstancias. Confiamos y nos engañaron; dimos lo que teníamos y no recibimos – en ocasiones – ni el agradecimiento; nos volcamos apoyando y nos vimos o vemos casi solos, cuando el apoyo lo necesitamos nosotros; y tanto y tantos agravios comparativos más.

No es fácil entender lo que nos pasa. Si los razonamientos los hacemos, en clave de análisis de los hechos, nos confundimos cada vez más, porque éste es sesgado y conformado de acuerdo con lo que nosotros pensamos, que son los sucesos buenos o malos ocurridos. Contemplar con punto de vista crítico, alejado de cualquier disculpa fácil, no es pauta de conducta más habitual, muy al contrario, el “repaso”, trata de consolidar consciente o inconscientemente, que a pesar de nuestra actuación, la adversidad o contrariedad, nos ha invadido. Muy lejano a permitir percatarnos de que, por el mismo camino, se acaba llegando al mismo sitio.

Cuando algo no ha salido bien, lo relevante no es constatar que algo falló y que ese algo era externo; lo verdaderamente interesante para nuestra vida cotidiana y futura, es desenredar la madeja y saber discernir, que grado de participación e influencia han tenido nuestros propios errores; es de este análisis desapasionado y neutral de donde se obtienen beneficios y buenas planificaciones, exentas de continuismos estériles, que no dan buenos frutos.

Pero hay un escollo que superar. Como dice el autor; hay que reconocer nuestros errores y tener la voluntad firme de corregirlos: Nos produce mucho temor esta asunción, porque hemos sido educados, en que el error es a su vez una carga de culpa y por tanto solo remontable con teórica penitencia que nos trae consigo. Insistimos en no darnos cuenta, que reconocer, es la primera fase para alejar el sentimiento de culpa, que nada tiene de positivo sobre nuestras acciones y que exacerbada, por el contrario acarrea muchos complejos y nos hace infelices. La segunda fase, viene de la mano de un análisis sincero y profundo, tratando de identificar causas y efectos y obteniendo de modo claro una evidencia de lo que ha sucedido y de cómo podremos evitarlo en el futuro; aunque para ello debamos reconocer nuestra propia implicación en acciones u omisiones poco acertadas. Pero de nada sirven las dos, si después no nos disponemos a incorporarlo en nuestro bagaje y lo implantamos como pauta de conducta adecuada, es decir, nos desprogramamos y nos volvemos a reprogramar de nuevo.

La resistencia a cambiar, nos aparece siempre como barrera infranqueable, no nos gusta lo desconocido, nos desenvolvemos muy mal en los ambientes no “trillados”. No nos damos cuenta que solo se progresa, practicando conductas, que aunque aparentemente, sean poco asentadas, den soluciones a los problemas. Ver con ojos nuevos, problemas antiguos, siempre es un buen planteamiento. Pero esto debe abordarse desde la voluntad firme de no dejar de explorar, evitando circunscribirnos a esa zona neutra de la posición acomodaticia que supone repetir y repetir conductas o costumbres, casi siempre ajenas o adquiridas, casi nunca generadas por nosotros. Sin haber explorado nuevos horizontes, es imposible aseverar que estamos en el mejor de ellos. Pensemos que cuanto mas confortables nos encontremos en un determinado ambiente, mas refractarios seremos a observarlo con ojos críticos y por tanto a perfeccionarlo.

No son los demás quienes nos limitan, ni siquiera es nuestro entorno, es nuestra forma de pensar o interpretar, quien nos va sumiendo en una “mullida” posición conformista, exenta de visión crítica, dejándonos caer suavemente por la pendiente del continuismo. No plantearnos objetivos renovadores, es languidecer. Evitar el compromiso con el análisis imparcial de los hechos, aunque de ahí redunden evidencias de nuestras actuaciones poco acertadas, es el precio de la mediocridad. Todos tenemos una misión personal, no ejecutarla es un desperdicio, pero el mayor de todos los desperdicios es, no ser capaz de identificarla…Demos paso al inconsciente y releguemos un poco al consciente, este último ya ha dominado, muchas veces, mucho.

domingo, 18 de abril de 2010

Desprogramarse


Dice Eduardo Punset en su libro “El viaje al poder de la mente”: “Muchas personas toman decisiones no en función de lo que ven, de lo que consideran bueno o malo, sino en función de lo que creen, de sus convicciones, de lo que el biólogo evolutivo y etólogo británico Richard Dawkins tildaba de código de los muertos: pautas de conducta excelentes hace miles de años, que han dejado de ser útiles y que, no obstante, siguen vigentes…

Las convicciones heredadas no solo nos impiden comprender lo que vemos, sino algo más inesperado no podemos predecir el futuro porque únicamente sabemos imaginar el futuro recomponiendo el pasado. Un pasado pergeñado por nuestras convicciones de ahora y arreglado de tal forma que nos permita fabular el futuro. Ha llegado el momento de corregir este defecto descomunal en la manera heredada de comportarse; una forma de ser no menos cargada de efectos perniciosos que la negativa a cambiar de opinión, definida por nuestra incapacidad delirante de predecir el futuro. O para ponerlo en términos más realistas, nuestra predisposición a pensar el futuro sólo en términos del pasado”.

Estamos tan acostumbrados a confiar tan poco en nuestra intuición, es decir, a bloquear lo que nuestros sentidos perciben, que ni siquiera nos percatamos de la manera tan sesgada que tenemos de interpretar lo que sucede y por tanto, decidir de modo racional lo que queremos hacer o dejar de hacer. Solo estaremos firmemente convencidos del camino a seguir, si coincide con lo habitualmente estipulado y es socialmente correcto.

Repetir una conducta de forma reiterada, siguiendo las “costumbres” y o “leyes” habituales, es condición necesaria, pero no suficiente. Podemos concluir, que lo que venimos haciendo desde años y nos produce satisfacción suficiente, debe de ser el modelo de comportamiento, que presida nuestras acciones; pero no es lo mejor permanentemente; los entornos cambian y con ello, las actuaciones buenas del pasado, pueden ser completamente inadecuadas a las posiciones actuales, con lo cual “remamos contra corriente”, es decir, nos limitamos nosotros mismos alcanzar mayor felicidad.

Dedicamos mucho tiempo a analizar en profundidad, que y como ha sido nuestra vida, incluso en ese rememorar, imaginamos situaciones y cambiamos mentalmente lo sucedido en realidad, para imaginar un entorno nuevo, con los consabidos: “si hubiera dicho…, si hubiera hecho…”, no está mal; analizar los hechos objetivamente, aporta gran cantidad de “datos”, para mejorar subsanando errores, pero siempre que sepamos salir del análisis y pasar a la acción; la parálisis por el análisis, nunca ha sido buena compañía, y reconozcámoslo, es lo que mejor sabemos hacer.

Manejar nuestra vida, con los códigos que nos trae nuestro pasado, se asemeja a conducir un automóvil, con la mirada puesta en el espejo retrovisor, como si tuviéramos temor a ser alcanzados; cuando lo verdaderamente relevante – en la conducción y en nuestra vida - es, identificar con precisión hacia adonde vamos y manejar el automóvil sorteando con habilidad las dificultades de la ruta, porque esto, es el futuro, es decir está delante… en el parabrisas.

No estaría mal – como dice también Punset -, aprender a desprogramarse; poner empeño en hacer lo creemos que tenemos que hacer, sin que costumbres ancestrales, nos limiten o confundan; ni siquiera, si los que se creen en poder de la ortodoxia, nos recomienden con miradas reprobatorias o palabras discordantes, el desistimiento. Después de una larga encalmada, la llegada de viento bonancible, sin las velas desplegadas, nos resultará absolutamente estéril.

Soñar despierto y tratar de atrapar el sueño, como si fuéramos niños, es la clave. La ilusión es la fortaleza, la duda no es el camino. Querer y empeñarse en conseguirlo, es la ruta. La mirada y el pensamiento siempre hacia adelante… si miramos hacia atrás, hagámoslo solo para tomar fuerza e impulso, nunca para acumular limitaciones o desistimientos. Seamos lo que queremos ser o conformémonos con lo que somos… sin remordimientos.
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